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Concilio Vaticano II o la necesidad de reforma en la Iglesia

Rodrigo Guerra López - guerrar@infosel.net.mx 

La automarginación de los cristianos de una gran cantidad de ambientes es un grave pecado de omisión que urge una nueva actitud más confiada en la gracia, más sólida en sus fundamentos, más enamorada de todo lo humano, y más arriesgada y valiente.

Ecclesia semper reformanda, la Iglesia está siempre necesitada de reforma. Una dimensión esencial del cristianismo precisamente es la conversión permanente tanto de los individuos como de la comunidad en su conjunto. Sin embargo, la palabra “reforma” inmediatamente genera inquietud: en algunos ambientes tras este concepto se colocan los deseos del cambio total para lograr un ajuste eclesial de acuerdo con el paradigma filosófico de moda. En otros espacios la sola mención de esta noción genera temores debido a que es más cómodo permanecer sin cambios, sin cuestionarse a sí mismos.

Tanto los cristianos “de avanzada” como los cristianos ultraconservadores deforman grandemente la necesidad de la reforma permanente de la Iglesia. En ambos casos los criterios fundamentales de reforma eclesial tienden a olvidarse o a darse por supuestos. Si bien estos criterios pueden enunciarse bajo diversas formas, hoy podemos encontrarlos reunidos y expresados formalmente en el concilio Vaticano II.

Es realmente sorprendente la sintonía que se encuentra entre los mencionados cristianos “de avanzada” y los ultraconservadores: ambas posiciones, aparentemente en pugna, coinciden en creer que no necesitan de nadie más que de sí mismos para estar en la verdad. El cambio lo requieren “los otros”, la revisión doctrinal y práctica la necesita “el contrincante”, es decir, en ambas posiciones se elude sistemáticamente la conversión personal y comunitaria “en primera persona”.

La Iglesia, muy por el contrario, a través del concilio Vaticano II busca ofrecer un amplio programa para mantener la fidelidad a Cristo y a la humanidad revelada en Él. Este magno acontecimiento eclesial no es el punto de partida de un cambio total ni el parapeto para afianzarse en el inmovilismo. El Concilio continuamente desafía a los cristianos en su modo de concebirse como miembros de la Iglesia, en su manera de relacionarse con el mundo, en la apertura y disponibilidad para el diálogo interreligioso y ecuménico, en su docilidad a seguir la Palabra de Dios, etc.

De las muchas maneras como podemos evaluar nuestra asimilación de la letra y del espíritu del Concilio, escogemos una que nos parece provocadora y que se encuentra en la constitución Gaudium et spes: “Cristo, el nuevo Adán (...) pone de manifiesto plenamente al hombre ante sí mismo y le descubre las sublimidad de su vocación.” Esto podría parecer una expresión puramente “teórica”. Sin embargo, no lo es. La dimensión práctica de esta verdad se encuentra cuando nos preguntamos qué tanto nos preocupamos por asumir y abrazar todo lo humano para mostrarle a lo humano su plenitud en Cristo. Dicho de otro modo: ¿Acogemos como Iglesia a todos (¡todos!) con igual alegría y calidez? ¿Participamos como Iglesia en todos (¡todos!) los escenarios: científicos, culturales, económicos y políticos? ¿Ofrecemos la verdad y la misericordia de Jesús como propuesta al momento de juzgar al mundo y actuar con eficacia en él?

La Iglesia no sólo es “experta en humanidad” al mostrar su amplia capacidad asistencial sino, fundamentalmente, al mostrar que la gracia la impulsa a no estar ausente en ningún tema, en ningún problema, en ningún asunto. En este terreno sacerdotes, consagrados y fieles laicos necesitamos hacer una revisión profunda. Todos necesitamos mirar que la reforma que hoy necesita la Iglesia comienza por uno mismo y posee como programa el ambicioso itinerario pastoral y espiritual ofrecido en el concilio Vaticano II. La automarginación de los cristianos de una gran cantidad de ambientes y desafíos —señalada por los obispos mexicanos en la carta Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos— es un grave pecado de omisión que urge una nueva actitud más confiada en la gracia, más sólida en sus fundamentos, más enamorada de todo lo humano, y más arriesgada y valiente.

 

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