Viaje sin retorno
Miguel Rivilla San Martín
Pero nada más cierto que el viaje de la muerte. ¿Por qué no preparar el
único equipaje que se permitirá llevar al más allá?: la fe y buenas obras.
Un multimillonario sudafricano ha pagado la friolera de 22 millones de
euros por continuar la saga de astronautas del cosmos que, hace 41 años,
inició el primero de todos, el ruso Gagarín.
Los rusos han descubierto ser una entrada muy rentable para el erario
del Estado, facilitar el turismo cósmico a los caprichosos millonarios que
desean viajar al espacio. Tras el primer turista espacial americano, la
lista de espera se ha incrementado, tanto en Rusia como en EE.UU. Ya se
está entrenando la primera mujer, que quiere satisfacer este capricho y
dejar su nombre a la posteridad.
Quizás dentro de una década el desplazamiento por el espacio estará al
alcance de gran parte de los terrícolas. Los sueños de Verne se van
haciendo realidad antes de lo imaginado.
Pocos son, por otra parte, los humanos que piensan en el viaje personal
e intrasferible, que les aguarda necesariamente y que calificaría de viaje
definitivo o sin retorno posible. Es el de su muerte. A pesar de su
certeza a plazo fijo, más o menos próximo, se suele dejar a la
improvisación más absoluta. Esta postura, un tanto ilógica, se presta a
seria reflexión y debería ser objeto de preocupación primordial para
todos, incluso para creyentes, por las circunstancias que lo acompañan.
En efecto: Nada más cierto que este viaje. ¿Por qué no preparar el
único equipaje que se permitirá llevar al más allá?.La fe y buenas obras.
Ningún creyente debería olvidar las palabras de Jesús en el Evangelio:
“Estad preparados, puesto que no sabéis, el día ni la hora”.