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La ofrenda perpetua

Pbro. Roberto Visier - cenaculost@cantv.net

Durante dos mil años en la Iglesia Católica se ha cumplido en mandato del Señor en la celebración más importante de nuestro culto, que los primeros cristianos llamaron “fracción del pan” y después ha recibido otros nombres como “cena del Señor”, “sacrificio del Cuerpo y Sangre de Cristo”, “Eucaristía” (que significa acción de gracias) o Santa Misa

Todas las religiones, en su deseo de honrar a Dios ofreciéndole un testimonio de agradecimiento y adoración, han hecho durante milenios ofrendas de sus bienes, en especial de los frutos de la tierra y de su trabajo. De este modo en la religión judía, como nos narra la Biblia, se ofrecían sacrificios de animales como reconocimiento del señorío de Dios y para el perdón de los pecados. Sin embargo en el Nuevo Testamento como dice la Carta a los Hebreos: “la sangre de los toros y de los chivos no tiene valor para perdonar los pecados” (Heb. 10,4), “pero con toda seguridad la sangre de Cristo, que se ofreció a Dios por el Espíritu eterno como víctima sin mancha, purificará nuestra conciencia de las obras de muerte, para que sirvamos al Dios vivo” (Heb. 9,14).

Los sacrificios del Antiguo Testamento quedan así abolidos por la Nueva Alianza en la Preciosa Sangre de Cristo. Esta se ofreció de una vez para siempre (Heb. 9, 25-28) y no necesita ser  repetida.

Por otro lado, llama poderosamente la atención que Jesús, antes de entregar su vida y derramar su sangre en la cruz, pronunció en la última cena con sus discípulos unas palabras enigmáticas. Invitó a los apóstoles a compartir el pan con él diciendo: “Esto es mi cuerpo que será entregado” y el vino afirmando: “Esta es la Nueva Alianza en mi sangre que será derramada por vosotros” (Lc. 22, 19-20). Del mismo modo S. Pablo nos recuerda que Jesús pidió que se repitiera lo que él había hecho en memoria suya (I Cor. 11,24-25).

Durante dos mil años en la Iglesia Católica se ha cumplido en mandato del Señor en la celebración más importante de nuestro culto, que los primeros cristianos llamaron “fracción del pan” y después ha recibido otros nombres como “cena del Señor”, “sacrificio del Cuerpo y Sangre de Cristo”, “Eucaristía” (que significa acción de gracias) o Santa Misa. Durante veinte siglos la Iglesia ha interpretado las palabras de Jesús: “esto es mi Cuerpo y Esta es mi Sangre” como la afirmación de una verdadera presencia de Cristo, y de una renovación (no repetición) del sacrificio de la Cruz. Es decir, Jesús sustituye los sacrificios de la antigua alianza por la renovación perpetua de la ofrenda de su vida en la cruz. Esta afirmación es impresionante porque nos indica que en la Misa el mismo Cristo se hace presente ofreciéndose con su cuerpo y con su sangre, por lo que la celebración eucarística o Misa se considera lo más grande que podemos ofrecer a Dios, y a la vez lo más sublime que nosotros podemos recibir de Dios, pues al participar en la Misa y recibir la comunión recibimos al mismo Cristo en nuestro interior y ofrecemos de nuevo al Padre lo que él sufrió por nosotros.

Es triste que muchos que van a Misa no entiendan el milagro que allí tiene lugar, y es muy triste también que los que se apartaron de la Iglesia católica para seguir otros caminos hayan perdido el sentido milenario que los cristianos han dado a la Cena del Señor. No se debe pensar, a pesar de la magnitud del prodigio, que sea esta doctrina invento de los hombres. Las palabras de Jesús en la última cena están en conexión con otras que pronunció en Cafarnaún y que llenaron de estupor a los que las escucharon, sin embargo Jesús no las retiró sino que las reafirmó estando dispuesto a quedarse sólo si fuera preciso pues muchos al oírlas lo abandonaron confundidos. Efectivamente, de un modo sorprendente, Jesús les había dicho: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre y el pan que yo les daré es mi carne para la vida del mundo... si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre no tienen vida” (Jn 6, 48-58). Ante esto sólo nos quedan dos opciones o creer en las palabras de Cristo y admirarnos ante el misterio, o marcharnos incrédulos y confundidos.

 
 

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