Fracturas del pensamiento contemporáneo
P. Roberto Fernández Iglesias, OP
La tecnología y las ciencias han producido expectativas tan grandes de
bienestar en el mundo contemporáneo que la gente cree que ellas tienen la
respuesta a la pregunta sobre la felicidad del hombre.
La tecnología y las ciencias han producido
expectativas tan grandes de bienestar en el mundo contemporáneo que la
gente cree que ellas tienen la respuesta a la pregunta sobre la felicidad
del hombre. Existe la convicción optimista y generalizada de que cualquier
problema que se le pueda presentar a la humanidad acabará siendo resuelto
por el progreso hasta el infinito, de la ciencia actual. Es verdad que
muchos problemas son maravillosamente resueltos por las ciencias. Pero se
debe aceptar que existen preguntas impresionantes acerca del sentido de la
vida humana que están mucho más allá de las posibilidades reales del
ámbito tecnológico o científico, pues los interrogantes de que se parte
son de naturaleza espiritual y sus razones no se descubren con el
empirismo de la ciencia. Están más allá, enraizadas en las profundidades
del ser y son solamente accesibles a la especulación filosófica.
Pertenecen al ámbito de la metafísica, o sea, a la filosofía primera, la
que estudia al ser en su analogía y en su trascendencia. La persona humana
no es solamente un "estar ahí", es un ser y además es un ser lleno de
sentido que podemos y debemos interpretar. Claro que, como decía San
Alberto Magno: "el hombre está en el centro de la creación entre la
materia y el espíritu, entre el tiempo y la eternidad". A esto se ha
aplicado la filosofía desde la antigüedad, a contribuir para que el ser
humano se conozca a sí mismo en todas las dimensiones y en cada una de sus
potencialidades buscando con la razón las causas últimas de las cosas, de
la persona humana y de su entorno cosmológico.
Sin embargo, la filosofía desde Kant se ha ido
perdiendo por los laberintos de la crisis del sentido. Ha perdido la
continuidad de los grandes sistemas filosóficos del pasado y ha caído en
un eclecticismo pragmático, o en un historicismo relativista, cometiendo
así la locura de hacer más caso a aquello que lo puede potenciar. Terreno
éste propicio para el nihilismo y escepticismo de muchos contemporáneos.
Celosa de su autonomía, la filosofía ha buscado afirmarse a sí misma
enclaustrándose en sus propios muros y huyendo de la teología perdiendo
así la gran oportunidad de dar cuenta del sentido de lo humano en la
perspectiva de un absoluto necesario tal como se nos revela en la Sagrada
Eucaristía. Sin referencia a Dios no podremos entender bien al ser humano,
por eso el mismo se nos revela en Nuestro Señor Jesucristo, camino, verdad
y vida de la nueva humanidad. La filosofía, en su búsqueda de la verdad,
debe recuperar el sentido sapiencial. Es decir, debe aspirar a la
sabiduría que brota del descubrimiento del sentido global de la vida
humana. En ese sentido, Juan Pablo II, en su encíclica Fe y Razón elogia a
Santo Tomás de Aquino y lo propone como el modelo que "en su reflexión ha
logrado la síntesis más alta que el pensamiento haya alcanzado jamás, ya
que supo defender la radical novedad de la revelación sin menospreciar
nunca el camino propio de la razón" (Fe y Razón, nú. 78).
Todo esto nos puede explicar también una parte de
las tantas dificultades que encuentra la ética para autojusificarse en su
propia autonomía. Mínimo y máximos morales, cognitivismo y emotividad,
deber y obligación... Son coordenadas descriptivas para encasillar a la
ética en un estatuto de ciudadanía 'políticamente correcto' en nuestro
mundo plural. Sin embargo, es necesario volver a una cierta metafísica del
bien, a su entidad objetiva y universal. De lo contrario, el subjetivismo
individual resolverá por la vía de utilidad y del interés personal los
problemas morales en una ética de situación hecha a la carta del apetito
personal.
Ciencias y filosofía, razón y fe, ética y moral
pueden hacer un esfuerzo para trascender las fracturas a que han estado
sometidas. Hay que recuperar el deseo de unidad que preside la condición
humana. Y para ello sería bueno recuperar el dinamismo que tiene la teoría
del fin último en la filosofía moral de Santo Tomás. Porque, en
definitiva, cuando se tiene un fin, se jerarquizan y articulan bien las
distintas etapas de la vida, se cohesionan mejor lasa energías personales
y se aúnan y armonizan las voluntades colectivas. En dicha filosofía el
fin último de la persona sólo puede ser Dios y Jesucristo su camino.
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Publicado en diario "HOY", Quito, Ecuador. Domingo
18 de noviembre de 2002 |