La universidad,
obra verdadera de la Iglesia
José Antonio Benito
Basta con recordar sus nombres
(San Marcos, San Agustín, San Antonio...) o ver la tiara pontificia en sus
emblemas, para caer en la cuenta de que en su origen las universidades
nacieron y crecieron “a los pechos” de la Iglesia.
Basta
con recordar sus nombres (San Marcos, San Agustín, San Antonio...) o ver
la tiara pontificia en sus emblemas, para caer en la cuenta de que en su
origen las universidades nacieron y crecieron “a los pechos” de la
Iglesia. El inmortal Miguel de Cervantes dirá por boca de Don Quijote que
“la historia es testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente,
advertencia de lo por venir”. Según esto, si conocemos el pasado y el
sentido genuino de la universidad estaremos en mejores condiciones de
responder a los formidables retos que nos presenta la Universidad de
nuestro tiempo. Entremos, por tanto, en el túnel del tiempo pasado para
conocer su testimonio pretérito, su luz para nuestro hoy, su advertencia
para el futuro.
La
Universidad en la Edad Media fue el resultado de la evolución de las
escuelas episcopales, municipales y monacales. Los saberes aprendidos en
estos centros abarcaban las siete artes liberales. Por una parte estaba el
trivium: Tres artes liberales relativas a la elocuencia: la gramática
(saber escribir), la retórica (saber hablar) y la dialéctica (saber
pensar). La otra división, cuadrivium, abarcaba las cuatro artes
matemáticas: aritmética, música, geometría, astronomía o astrología.
El
documento más antiguo que recoge este término va firmado por el Papa
Inocencio III en 1208 dirigido al Estudio general de París. Testigo de
este proceso y acuñador de una de las definiciones más bellas de
Universidad será el rey Alfonso X el Sabio (1221-1284) en sus Partidas (II,
tít.3) "ayuntamiento de maestros y de escolares que es hecho en algún
lugar con voluntad y con entendimiento de aprender los saberes".
Según
Diego Gracia “La Universidad ha tenido siempre y tiene hoy como objetivo
la búsqueda, formulación y transmisión de la verdad. Investigar la verdad
y educar en la verdad: he aquí los dos objetivos primordiales, si no
únicos, de la Universidad desde su fundación en el siglo XIII hasta el día
de hoy y quizá hasta siempre”. La antigua, verdad como adecuación, la
moderna la verdad como construcción, o como gusta recordar Mons. L.
Giussani “introducir en la totalidad de lo real”. La misión prioritaria de
la Universidad debe ser: “Educar a los hombres en eso que Zubiri
calificaba de esfuerzo supremo´, el de sumergirse en la realidad en cuanto
tal y en su fundamento; De no ser esto así, tendremos saber y ciencia,
pero nos faltará experiencia profunda de la realidad y de la verdad real,
es decir, careceremos de auténtica vida intelectual”.
La
Universidad surgió en plena Edad Media cuando la verdad se definía como
“la adecuación del entendimiento a la realidad”. Se consideraba la
naturaleza, la realidad, como un orden perfecto, de modo que la verdad
objetiva no podía consistir en algo distinto a la adecuación o conformidad
con el orden; la verdad era el orden, el error el desorden.
En la
Universidad medieval no entran las “Artes serviles o mecánicas” propias de
los artesanos, sino las “Artes liberales” (derivadas del Trivium y el
Quadrivium), con las cuales se dotó de contenido a la denominada Facultad
de Artes. Además de esta Facultad menor, la Universidad medieval estaba
constituida por otras tres Facultades mayores, la de Teología, la de
Derecho y la de Medicina, las tres grandes ciencias de la «adecuación»,
del «orden»:
1) La
Teología nos enseña cuál es el «orden divino» a «orden macrocósmico», que,
como es obvio, es raíz y fuente de todos los demás.
2) El
Derecho nos enseña cuál es el «orden civil» a «orden del mesocosmos», el
«orden de la república».
3) La
Medicina, en fin, nos enseña cuál es el «orden humano» a «orden del
microcosmos», el «orden del cuerpo».
He aquí
los tres grandes órdenes de la «adecuación», es decir, de la «verdad». Y
como la verdad humana es trasunto de la divina, y, por tanto, tiene las
características de inmutable, necesaria y eterna, la Universidad medieval
hizo de la «adecuación» una «norma» y de la «verdad» así entendida una
«obligación». La Universidad fue, por esto, una institución profundamente
«normativizadora» de las conductas, que, con un criterio a la postre
teológico definía lo «normal», la «norma», frente a todo tipo de
desviaciones. Esto le concedía, obviamente, un tremendo «poder», al
servicio, como es natural, de la instancia normativizadora de mayor rango,
la Iglesia. La Universidad fue la gran instancia de adecuación de la
sociedad bajomedieval a un orden teológico.
Podemos
comprobar todo esto en la Universidad de París, la cual organizó desde el
inicio las cuatro grandes ramas en las cuatro facultades tradicionales:
Artes, Teología, Derecho y Medicina; a ellas se unió, como derivación de
la primera, la de Filosofía. Por la primera, Artes, debían pasar todos los
alumnos como propedéutico o estudios generales, antes de cursar estudios
en las demás carreras. Por esta razón, era la más numerosa y con población
más joven, dotándola de algunos privilegios como el de que el rector debía
ser elegido de entre sus profesores. París, gracias al brillo de los
teólogos santo Tomás de Aquino y san Buenaventura, gozará en Teología del
mayor predicamento.
Bolonia
tiene de peculiar que su origen vino determinado por la unión y el talante
democrático de alumnos y por el prestigio de sus facultades de Derecho
(Civil y Canónico). La de Montepellier destaca en Medicina, la de
Salamanca en Leyes. Al hilo magisterial se fueron creando los hospitia o
residencias de estudiantes en los que convivían con profesores. Fueron
promovidos por entidades privadas (mecenas, órdenes religiosas...) para
facilitar los estudios a los alumnos con bajos recursos. Estos centros,
además de prestar alojamiento y comida, se convirtieron en el complemento
ideal de la Universidad con numerosas actividades académicas y sociales.
La Universidad de París recibió el nombre de Sorbona a causa de uno de
estos centros fundado por Roberto Sorbon en 1257.A finales del siglo XIII
se habían creado ya 14 universidades. En el S. XIV se suman 19 más).
La
primera universidad española fue la de Palencia de 1212. Su brillo duró
poco en beneficio de Salamanca. Sabemos que en 1243 existe y que en 1255
el Papa Alejandro IV le concedió todos los derechos y prerrogativas de
Studium generale. Es la Universidad en pleno apogeo, desde sus
constituciones de 1422, sus estatutos de 1538 y sus reformas a lo largo
del XVI y XVII, legislación recopilada en 1625, que permanece en lo
esencial hasta las reformas del XIX. En toda la estructura y normativa de
la Universidad salmantina anima una actitud pedagógica constante. El
propósito de la Universidad no era tan sólo instruir o enriquecer la
inteligencia, sino “criar”, educar, formar la voluntad, aprender la virtud
y buenas costumbres y composición. Es el eco salamantino de las Partidas,
que los escolares “finquen asosegados en sus posadas et puñen de estudiar
et de aprender et de facer vida honesta y buena, ca los estudios para eso
fueron establecidos” (partida II, tít.XXXI, ley XVII).
Siguiendo a los modelos alemán (comunidad investigadora), USA (motor de
progreso), inglés (excelencia académica), francés (cultivo de la razón),
ruso (pragmática) la Universidad se avizora como la protagonista de la
formación integral en tiempos de cambios. Si quiere ser fiel a su
primitiva esencia, debe buscar ser una comunidad académica y científica en
comunión con la Verdad (si es Católica, en comunión con la Doctrina,
Magisterio y Moral de la Iglesia Católica), que promueve la formación
universitaria de los jóvenes con el objetivo de formar profesionales
responsables y hombres libres, preparados para afrontar el reto de
responder a los problemas y exigencias de la realidad. De esta manera
contribuyen a preservar, desarrollar y difundir una cultura integral,
cristiana y científica.
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