Cristianismo y laicismo en la Unión
Europea: un diálogo necesario
Con el laicismo abierto no solo es posible el diálogo,
sinó la tarea común, con el ideológico solo cabe la confrontación de las
ideas -que no de las personas- hasta conducirlo al reconocimiento del
"Otro, los cristianos, en la igualdad.
Sobre éstas y más cosas debatirá la primera reunión de
la Convención de Cristianos por Europa que se celebrará en Barcelona del 6
al 8 de Diciembre
www.eurocristians.org
Este excelente periodista que es Enric
Juliana planteaba días atrás un interrogante: ¿Puede avanzar la unidad de
Europa sin considerar la concepción cristiana?. Y al hilo de ello se
preguntaba sobre su disponibilidad a dialogar con la laicidad. Esta
cuestión forma parte de uno de los grandes debates europeos del momento.
La respuesta en principio solo puede ser afirmativa.
El diálogo entre la concepción laica del
hombre y la religiosa es necesaria para configurar una vida europea
cualitativamente renovada, dotada de un estilo de pensar y vivir más
adecuado a la persona, más conforme al gran ideal de unidad y solidaridad,
más próximo a las necesidades y esperanzas cotidianas de las gentes. Éste
y no otro es el deseo manifestado reiteradamente por el Papa.
No se puede olvidar que la Europa actual
surgió de la voluntad de reconciliación cristiana de los "Padres
Fundadores", Schumnan, Adenauer, De Gasperi. Sus resultados hacen evidente
el diálogo, la apertura y la tarea compartida con todos. Aquel principio
de fraternidad se concretó en objectivos realistas, la CECA, el Mercado
Común, surgidos para servir primero a la fraternidad humana y luego al
mercado, y no a la inversa como ha sucedido, precisamente por la ulterior
debilidad cristiana. Lean si no a Josep Mª Ruíz Simon y a Gregorio Morán.
Éste último, del comunismo de antaño, ha pasado ahora a cantar la Unión
Europea como simple tejido de intereses, precisamente porque prefiere eso,
"la Europa de los mercaderes" que escarnecía en sus años mozos, a permitir
un resquicio a la concepción cristiana, que los niega.
Y es que bajo el genérico de la laicidad
se encuentran específicos muy distintos. Unos corresponden a la laicidad
abierta como la de un Havel, un D'Alema, o un Veltroni, quizás el propio
Giscard, que no ven en el creyente un enemigo a batir, sinó a un
complementario.
Pero existe otro laicismo de ideología
excluyente, que tiene la pretensión de constituir la única aportación
posible para el ordenamiento de la sociedad. Este laicismo no dialoga con
la Iglesia, simplemente la descalifica o lo intenta. Se autodefine como
superior al sentido religioso, lo juzga y pretende dictarle su papel. Algo
que a la inversa resultaría escandaloso.
Este laicismo es una ideología en el
sentido peyorativo del término: transmite una representación falseada de
la realidad que deforma las conciencias. Se fundamenta en pre-juicios y "a
priori" a los que la vida debe ajustarse, negando así la evidencia de los
hechos.
Necesita de dos dogmas para sobrevivir.
Uno es la no existencia de Dios; otro el sinsentido de la Historia. La
laicidad excluyente sobrevive como ideología en la medida que aquellos dos
dogmas son ferreamente mantenidos, porque cualquier fisura en ellos la
reduce a la nada. La simple posibilidad, que no certeza, de la existencia
de Dios, tan aceptable como la formulación contraria, o la hipótesis de
que la historia tenga sentido, es incompatible con la laicidad ideológica.
El resultado es un enfoque dogmático y excluyente en el ordenamiento
social para los cristianos.
Con el laicismo abierto no solo es
posible el diálogo, sinó la tarea común, con el ideológico solo cabe la
confrontación de las ideas -que no de las personas- hasta conducirlo al
reconocimiento del "Otro, los cristianos, en la igualdad. |