La ofrenda perpetua
Durante dos mil años en la Iglesia Católica se ha cumplido en mandato
del Señor en la celebración más importante de nuestro culto, que los
primeros cristianos llamaron “fracción del pan” y después ha recibido
otros nombres como “cena del Señor”, “sacrificio del Cuerpo y Sangre de
Cristo”, “Eucaristía” (que significa acción de gracias) o Santa Misa
Todas las religiones, en su deseo de honrar a Dios
ofreciéndole un testimonio de agradecimiento y adoración, han hecho
durante milenios ofrendas de sus bienes, en especial de los frutos de la
tierra y de su trabajo. De este modo en la religión judía, como nos narra
la Biblia, se ofrecían sacrificios de animales como reconocimiento del
señorío de Dios y para el perdón de los pecados. Sin embargo en el Nuevo
Testamento como dice la Carta a los Hebreos: “la sangre de los toros y de
los chivos no tiene valor para perdonar los pecados” (Heb. 10,4), “pero
con toda seguridad la sangre de Cristo, que se ofreció a Dios por el
Espíritu eterno como víctima sin mancha, purificará nuestra conciencia de
las obras de muerte, para que sirvamos al Dios vivo” (Heb. 9,14).
Los sacrificios del Antiguo Testamento quedan así
abolidos por la Nueva Alianza en la Preciosa Sangre de Cristo. Esta se
ofreció de una vez para siempre (Heb. 9, 25-28) y no necesita ser
repetida.
Por otro lado, llama poderosamente la atención que
Jesús, antes de entregar su vida y derramar su sangre en la cruz,
pronunció en la última cena con sus discípulos unas palabras enigmáticas.
Invitó a los apóstoles a compartir el pan con él diciendo: “Esto es mi
cuerpo que será entregado” y el vino afirmando: “Esta es la Nueva Alianza
en mi sangre que será derramada por vosotros” (Lc. 22, 19-20). Del mismo
modo S. Pablo nos recuerda que Jesús pidió que se repitiera lo que él
había hecho en memoria suya (I Cor. 11,24-25).
Durante dos mil años en la Iglesia Católica se ha
cumplido en mandato del Señor en la celebración más importante de nuestro
culto, que los primeros cristianos llamaron “fracción del pan” y después
ha recibido otros nombres como “cena del Señor”, “sacrificio del Cuerpo y
Sangre de Cristo”, “Eucaristía” (que significa acción de gracias) o Santa
Misa. Durante veinte siglos la Iglesia ha interpretado las palabras de
Jesús: “esto es mi Cuerpo y Esta es mi Sangre” como la afirmación de una
verdadera presencia de Cristo, y de una renovación (no repetición) del
sacrificio de la Cruz. Es decir, Jesús sustituye los sacrificios de la
antigua alianza por la renovación perpetua de la ofrenda de su vida en la
cruz. Esta afirmación es impresionante porque nos indica que en la Misa el
mismo Cristo se hace presente ofreciéndose con su cuerpo y con su sangre,
por lo que la celebración eucarística o Misa se considera lo más grande
que podemos ofrecer a Dios, y a la vez lo más sublime que nosotros podemos
recibir de Dios, pues al participar en la Misa y recibir la comunión
recibimos al mismo Cristo en nuestro interior y ofrecemos de nuevo al
Padre lo que él sufrió por nosotros.
Es triste que muchos
que van a Misa no entiendan el milagro que allí tiene lugar, y es muy
triste también que los que se apartaron de la Iglesia católica para seguir
otros caminos hayan perdido el sentido milenario que los cristianos han
dado a la Cena del Señor. No se debe pensar, a pesar de la magnitud del
prodigio, que sea esta doctrina invento de los hombres. Las palabras de
Jesús en la última cena están en conexión con otras que pronunció en
Cafarnaún y que llenaron de estupor a los que las escucharon, sin embargo
Jesús no las retiró sino que las reafirmó estando dispuesto a quedarse
sólo si fuera preciso pues muchos al oírlas lo abandonaron confundidos.
Efectivamente, de un modo sorprendente, Jesús les había dicho: “Yo soy el
pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre y
el pan que yo les daré es mi carne para la vida del mundo... si no comen
la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre no tienen vida” (Jn 6,
48-58). Ante esto sólo nos quedan dos opciones o creer en las palabras de
Cristo y admirarnos ante el misterio, o marcharnos incrédulos y
confundidos.
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