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Asimetrías feas e inaceptables del mundo actual

Roberto Fernández Iglesias

Hay que cambiar. Y, en este cambio, la justicia es un mínimo y la caridad el máximo moral. Pero todos sabemos que la verdad moral nunca será de mínimos morales, sino máximos.

Los que hemos estado acostumbrados a ese símbolo clásico de la justicia que es una mujer con una balanza en sus manos no podemos aceptar que la justicia pueda ser asimétrica. Una balanza requiere simetría, objetividad. No puede ser arbitraria, ni pesar como le conviene al comerciante de turno. Una buena balanza tiene su fiel en el centro, pesa igual para moros o cristianos, y reconoce a cada uno lo suyo. En la sociedad actual, la que habla tanto de mercados globalizados, no se están pesando las cosas bien, se tiene una doble medida, se valoran menos las mercancías del pobre y -¡que mezquindad!- se le da la yapa al que tiene más. Digo esto porque indigna y llama la atención que los países más ricos exijan siempre a los pobres eliminar los subsidios y los aranceles, pero ellos no dudan en subsidiar a sus agricultores ni en imponer aranceles cuando les conviene. ¡Qué fea asimetría!

Si en una balanza repugna su asimetría no digamos en la moral. No puede haber en ella un doble discurso como pasa en el mundo actual. La ONU, por ejemplo, ha sancionado varias veces a Israel por su abuso de fuerza contra los palestinos y los más fuertes del mundo han mirado hacia otro lado. Son estos mismos fuertes los que ahora quieren atacar a Iraq si no cumple las resoluciones de las Naciones Unidas. Esto constituye otra gran asimetría inaceptable para la moral.

No se puede seguir así en nombre de la libertad. Como ya decía el P. Lacordaire en el siglo XIX: "Entre el rico y el pobre, entre el débil y el fuerte, la libertad oprime y la ley libera". Las leyes nos hacen a todos iguales en su tribunal y ya sabemos que una ley, para ser buena, tiene que ser justa. Para ser justa tiene que ser acorde al bien común y a la razón de las cosas y tiene que ser promulgada por quien tiene la autoridad. Si la autoridad la ejerciera el que tiene la fuerza, ya no estaríamos en una democracia, porque en ésta, la autoridad y el poder se dan a quien el pueblo elige a diferencia de una dictadura o tiranía en la que detenta el poder quien lo impone por la fuerza. En ese consorcio de naciones que es la ONU, la autoridad reside en la Asamblea General y en el Consejo de Seguridad, y el mundo civilizado debe acatar sus decisiones cuando miran al bien común con la razón. En esta encrucijada nos encontramos y quiera Dios que prevalezca la justicia.

Pero yo diría que en el mundo actual la justicia no basta. Es una larga marcha, no debemos dudar en incorporarnos a ella y, sin embargo, es todavía poco para lo que realmente conviene a la humanidad. Si la justicia pudiera acompañarse de la caridad, estaríamos ya en el paraíso sobre la tierra. Yo sé que la palabra 'caridad' anda medio devaluada. Desde Nietszche con sus burlas y sarcasmos ha sido mal interpretada. Pero hay que recuperarla porque encierra una gran verdad, la del amor como progreso auténtico de la humanidad. Frente a esa asimetría tan actual, la de los emigrantes latinoamericanos golpeando las puertas de países cuyos ciudadanos fueron acogidos aquí, en su momento, con gran hospitalidad y que ahora imponen condiciones tristes y difíciles.

Hay que cambiar. Y, en este cambio, la justicia es un mínimo y la caridad el máximo moral. Pero todos sabemos que la verdad moral nunca será de mínimos morales, sino máximos. Hay que sacudirse y caminar.

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Publicado en diario HOY, domingo 20 de octubre de 2002. Quito, Ecuador

 

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