Escritor invitadoEl tétrico teatro, o un drama de
conciencia
Mons. Antonio Montero Moreno, arzobispo de Mérida-Badajoz
En la fuente última de las decisiones humanas está la mirada limpia de
Dios. Sus ojos, dicen incluso los terroristas islámicos, son
misericordiosos. A ellos nos acogemos nosotros hombres miopes.
Vivimos, si esto es vivir, un otoño de oscuros presagios y constantes
sobresaltos, entre la pesadilla lúgubre, tan reciente todavía, del
desplome a compás de las torres gigantes de Manhattan y el estupor, ahora
mismo, de las terroristas chechenas, con cinturón de trilita, gaseadas y
muertas sobre las butacas del teatro Dubrovka de Moscú. No han sido nada
más, se dice, que 117 las víctimas mortales entre los 800 rehenes, a más
del medio centenar de los siniestros asesinos.
Sólo nos queda, para contener la indignación y encajar de algún modo la
catástrofe, el dato de que la inmolación, inevitable y brutal, de 117
inocentes espectadores del Musical en escena, fue la alternativa de una
masacre inminente y total de otros casi ochocientos compañeros de butaca.
Ya fuera por fusilamiento en masa -hay testigos presenciales de los dos
primeros- de todos los rehenes, ya por vía expeditiva e inmediata,
mediante la voladura total del inmueble, apenas se pulsara el botón.
¿Cómo iban a imaginar, acomodados ya en sus palcos, los pacíficos
abonados a la función, que aquel festivo Musical, dos años ya en cartel,
estaba a punto de trocarse en tragedia apocalíptica, de la que ellos
mismos serían los patéticos protagonistas? Para más inri, esto viene a
coronar, en poco más de una semana, un serial trágico de episodios
espeluznantes: las llamaradas de la discoteca en Indonesia. las
explosiones criminales en Filipinas, los autobuses por los aires y los
obuses en las casas en Palestina, y, como guinda, el rifle demoníaco del
francotirador de Washington asesinando ritualmente a sus víctimas ante el
pánico y la angustia de millones de vecinos. No está mal, ¿verdad?
No quisiera incurrir en tremendismo sensacionalista, ni ceder, como
aquel que dice, a la "funesta manía de pensar"; es que muchos sentimos el
deber de clarificarnos por dentro, hasta donde sea posible, y emitir, en
reflexión y diálogo, algunos juicios de valor sobre lo que estamos
presenciando; aportar cada cual su pequeña linterna de luz y de esperanza
como sujetos activos, todo lo infinitesimales que se quiera, de la
sociedad de la que formamos parte, y de una historia que edificamos entre
todos.
El sino de Putin
Henos ante una selva de preguntas. Y para no taparla con los árboles,
ni éstos con sus propias ramas, apunto directamente a un ser humano,
Vladimir Putin al que el azar, la suerte, la carambola o el cálculo de
probabilidades, hablando en términos meramente humanos, lo han situado
ante una encrucijada terrible, donde la decisión se impone entre dos
alternativas sangrientas y donde se juega también, él no puede evitar
pensarlo, su destino y su historia como gobernante.
A Putin y a su Equipo gobierno, entrada ya la noche del 23-N, les llega
de repente y como un trallazo la noticia pura y dura: cincuenta
terroristas chechenos acaban de atrincherarse, con más de ochocientos
rehenes, en el teatro Dubrovka y amenazan con fusilarlos a todos antes de
las 6´30 de la mañana del día 25, si antes el Ejército ruso no se retira
de Chechenia. Después se supo que el edificio estaba minado con treinta
cargas explosivas en diversos puntos del inmueble y que una veintena de
mujeres terroristas llevaban también un cinturón de dinamita. Los
cronistas informaron de esto y de las tentativas imposibles de diálogo con
los irreductibles sicarios, entre el todo o el nada.
El mundo entero entró así en un más que hipertenso compás de espera,
cundiendo el nerviosismo ante el silencio de Putin y la pasividad del
Gobierno, salvo el cerco férreo del teatro por unidades militares de élite,
hasta que, ratificando sus amenazas de genocidio total, fusilaron los
terroristas, incluso, a dos rehenes antes de la hora anunciada. Es ése el
momento en el que las unidades susodichas abren las espitas de un gas
agresivo, que paraliza, duerme o mata a los enclaustrados del teatro, con
las consecuencias que sabemos. Caído el telón, se amontonan las
reflexiones y, con ellas, las preguntas, algunas inquietantes.
Para despejarlas en parte, hay que empezar por recordar el principio
ético universal de que el fin no justifica los medios. No es lícito
sacrificar a una persona para obtener con ello cualquier bien material o
moral, ni siquiera para salvar a otra, si no existe más camino que el
homicidio previo. Siempre que, por fas o por nefas, haya necesidad de
actuar, existe también el principio de doble efecto: una misma acción que
conduce a dos resultados, benéfico el uno y pernicioso el otro. Si se
persigue el fin bueno y tiene una importancia superior, aunque se tolere o
permita el otro porque no son separables.
Entre dos males
La terrible pobreza o limitación humana y los trances espantosos que se
nos cruzan en la existencia pueden llevar a una persona o a una
institución a tener que conformarse con el bien posible o elegir entre dos
males el menor, caso de que dejar de actuar resulte todavía más malo. Se
trata casi siempre de situaciones límite, propias de los gobernantes, de
los militares, de los cirujanos. La casuística es muy varia y se extiende
a los dramas personales en la vida propia, en el matrimonio y la familia,
en la actividad profesional. Que Dios nos tenga de su mano.
Volvamos a Putin y a sus consejeros. En un primer tiempo, la evitación
de una masacre horrenda, aun a costa de la inseparable mortandad limitada,
ha obtenido en Rusia y en el mundo una reacción respetuosa y básicamente
positiva, habida cuenta de la angustiosa magnitud del trance. Después, la
multiplicación numérica de los rehenes muertos, que pueden llegar a 130 y
la de los enfermos muy graves, próximos hoy a la treintena, más los
centenares de afectados por la malignidad del gas, han bajado el tono de
la aprobación y abierto el camino a una cierta descalificación ética, que
me temo seguirá incrementándose. No sólo por los números, que son muy
severos, sino por el secretismo pernicioso, de fuerte arraigo en Rusia, en
torno a la naturaleza del gas.
Un gas inquietante
Se dice y escribe que ni tan siquiera a los médicos del Hospital número
13, donde se mantiene herméticamente incomunicados a centenares de
enfermos, y por razones no exclusivamente profilácticas, se les ha
informado de las propiedades y malignidades del gas, ni por derivación,
del antídoto correspondiente (que existe, porque lo tomaron los policías
que asaltaron el teatro) con el que se dice, vaya usted a saber, que
habrían podido curarse muchos de los fallecidos en la primera hora.
¿Qué decir? Primero, y con cierta comprensión, que es muy difícil y ,
en ocasiones, ni siquiera posible, atar todos los cabos. Hay que advertir,
no obstante, que, en rigor ético, el axioma de que el fin no justifica los
medios ha de regir también para la aplicación del principio de doble
efecto. Y en nuestro caso el medio, que es el gas, tan eficaz como
mortífero, no sé hasta qué punto era un medio correcto. Al parecer, y
según la opinión de renombrados expertos, el gas para reducir terroristas
es el llamado (si es que algo puede llamarse así) clorobenzilideno
malonitrilo, en tanto que el utilizado en el tétrico teatro, se aproxima,
dicen otros, a la familia de los opiáceos y cerca de la morfina.
Me abstengo de intervenir. Baste con añadir la observación religiosa
que Putin aceptaría (su madre es muy piadosa) como, al parecer, creyente
ortodoxo: La conciencia humana va más allá de la ética y de lo
políticamente correcto. En la fuente última de las decisiones humanas está
la mirada limpia de Dios. Sus ojos, dicen incluso los terroristas
islámicos, son misericordiosos. A ellos nos acogemos nosotros hombres
miopes.