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La inmortalidad del alma

Roberto Fernández Iglesias, OP

Algunos han negado que haya vida después de la muerte corporal con el pretexto de ser solamente un deseo vacío de nuestra pretensión humana.

Nuestra vida humana tiene tres etapas. La primera es de nueve meses y la pasamos en el útero materno, arropados dentro de nuestras madres, en la urdidumbre primigenia en que la materia procedente de nuestros padres va moldeando el alma recibida de Dios. La segunda es de duración incierta y dura lo que tardamos en atravesar esta guerra de la humana condición que es la historia. Unamuno la llamaba 'agonía' por ser como una lucha contra la vida y contra la muerte misma. La tercera dura para siempre y se llama vida eterna, para bien o para mal, según haya sido la decisión de nuestra humana voluntad. En las dos primeras fases alma y cuerpo marchan juntos, unidos de forma sustancial. A la tercera etapa, entra primero el alma sola, desprendida de su cuerpo mortal, ese amigo de tantas hazañas, del que tanto se duele al morir y que, sin embargo, volverá a unirse con ella al final de la historia cuando del polvo de la tierra surja nuestro cuerpo mortal y volvamos a ser la persona total que siempre fuimos.

Algunos han negado que haya vida después de la muerte corporal con el pretexto de ser solamente un deseo vacío de nuestra pretensión humana... Así como los alimentos no existen porque los deseamos ni dejan de existir porque los dejemos de desear, así tampoco la vida eterna depende del vaivén de nuestro efímero anhelar. Existe simplemente y se deduce de un recto razonar. Otros dicen que somos materia sola y que desaparecemos al morir. Pero ellos deben pensar que la materia es siempre concreta y particular. Sin embargo, el hombre piensa cosas abstractas y universales, algo imposible y contrario a la materia. Luego, el hombre debe tener un 'no sé qué' espiritual con lo que hace esas cosas abstractas y universales... A esto le llamamos alma y es la forma sustancial de nuestro cuerpo, ambos juntos, esencialmente unidos, integran la persona humana. Es la maravilla del Ser en que esencia y existencia se identifican, del veradero Dios que nos ha hecho a su imagen y semejanza dándonos un alma espiritual y simple, capaz de trascender la muerte, incluso sin el cuerpo, por ser su principio formal. (Suma Teológica, I, q.89 y ss.)

Al morir, y al descender el cuerpo del alma, esta pasa a la presencia de Dios y puede contemplar allí sus maravillas. Como nos dice San Pablo: "Ni ojo vio, ni oído oyó, ni mente humana puede imaginar lo que Dios tiene reservado para los que le aman". Además, el alma puede verse y entenderse en su personal esencia. Puede también conocer y reconocer las otras almas que están junto a ella. En ese estado el alma conserva la experiencia de todo lo que vivió, y los conocimientos que tuvo y la experiencia que adquirió. Y también puede conocer, en la medida en que Dios se lo permite, la vida de las personas que están todavía en el mundo y puede interceder y orar por ellas en virtud del principio teológico de la comunión de los santos. Todo esto nos puede consolar muchísimo de la muerte de nuestros seres queridos y nos puede ayudar también a preparar nuestra propia muerte, haciéndonos madurar y ser mejores pensando en el desenlace final.

Lloramos a nuestros muertos por lo mucho que les quisimos , porque nos duele su ausencia y extrañamos sus caricias y sus besos y, aunque muchas de sus palabras sigan grabadas en la memoria, quisiéramos tenerlos más cerca para verlos y sentirlos. Es que los seres humanos somos unidad de alma y cuerpo y, a pesar de que lo entendamos, queremos también sentir, queremos tocar y queremos ver. La muerte viene a romper esa unidad de nuestro ser como un tributo que pagamos por el pecado. "¡Ay, Muerte, muerta seas. Muerte y malandante!" exclamaba con dolor el Arcipreste de Hita.

Pero la muerte afecta solo al cuerpo, no al alma, inmortal por naturaleza.

Y además, como nos dice la revelación cristiana, también el cuerpo resucitará y volveremos a ser lo que fuimos, pero infinitamente mejorados y con un cuerpo dócil a Dios, como el Mesías Resucitado nos prometió. El abre infinitamente nuestra esperanza para enjugar con amor nuestras lágrimas.

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Publicado en diario HOY, domingo 3/XI/2002, Quito, Ecuador

 

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