Autoestima y humildad
Un exceso de autoestima es un malsano orgullo y un
exceso de falsa humildad es depresión o pusilanimidad. Se trata de buscar
el equilibrio entre LA SOBERBIA Y LA DEPRESIÓN que solemos llamar ahora
“autoestima baja”.
Tener clara una misión en la vida, saber hacia dónde se
camina y hacerlo con confianza, sin temor, es algo necesario. Para poder
hacerlo es preciso vencer la cobardía, la flojera, la apatía, la desgana.
El que no valora su propia vida, como don precioso de Dios, le solemos
invitar a que mejore su autoestima.
La autoestima, como claramente revela el mismo nombre,
es el aprecio que uno tiene hacia si mismo. Más en concreto la confianza
que se tiene en la propia capacidad para enfrentar la vida de cada día.
Por eso se dice que el que camina triste y sombrío, desanimado, deprimido
tiene la autoestima baja. Este tema está de moda, se desea tener alta la
autoestima y se recurre a técnicas psicológicas basadas en fomentar los
pensamientos positivos y la confianza en las propias cualidades.
Es indudable que una persona que vive en un estado de
depresión está incapacitada para vivir ordenadamente. La tristeza aplasta
a la persona, la despoja incluso de sus fuerzas físicas pudiendo degenerar
en enfermedades graves. La depresión es una de las grandes “epidemias” del
siglo XX, recién acabado. Por otro lado el que confía en sus propios
talentos puede tener el camino del “éxito en la vida” más accesible.
Sin embargo una persona orgullosa, engreída, que presume
de sus capacidades resulta desagradable, incluso repugnante. Se aborrece
al que es arrogante porque tiene la tendencia de despreciar a los demás,
puesto que se estima por encima de casi todos. Quizás también porque al
ponerse en el centro quita a los demás la oportunidad de ponerse ellos en
ese centro. Es la secular lucha por estar entre los más importantes, entre
los triunfadores. Pero donde hay un triunfador hay un derrotado. Es
experiencia diaria que el que quiere subir se esfuerza por aplastar a todo
contrincante que le impida su ascenso. Se revela así un egoísmo patente
que se hace desagradable, casi insoportable.
Por otro lado es agradable a todos el que se comporta
modestamente y esconde sus méritos sin darles importancia. También puede
ser que, de un modo paralelo a la afirmación anterior, se le aprecie
porque no parece ser un obstáculo para las propias pretensiones de estar
en el centro. Pero también por ser más abierto a los demás, más agradable
y amable, más sincero. La humildad y sencillez es apreciada, especialmente
en el que destaca públicamente por su inteligencia o especiales cualidades
(el científico, el deportista, el artista, etc.).
Esto nos conduce al descubrimiento de que un exceso de
autoestima es un malsano orgullo y un exceso de falsa humildad es
depresión o pusilanimidad que se caracteriza por la cobardía a la hora de
enfrentar las propias obligaciones con la excusa de “no sé hacerlo” o
“todo lo hago mal”. Se trata de buscar el equilibrio entre LA SOBERBIA Y
LA DEPRESIÓN que solemos llamar ahora “autoestima baja”.
La Biblia nos ofrece al respecto una clara enseñanza
sobre la soberbia y la humildad. La primera sería la fuente de todo mal y
de toda rebelión contra Dios. Ya que la Sagrada Escritura siempre
interpreta el mal en un sentido religioso como ofensa a Dios, como
“pecado”. La segunda sería el presupuesto necesario para ser bendecido por
Dios.
Adán y Eva cayeron en la tentación de querer ser “como
dioses” siendo criaturas humanas (Gn. 3,15). Esto es revelador. El
desorden consiste en querer ser algo que está por encima de sus
capacidades. De hecho la soberbia se caracteriza por el deseo de ser o
parecer más de lo que realmente se es. El árbol del conocimiento del bien
y del mal del que los primeros padres agarran la fruta prohibida nos habla
de un pretendido deseo de estar por encima del bien y del mal, de decidir
autónomamente lo que es el bien o el mal (Gn. 2,17). Convertir el propio
criterio en la fuente de la moralidad de los actos.
Job es fuertemente reprendido por Dios por considerarse
limpio de toda culpa y echar en cara a Dios la injusticia de “castigar”
con la enfermedad y la pobreza al inocente. La paz llega al corazón de Job
cuando reconoce su pequeñez e ignorancia delante de Dios. Inmediatamente
Dios vuelve a bendecir materialmente a Job. Su acto de humildad le ha
hecho salir eximido de la prueba a la que había sido sometido (Jb. 38; 40,
1-4)
Repetidamente la Biblia nos enseña que Dios se revela a
los humildes y desprecia a los soberbios de corazón (Lc. 1,52). Que el que
se ensalza será humillado y el que se humilla será enaltecido (Lc. 14,11),
es más, llega a llamar bienaventurados a los que lloran y a los mansos (Mt.
5,4-5). Jesús invita a ocupar los últimos puestos en los banquetes y a
servir a los demás lavándoles los pies, si fuera preciso. Reprende
severamente a los que pretenden honores y a los que se creen muy buenos y
justos (Mt. 23, 11-12; St. 4,6-10; Fil. 2,3; 1 Pe. 5,5).
Sin embargo también la Santa Escritura elogia a los
valientes que saben enfrentar con un corazón fuerte las dificultades y de
un modo heroico salen victoriosos en los grandes combates. La reina Esther
se llena de valor y se presenta delante del rey Asuero arriesgando su vida
por salvar a su pueblo. Se cantan las grandes hazañas protagonizadas por
José, uno de los doce hijos de Jacob, la liberación de Egipto
protagonizada por Moisés, las grandes victorias de Josué o del rey David,
la sabiduría de su hijo Salomón, el arrojo de los Macabeos que defienden
su fe y sus costumbres al precio de su sangre.
¿Dónde está el equilibrio?¿Debemos escondernos en la
oscuridad de nuestra pequeñez para pasar desapercibidos, huyendo el
aplauso de las gentes? ¿O debemos por el contrario aspirar a lo más
difícil, fijándonos elevadas metas, aspirando a la cumbre del éxito?
Resulta paradójico tener que responder que las dos cosas son compatibles,
haciendo las matizaciones necesarias, pero eso será la próxima semana.
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