Presencia escondida de Dios
Estos ritos compuestos por palabras, gestos y
símbolos de fe (agua, aceite, pan, vino, etc.) fueron practicados por la
Iglesia desde los primeros siglos del cristianismo y han perdurado hasta
hoy con el nombre de sacramentos.
A pesar de que Jesucristo es la más espléndida
manifestación de la cercanía de Dios, pues en él se ha hecho uno de
nosotros, igual en todo menos en el pecado, con todo surge la cuestión de
cómo unirnos a Jesús, porque él nos salvó pero sin duda el hombre debe
hacerse libremente partícipe de esa salvación. De nada sirve que le
abramos al recluso la puerta de la celda si el se niega a abandonar su
estado de prisión y decide vivir encadenado. En una feliz expresión de S.
Agustín: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. La fe como
adhesión a Dios y aceptación de su plan de salvación es la respuesta
adecuada del hombre.
Sin embargo, al hombre hecho de carne y dotado de
sentidos le gusta expresar externamente sus decisiones y deseos, sus
ideas. No basta un movimiento subjetivo, interior. Este acto espiritual es
lo más importante pero no es suficiente. Lo más coherente es manifestar la
fe, incluso hacerlo de un modo comunitario. Es algo universal; el hombre
de todos los tiempos y en todos los lugares ha plasmado su fe en un culto
exterior y público. Es bien sabido que los restos arqueológicos en los que
se percibe una práctica religiosa son signos inequívocos de la presencia
del hombre, único ser del planeta religioso por naturaleza.
Los judíos, al igual que otros muchos pueblos, ofrecían
a Dios sacrificios de animales y otras ofrendas como culto de adoración,
de alabanza, de petición o de expiación por los pecados del pueblo. Jesús
también nos legó una serie de manifestaciones externas, que el con su
autoridad divina estableció para que fuesen un medio seguro de transmisión
de los frutos de la Redención. Estos ritos compuestos por palabras, gestos
y símbolos de fe (agua, aceite, pan, vino, etc.) fueron practicados por la
Iglesia desde los primeros siglos del cristianismo y han perdurado hasta
hoy con el nombre de sacramentos. Podemos definirlos como signos sensibles
instituidos por Cristo para la perfecta glorificación de Dios y la eficaz
santificación de los hombres. Son el medio más seguro para permanecer en
comunión con Cristo en la Iglesia, por eso se les llama fuentes de la
gracia divina donde bebemos la salvación. Por medio de ellos Dios se hace
presente en nuestras vidas de un modo real, pero a la vez misterioso y
escondido.
Nos limitaremos ahora a enumerarlos con una breve cita
de la Escritura que los ilumine y dividiéndolos en tres grupos: Los de
iniciación que inician la vida espiritual del cristiano, la alimentan y
llevan a la madurez; los de curación que purifican y sanan; y los de
servicio a la comunidad que santifican a los ministros de la Iglesia y a
la comunidad familiar.
SACRAMENTOS DE INICIACIÓN
Bautismo: Nacimiento. “El que crea y se bautice se
salvará” (Mc.16,16).
Confirmación: Crecimiento. “Les impusieron las manos y
bajó sobre ellos el Espíritu Santo” (Hech. 8,17).
Eucaristía: Alimento. “Si no comen mi carne y beben mi
sangre no tienen vida” (Jn. 6,53).
SACRAMENTOS DE CURACIÓN
Penitencia o confesión: Perdón. “A quienes perdonen los
pecados les quedan perdonados” (Jn.20,23).
Unción de enfermos: Enfermedad. “Llamen a los sacerdotes
de la Iglesia para que los unjan con óleo en el nombre del Señor”. (Sant.
5,14)
SACRAMENTOS DE SERVICIO A LA COMUNIDAD
Orden sacerdotal: Pastores de la Iglesia. “no descuides
el don que recibiste por la imposición de las manos” ( I Tim. 4,14)
Matrimonio: Familia. “Lo que Dios ha unido que no lo
separe el hombre” (Mt. 19,6).
Los que frecuentamos la Iglesia sabemos por experiencia
como aquellos que se alejan de los sacramentos experimentan un rápido y
progresivo alejamiento de Dios. Es también cierto de que los sacramentos
deben ir acompañados de la práctica asidua y sincera de la oración que
hará que se reciban con las mejores disposiciones. Lo que es evidente es
que el que no alimenta su fe, está en el peligro de perderla.
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