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Presencia escondida de Dios

Roberto Visier - cenaculost@cantv.net 

Estos ritos compuestos por palabras, gestos y símbolos de fe (agua, aceite, pan, vino, etc.) fueron practicados por la Iglesia desde los primeros siglos del cristianismo y han perdurado hasta hoy con el nombre de sacramentos.

A pesar de que Jesucristo es la más espléndida manifestación de la cercanía de Dios, pues en él se ha hecho uno de nosotros, igual en todo menos en el pecado, con todo surge la cuestión de cómo unirnos a Jesús, porque él nos salvó pero sin duda el hombre debe hacerse libremente partícipe de esa salvación. De nada sirve que le abramos al recluso la puerta de la celda si el se niega a abandonar su estado de prisión y decide vivir encadenado. En una feliz expresión de S. Agustín: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. La fe como adhesión a Dios y aceptación de su plan de salvación es la respuesta adecuada del hombre.

Sin embargo, al hombre hecho de carne y dotado de sentidos le gusta expresar externamente sus decisiones y deseos, sus ideas. No basta un movimiento subjetivo, interior. Este acto espiritual es lo más importante pero no es suficiente. Lo más coherente es manifestar la fe, incluso hacerlo de un modo comunitario. Es algo universal; el hombre de todos los tiempos y en todos los lugares ha plasmado su fe en un culto exterior y público. Es bien sabido que los restos arqueológicos en los que se percibe una práctica religiosa son signos inequívocos de la presencia del hombre, único ser del planeta religioso por naturaleza.

Los judíos, al igual que otros muchos pueblos, ofrecían a Dios sacrificios de animales y otras ofrendas como culto de adoración, de alabanza, de petición o de expiación por los pecados del pueblo. Jesús también nos legó una serie de manifestaciones externas, que el con su autoridad divina estableció para que fuesen un medio seguro de transmisión de los frutos de la Redención. Estos ritos compuestos por palabras, gestos y símbolos de fe (agua, aceite, pan, vino, etc.) fueron practicados por la Iglesia desde los primeros siglos del cristianismo y han perdurado hasta hoy con el nombre de sacramentos. Podemos definirlos como signos sensibles instituidos por Cristo para la perfecta glorificación de Dios y la eficaz santificación de los hombres. Son el medio más seguro para permanecer en comunión con Cristo en la Iglesia, por eso se les llama fuentes de la gracia divina donde bebemos la salvación. Por medio de ellos Dios se hace presente en nuestras vidas de un modo real, pero a la vez misterioso y escondido.

Nos limitaremos ahora a enumerarlos con una breve cita de la Escritura que los ilumine y dividiéndolos en tres grupos: Los de iniciación que inician la vida espiritual del cristiano, la alimentan y llevan a la madurez; los de curación que purifican y sanan; y los de servicio a la comunidad que santifican a los ministros de la Iglesia y a la comunidad familiar.

SACRAMENTOS DE INICIACIÓN

Bautismo: Nacimiento. “El que crea y se bautice se salvará” (Mc.16,16).

Confirmación: Crecimiento. “Les impusieron las manos y bajó sobre ellos el Espíritu Santo” (Hech. 8,17).

Eucaristía: Alimento. “Si no comen mi carne y beben mi sangre no tienen vida” (Jn. 6,53).

SACRAMENTOS DE CURACIÓN

Penitencia o confesión: Perdón. “A quienes perdonen los pecados les quedan perdonados” (Jn.20,23).

Unción de enfermos: Enfermedad. “Llamen a los sacerdotes de la Iglesia para que los unjan con óleo en el nombre del Señor”. (Sant. 5,14)

SACRAMENTOS DE SERVICIO A LA COMUNIDAD

Orden sacerdotal: Pastores de la Iglesia. “no descuides el don que recibiste por la imposición de las manos” ( I Tim. 4,14)

Matrimonio: Familia. “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (Mt. 19,6).

Los que frecuentamos la Iglesia sabemos por experiencia como aquellos que se alejan de los sacramentos experimentan un rápido y progresivo alejamiento de Dios. Es también cierto de que los sacramentos deben ir acompañados de la práctica asidua y sincera de la oración que hará que se reciban con las mejores disposiciones. Lo que es evidente es que el que no alimenta su fe, está en el peligro de perderla.

 
 

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