FAMOSÍSIMA INQUISICIÓN - III
Escándalo injustificado
Pretender descalificar por errores personales o culturales del pasado
a la Iglesia o la religión católica, al evangelio en sí mismo o incluso al
mismo Jesucristo, o llegando a sus últimas consecuencias a Dios en su
acepción más universal, no es razonable. Generalizar siempre es peligroso
e injusto
El Papa Juan Pablo II en el comienzo de la
Cuaresma del año jubilar 2000 pidió perdón en nombre de la Iglesia por
todos los errores que los hombres y mujeres de la Iglesia han cometido.
Entre ellos se destacan la marginación que se ha dado en el mundo católico
de los creyentes de otras religiones (musulmanes y judíos sobre todo), la
división de los cristianos (ortodoxos, protestantes, anglicanos, etc.), la
marginación de la mujer. Todo esto no compromete la enseñanza de la
Iglesia oficial puesto que nunca ha enseñado la Iglesia el odio o la
violencia, ni el racismo y la xenofobia en su doctrina oficial, ni ha
enseñado que la mujer sea inferior, etc. Se trata de que los católicos
(tanto sacerdotes como laicos) se contagiaban de la mentalidad del momento
adoptando actitudes poco evangélicas. No podían evitar ser hombres y
mujeres de su tiempo. También se descubren en cristianos de ahora
actitudes que no están en sintonía con el evangelio de Cristo, sino que
son típicas del pensamiento moderno.
Pretender descalificar por errores personales o
culturales del pasado a la Iglesia o la religión católica, al evangelio en
sí mismo o incluso al mismo Jesucristo, o llegando a sus últimas
consecuencias a Dios en su acepción más universal, no es razonable.
Generalizar siempre es peligroso e injusto. ¿Diremos que el venezolano no
sirve porque algunos son corruptos, o el colombiano porque algunos son
guerrilleros, o el alemán porque o el ruso porque algunos fueron
protagonistas de los mayores genocidios del siglo XX? ¿Diremos que no nos
podemos fiar de los médicos porque algunos se equivocan, que los curas son
malos porque algunos lo parecen? Eso es propio de gente chismosa e
ignorante.
Miremos el siglo XX, miremos nuestra nación y el
mundo moderno con todos sus adelantos científico - técnicos. ¿No siguen
siendo crueles nuestras cárceles, seremos tan ingenuos de defender que en
nuestro mundo, que se llena la boca de derechos humanos, no existe la
tortura promocionada incluso por instancias oficiales, por las fuerzas
policiales o militares? Miremos la reciente guerra de la ex - Yugoslavia o
la de Chechenia en Rusia, llenas de crueldad hacia los mismos civiles. No
digamos las guerras marcadamente trivales de Etiopía, Somalia que
enfrentan a los de la etnia tutsi con los hutus. Qué decir del holocausto
Nazi que eliminó en pocos años a seis millones de judíos. O las “purgas”
iniciadas en la antigua Unión Soviética por Stalin en la que
desaparecieron millones de personas y fueron deportadas, recluidas en
campos de concentración y condenadas a trabajos forzados alrededor de
quince millones. ¿Tan justos son nuestros tribunales del siglo XXI?
Sin embargo hay quien se rasga las vestiduras
porque en el siglo XVII un tribunal de la Iglesia condenó a arresto
domiciliario a Galileo porque les pareció imprudente que enseñara ciertas
doctrinas astronómicas no muy seguras entonces, pero que resultaron ser
intuiciones geniales del gran astrónomo. Sí, fue un error ya intuido por
el cardenal San Roberto Belarmino en esa misma época, pero no creo que sea
para tanto. Ya lo escribí antes: excusas para el que necesita alguna para
alejarse de Dios y de la Iglesia.
Todos cometemos errores, el que esté sin pecado
que tire la primera piedra (Jn. 8,7). Pero de verdad ¿podemos acusar a la
Iglesia actual de violenta o intransigente? El Papa, como máximo
representante de la Iglesia, no se ha convertido en el heraldo de la paz,
del diálogo con los cristianos no católicos con las demás religiones, del
respeto de la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta la
muerte. Bien claros dejo el Concilio Vaticano II los conceptos de libertad
religiosa y de conciencia, que por otra parte no eran nuevos en la
Iglesia.
No se puede acusar a la Iglesia de intransigente
porque intente preservar la pureza de su fe. Es su obligación y la de todo
católico, sacerdote o no, que enseñe la fe. Somos libres de ser católicos
o no serlo, pero si yo me pongo el nombre de católico, no puedo enseñar
lo que a mí me parece sino lo que siempre ha enseñado la Iglesia.
Actualmente el órgano de la Iglesia que intenta prevenir y contrarrestar
las desviaciones doctrinales se llama Sagrada Congregación para la
doctrina de la fe. No existe para cuartar la libertad de expresión de los
autores católicos sino para defender a los fieles que tienen el derecho de
conocer la verdad de la revelación sin error. Sólo la Iglesia tiene la
autoridad recibida de Jesucristo para enseñar la fe sin error, claramente
expresada en las palabras de Jesús a Pedro y a los apóstoles “lo que ates
en la tierra queda atado en el cielo” (Mt. 16,19; Mt. 18,18); “vayan al
mundo entero y enséñenles todo lo que yo les he enseñado” (Mt. 28). |