Aprender a agradecer en estos tiempos tan
ingratos
P. Roberto Fernández Iglesias, OP
Todos nosotros tenemos muchísimo
que agradecer y muchísima gente a la que agradecer. Pero algunas veces
aplazamos nuestra gratitud.
En el
árbol genealógico de las virtudes humanas, la gratitud pertenece a la rama
de la justicia que se define como "una voluntad perpetua y constante de
dar cada uno lo suyo", según Marco Tulio Cicerón. Pero, en la gratitud hay
además, respecto de la justicia, como un plus que consiste precisamente en
asumir esa como obligación de tener que hacerlo, ese hacerlo porque sí,
ese hacerlo porque me nace de la nobleza del alma, porque creo simplemente
que te lo mereces y me da gusto reconocerlo. La gratitud, no es como la
justicia que se puede exigir. A la gratitud se la espera o se la desea,
como deseamos un encuentro o una buena nueva. Da pudor solicitarla, porque
tiene que proceder espontáneamente de la persona, a quien se le ha hecho
un bien. Y, si llega, satisface el corazón. Y, cuando no se produce, da
como vergüenza ajena...
Como
dijeron los clásicos, la gratitud tiene tres grados: el primero consiste
en reconocer el don recibido, sabiéndolo valorar. Cuando ofreces un regalo
y la persona lo valora y lo manifiesta expresando alegría y satisfacción,
ya te sientes gratificado. Es la alegría que sentimos, por ejemplo, cuando
los niños abren sus regalos de Navidad. Nos da gusto contemplarlos,
fascinados, explorando los juguetes recién recibidios. Una gratitud más
avanzada es la que valora no sólo ese don, sino la persona que nos lo dio.
Sentirse reconocidos por quien se beneficia de nuestra acción ya es mucho
más: se establece un vínculo humano, se produce una relación, una cierta
reciprocidad. Pero la gratitud perfecta es cuando somos capaces de
ponernos nosotros mismos y, por supuesto, el don recibido, al servicio de
quien nos lo dio. Hay en esto una excelencia que supera indudablemente los
dos grados anteriores de esta virtud.
Debemos
establecer una jerarquía natural y lógica en cuanto a quiénes agradecer.
Hay que agradecer en general a todos nuestros benefactores, a los que nos
hacen bien.
Empezando por el principal que es Dios, el autor de todo bien. A
continuación vienen nuestros padres, o quienes los representan si ya no
están, porque nos han dado la vida y nos han arropado con su amor y su
atención. Esta clase de gratitud viene avalada también por los
Mandamientos de la ley de Dios que nos ordenan amar a Dios por sobre todas
las cosas y honrar padre y madre. Después vienen muchos otros: el cónyugue,
los maestros, los sacerdotes, los médicos, los amigos... Está también la
patria, la ciudad en que vivimos.
Ser
agradecidos ennoblece nuestro corazón, permite que la gente nos quiera más
y nos hace agradables a Dios, que nos acabará siempre recompensando de
nuestras buenas obras, aunque los demás las hayan olvidado.
Nos
quejamos demasiado, somos hipersusceptibles y nos fijamos excesivamente en
lo malo, en lo que olvidan los demás. Y no pensamos en lo que nosotros
mismos olvidamos. Rara vez pronunciamos el 'mea culpa' de una autocrítica
realista. No queremos reconocer nuestra parte de responsabilidad en un
ambiente de pesimismo generalizado. Todos nos podemos quejar de muchísimas
cosas. Pero ese camino sólo lleva a sentir chirinchos frente al morbo
colectivo y abundar así en el pretexto de no hacer nada. De seguir siempre
igual.
Todos
nosotros tenemos muchísimo que agradecer y muchísima gente a la que
agradecer. Pero algunas veces aplazamos nuestra gratitud y no está bien.
Porque acabaremos olvidando nuestro deber. Las virtudes se demuestran
ejecutando pronto, fácilmente y con deleite de la acción virtuosa.
Propongámonos como un ejercicio de moral ciudadana y colectiva volver a la
gratitud. Estaría bien que, empezando por la propia casa, hiciéramos una
lista de las cosas y de las personas a las que deberíamos agradecer. Y
asumir que hemos sido ingratos y que nos podemos corregir recuperando el
tiempo perdido y volviendo a establecer con las palabras, o los gestos o
los dones, verdaderas relaciones humanas, entrañables y amistosas. A lo
mejor, esto nos da otro talante, otro tono moral. Y empezamos a entonar un
himno nuevo de alegría existencial, en vez de repetir tantas lamentaciones
viejas que sólo sirven para entristecernos más.
---------------------------------------
Publicado en diario HOY, Quito, Ecuador - Domingo 24 de noviembre de 2002.
|