Los binoculares
Eduardo Hayen Cuarón
El drama de nuestros tiempos es que muchos caminamos mirando con
los binoculares al revés. Los granos de polvo los convertimos en cerros
altísimos y las realidades sagradas y grandiosas las tenemos por
insignificantes. Nuestra desgracia es traer de cabeza la escala de
valores.
“En la vida humana llega un
momento -señala Martín Descalzo-, en el que le damos vuelta a los
binoculares. Lo que antes veíamos enorme y amenazante, al invertir los
catalejos ahora nos parece diminuto e inofensivo. Esta vuelta de los
cristales llega cuando en el camino de la vida aparece un gran dolor o
cuando descubrimos un gran amor. Todo gira entonces. Los valores se
invierten. La realidad sigue siendo la misma, pero sus medidas son lo
contrario de lo que eran”.
Hace unos días tuve la
fortuna de conocer a un ciego. La diabetes hizo que aquel hombre perdiera
la vista completamente. Bastó que sus ojos se cerraran para que los
binoculares de su vida dieran la vuelta, y empezara a mirar por el otro
lado. Aquellas cosas que solía ver en proporciones gigantes como las
juergas con los amigos, las aventuras con mujeres, el baile y la risotada
frívola, ahora le parecían estupideces, cosas insignificantes y pequeñas.
Y lo que antes consideraba minúsculo como su relación con Dios y el
servicio al prójimo, de pronto comenzaron a cobrar una importancia
extraordinaria.
“Reconozco que el tiempo más
importante y feliz de mi vida han sido justamente estos cuatro años en que
he sido ciego”, me dijo con una convicción de plomo. Para él, todos los
años anteriores habían estado llenos de amores fugitivos. Años inútiles,
desperdiciados. Ahora podía tocar el auténtico amor gracias a que, luego
de su ceguera, entró a formar parte de una red de enfermos en la diócesis
que se unían y se apoyaban unos a otros mediante la oración y el consuelo
espiritual, ofreciendo además sus sufrimientos por la santificación de los
sacerdotes. Una aparente tragedia despertó el amor. Los ojos de su cuerpo
tuvieron que cerrarse para que se le abrieran los ojos del alma.
El drama de nuestros tiempos
es que muchos caminamos mirando con los binoculares al revés. ¡Cuántas
cosas por las que nos afanamos todos los días son, en realidad, inútiles!
Los granos de polvo los convertimos en cerros altísimos y las realidades
sagradas y grandiosas las tenemos por insignificantes. Nuestra desgracia
es traer de cabeza la escala de valores.
Lo tremendo es que tengan que
ocurrir desgracias o tragedias para que despertemos de nuestra modorra o
para que comencemos a ver la luz en nuestra ceguera. ¿Por qué tiene que
ocurrir la muerte de hijo para que los padres detengan el absurdo de sus
pleitos? ¿O por qué debemos esperar una catástrofe económica para darnos
cuenta del tiempo que hemos perdido tratando de acumular más dinero,
mientras que dejamos escapar tantas ocasiones para disfrutar la alegría de
estar juntos en familia?
Sin duda que lo que deforma
la visión que tenemos de la realidad es nuestro propio egoísmo. El
contemplarnos y adorarnos a nosotros mismos nos va cambiando los cristales
con que miramos el mundo; nos pone los binoculares al revés y así se
altera nuestra percepción de las cosas. Quienes viven su sexualidad en el
desenfreno miran muy grande al placer y muy pequeño al amor. Los que
gobiernan obsesionados por el dominio magnifican el poder y minimizan el
servicio. Quienes administran sus empresas con avaricia sólo contemplan
grandes ganancias y una mínima justicia.
Nuestro mundo sería muy
diferente si todos camináramos con los catalejos bien puestos, viendo
todas las cosas en su justa proporción! Sobre todo contemplando a Dios y a
los demás a través de los cristales que aumentan el tamaño, y viendo
nuestro yo por el lado en que las cosas se miran chiquitas. |