FAMOSÍSIMA INQUISICIÓN - II
Cárceles, torturas y muertes
Pbro. Roberto Visier - cenaculost@cantv.net
Es verdad, es una página triste de la historia de la Iglesia. Sólo nos
queda repudiarlo y aprender la lección para no volver a caer en los mismos
errores. Pero entiéndanme todas las aclaraciones, porque no es lo mismo
ser condenado de robar un bolívar que un millardo, de haber matado a uno
que haber matado a mil. Es cierto que no fue un problema de la Iglesia
simplemente, fue un problema de una época en la que estaba entremezclado
lo político y lo religioso.
Hicimos propósito de ser honestos y objetivos. Así
que no podemos esquivar el tema de los procesos, condenas, penas y
torturas relacionados con el Tribunal de la Inquisición. Las penas que se
imponían normalmente eran de penitencias públicas, cárcel, confiscación de
bienes, etc. Las más graves eran para aquellos a los que se les demostraba
claramente el delito de herejía o brujería, especialmente si se habían
negado en todo momento a confesar su culpa o si se obstinaban en defender
la doctrina herética. La tortura y la pena de muerte no fue utilizada ni
por la Inquisición medieval, ni por el posterior tribunal del Santo
Oficio. Sólo en la época más dura de los siglos finales de la edad media.
Se han dicho verdaderos disparates sobre las cifras, afirmando que fueron
cientos de miles los que murieron. Es muy difícil aventurar cifras. Sin
duda fueron miles los quemados, pero es difícil que fueran tantos a no ser
que afirmemos que había brujas detrás de cada esquina o que todos los
enjuiciados eran condenados a muerte, lo cual es totalmente falso. La
tortura no era utilizaba siempre sino en los casos graves y cuando se
agotaban los otros recursos o los testimonios eran insuficientes.
“El que no la hace, no la teme”. Sólo era temida
por los herejes o judíos falsamente conversos al cristianismo que eran
duramente castigados si eran descubiertos. Pero también eran duramente
castigados los testigos falsos. Bastaba el arrepentimiento o desdecirse de
la doctrina errónea para pagar una penitencia y quedar absuelto. Los
archivos de la Inquisición muestran con toda claridad que los procesos
eran limpios y se desarrollaban con una integridad jurídica que ya
quisieran muchos tribunales actuales. Los testimonios históricos reflejan
que las cárceles de la inquisición eran más humanas que las civiles e
incluso consta que el tribunal sugería con frecuencia al poder civil que
fuera clemente con el reo condenado. Debemos reconocer que en el siglo XVI,
debido a las controversias religiosas en torno a la Reforma Protestante,
se sospechaba de todo escrito cristiano que tuviese alguna apariencia de
novedad peligrosa. De este modo tuvieron que pasar por largos procesos e
investigaciones personajes de la época de gran talla espiritual y
doctrinal como Fray Luis de Granada, S. Juan de Avila, S. Ignacio de
Loyola, etc. Todos fueron absueltos. De la lectura de la vida de estos
grandes maestros del siglo de oro español se comprende el gran rigor
utilizado en la época para castigar a los frailes indisciplinados o
desobedientes: azotes, reclusión, penitencias públicas. En fin nos
muestran otra época con una gran severidad que no se entiende hoy. Eran
otros tiempos.
Pero seamos claros. No importan las cantidades. El
hecho es que un tribunal de la Iglesia admitía la tortura y daba
sentencias de muerte. Eso repugna a cualquier mente moderna tanto civil,
como eclesiástica. Jesús no enseñó la defensa violenta de la fe. Es
verdad, es una página triste de la historia de la Iglesia. Sólo nos queda
repudiarlo y aprender la lección para no volver a caer en los mismos
errores.
Pero entiéndanme todas las aclaraciones, porque no
es lo mismo ser condenado de robar un bolívar que un millardo, de haber
matado a uno que haber matado a mil. Es cierto que no fue un problema de
la Iglesia simplemente, fue un problema de una época en la que estaba
entremezclado lo político y lo religioso, donde la fe era el valor supremo
y se defendía con el mismo apasionamiento con el que defendemos hoy las
libertades democráticas o la salud pública. Tenemos que meternos en los
zapatos de los hombres y mujeres de ese tiempo. Entonces no se hablaba en
las calles de deporte, de música o de tecnología, se hablaba de religión y
de la Iglesia. Los reyes colaboraban con la Iglesia y la Iglesia daba
ciertas autoridad religiosa a los reyes. Ni siquiera se dio sólo en la
Iglesia católica, puesto que los países protestantes también adoptaron
prácticas semejantes para promover sus convicciones religiosas. Lo digo
porque a veces nuestros hermanos cristianos separados (evangélicos y
demás) intentan manchar a la Iglesia con la “famosísima Inquisición” sin
darse cuenta de que también pertenece a su pasado, pues la usaron sus
“abuelos” los reformadores protestantes.
Tampoco manchan la doctrina oficial multisecular
de la Iglesia ese tipo de comportamientos propios de un determinado
tiempo. Las leyes de la Iglesia cambian adaptándose a las circunstancias,
no pertenecen al dogma. La verdad de la Iglesia queda intacta. No se
pueden juzgar a los legisladores de hoy por los errores de los
legisladores de la antigüedad.
Finalmente, no es justo tachar a la Edad Media
como una época oscura y terrible. Ese tipo de reduccionismos que pretenden
descalificarlo todo no es científico. En la edad media floreció el Arte y
avanzó la cultura y la ciencia, de manos de la Iglesia por cierto, como
todo en ese tiempo. Era un modo de vivir diferente para un mundo
diferente, con sus luces y sus sombras. |