Concilio Vaticano II o la necesidad de reforma en la
Iglesia
La automarginación de los cristianos de una gran cantidad de
ambientes es un grave pecado de omisión que urge una nueva actitud más
confiada en la gracia, más sólida en sus fundamentos, más enamorada de
todo lo humano, y más arriesgada y valiente.
Ecclesia semper reformanda, la Iglesia está siempre
necesitada de reforma. Una dimensión esencial del cristianismo
precisamente es la conversión permanente tanto de los individuos como de
la comunidad en su conjunto. Sin embargo, la palabra “reforma”
inmediatamente genera inquietud: en algunos ambientes tras este concepto
se colocan los deseos del cambio total para lograr un ajuste eclesial de
acuerdo con el paradigma filosófico de moda. En otros espacios la sola
mención de esta noción genera temores debido a que es más cómodo
permanecer sin cambios, sin cuestionarse a sí mismos.
Tanto los cristianos “de avanzada” como los cristianos
ultraconservadores deforman grandemente la necesidad de la reforma
permanente de la Iglesia. En ambos casos los criterios fundamentales de
reforma eclesial tienden a olvidarse o a darse por supuestos. Si bien
estos criterios pueden enunciarse bajo diversas formas, hoy podemos
encontrarlos reunidos y expresados formalmente en el concilio Vaticano II.
Es realmente sorprendente la sintonía que se encuentra
entre los mencionados cristianos “de avanzada” y los ultraconservadores:
ambas posiciones, aparentemente en pugna, coinciden en creer que no
necesitan de nadie más que de sí mismos para estar en la verdad. El cambio
lo requieren “los otros”, la revisión doctrinal y práctica la necesita “el
contrincante”, es decir, en ambas posiciones se elude sistemáticamente la
conversión personal y comunitaria “en primera persona”.
La Iglesia, muy por el contrario, a través del concilio
Vaticano II busca ofrecer un amplio programa para mantener la fidelidad a
Cristo y a la humanidad revelada en Él. Este magno acontecimiento eclesial
no es el punto de partida de un cambio total ni el parapeto para
afianzarse en el inmovilismo. El Concilio continuamente desafía a los
cristianos en su modo de concebirse como miembros de la Iglesia, en su
manera de relacionarse con el mundo, en la apertura y disponibilidad para
el diálogo interreligioso y ecuménico, en su docilidad a seguir la Palabra
de Dios, etc.
De las muchas maneras como podemos evaluar nuestra
asimilación de la letra y del espíritu del Concilio, escogemos una que nos
parece provocadora y que se encuentra en la constitución Gaudium et spes:
“Cristo, el nuevo Adán (...) pone de manifiesto plenamente al hombre ante
sí mismo y le descubre las sublimidad de su vocación.” Esto podría parecer
una expresión puramente “teórica”. Sin embargo, no lo es. La dimensión
práctica de esta verdad se encuentra cuando nos preguntamos qué tanto nos
preocupamos por asumir y abrazar todo lo humano para mostrarle a lo humano
su plenitud en Cristo. Dicho de otro modo: ¿Acogemos como Iglesia a todos
(¡todos!) con igual alegría y calidez? ¿Participamos como Iglesia en todos
(¡todos!) los escenarios: científicos, culturales, económicos y políticos?
¿Ofrecemos la verdad y la misericordia de Jesús como propuesta al momento
de juzgar al mundo y actuar con eficacia en él?
La Iglesia no sólo es “experta en humanidad” al mostrar
su amplia capacidad asistencial sino, fundamentalmente, al mostrar que la
gracia la impulsa a no estar ausente en ningún tema, en ningún problema,
en ningún asunto. En este terreno sacerdotes, consagrados y fieles laicos
necesitamos hacer una revisión profunda. Todos necesitamos mirar que la
reforma que hoy necesita la Iglesia comienza por uno mismo y posee como
programa el ambicioso itinerario pastoral y espiritual ofrecido en el
concilio Vaticano II. La automarginación de los cristianos de una gran
cantidad de ambientes y desafíos —señalada por los obispos mexicanos en la
carta Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos— es un grave
pecado de omisión que urge una nueva actitud más confiada en la gracia,
más sólida en sus fundamentos, más enamorada de todo lo humano, y más
arriesgada y valiente. |