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[ FIRMAS ] RODRIGO GUERRA

La persona al centro: Derechos humanos, organizaciones y responsabilidad social

Dr. Rodrigo Guerra López
 

Uno de los lugares comunes del pensamiento político y empresarial contemporáneo es precisamente colocar a la persona humana en el centro de todo dinamismo y preocupación. Ya sea para afirmar que las acciones gubernamentales se realizan por el beneficio de todos, ya sea para sostener que el recurso más importante de una organización es el ser humano, el tema del valor que posee la persona aparece recurrentemente. Sin embargo, la vuelta a la persona no siempre está acompañada de un regreso igualmente entusiasta por la vigencia y promoción de los derechos humanos. El tema de los derechos humanos resulta en ocasiones incómodo debido a que con singular fuerza coloca las exigencias básicas de la justicia en la mesa de discusión. A continuación trataremos de presentar algunas razones por las que pensamos que un auténtico enfoque centrado en la persona exige que todos ingresemos a un nuevo compromiso a favor de los derechos humanos.

1. Una época paradójica

La conciencia sobre la importancia que posee la dignidad humana es connatural a nuestra especie. Si bien es cierto que en ocasiones las maneras de expresar esta conciencia pueden ser rudimentarias o imprecisas es un hecho que todo ser humano descubre en la relación con los demás que posee ciertas libertades y posesiones originarias que han de ser respetadas y afirmadas siempre. Baste mirar con atención el fenómeno de la indignación para percatarnos que existen experiencias concretas a través de las cuales no nos puede caber la menor duda que el ser humano merece ser respetado en su ser y en sus capacidades. Estas experiencias revelan no solo que el hombre y la mujer somos seres racionales y libres sino que además muestran que poseemos un valor altísimo que designamos con el nombre de dignidad. La dignidad impone una obligación, un deber que al ser reconocido por la razón se convierte en norma fundamental de acción.

No podemos negar que ha sido un avance importante en la historia de la humanidad que este tipo de convicciones hayan permitido lograr un acuerdo fundamental entre la gran mayoría de las naciones de la tierra denominado Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, “la nuestra es, sin duda, la época en que más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes”. La paradoja de nuestro tiempo consiste, pues, en haber ampliado nuestra conciencia sobre la dignidad inalienable de la persona y no haber correspondido en los hechos a este redescubrimiento.

2. No basta la ley, no basta el consenso

Durante buena parte del siglo XX gracias a las obras de diversos autores, entre los que destacó Hans Kelsen, una gran cantidad de personas creyeron que el derecho y la justicia eran reducibles a la ley positiva promulgada e impuesta por la autoridad pública. Un gobernante bajo el paradigma iuspositivista se encontraba en una posición particularmente privilegiada al momento de exigir el cumplimiento de la ley: en la vida pública no hay otra moral, no hay otro principio vigente más que la ley positiva. Sin embargo, los horrores de la II guerra mundial reinsertaron la pregunta fundamental que todo legislador y juez se hace día con día: ¿acaso no es posible pensar al derecho como derecho justo? El derecho ha legitimado los peores crímenes ¿acaso no es necesario buscar nuevamente el derecho que debe-ser?

No es difícil descubrir que cuando la ley positiva no reconoce otro parámetro más que a ella misma lo legal puede devenir en injusto. Así es como en la segunda mitad del siglo veinte aparecen nuevos intentos para tratar de revitalizar los fundamentos del Derecho y para tratar de justificar con mayor fuerza los mismísimos derechos humanos. Sin embargo, más pronto que tarde, un nuevo problema apareció en la discusión: ¿será posible encontrar un fundamento para los derechos humanos o sólo será posible lograr un acuerdo práctico sobre ellos? Esta pregunta es resuelta de un modo consensualista por Norberto Bobbio El famoso filósofo italiano dirá que el único fundamento posible de los derechos humanos es el que brota del consenso. Esta es una posición sumamente seductora ya que en la sociedad contemporánea la vida democrática y la discusión plural de las ideas se presta para buscar el consenso antes que la violencia al momento de contrastar posiciones y dirimir diferendos. Sin embargo, la idealización del consenso fácilmente vuelve a recaer en las contradicciones del iuspositivismo recién abandonado. Dicho brevemente: las personas podemos ponernos de acuerdo en cosas benéficas para todos o en cosas particularmente perversas lo cual muestra que el consenso no basta para asegurar la justicia de los acuerdos.

Así podemos mirar que ambos elementos - la vigencia de la ley positiva y el consenso como mecanismo para lograr acuerdos - son condiciones necesarias pero no suficientes para la vigencia de los derechos humanos. Los derechos humanos no se fundan en la ley positiva o en el acuerdo de las partes sino que precisamente la ley y el acuerdo son justos si se basan en los derechos humanos. Los derechos humanos, a su vez, no tienen otro fundamento que la dignidad inalienable de la persona humana. La dignidad humana no es una abstracción, una utopía o un proyecto. La dignidad humana es un dato encontrable en la experiencia concreta que todos tenemos de nuestra propia humanidad y de la humanidad de los demás La común humanidad nos hermana y nos permite afirmar que existe una ley anterior a toda ley positiva que brota de la condición personal. Esta ley natural no es una fantasía, no es un constructo arbitrario sino que es una exigencia objetiva que busca salvaguardar a la persona de cualquier instrumentalización o cosificación: “El derecho natural da al legislador normas particulares que hay que perfeccionar constantemente. No pretende ser un código de comportamiento social eterno y desligado de cualquier tipo de relación con la historia. Pero exige que, en los diversos terrenos de la existencia, la dignidad humana esté asegurada. Más bien que ejercer un control sobre el derecho positivo, el derecho natural tiende a expresarse concretamente en él y a vivificarlo. Por eso sigue siendo siempre válido cuando las más vergonzosas violaciones hieren al hombre...” De este modo, los derechos humanos, son derechos naturales que posibilitan que lo legal sea además de legal, legítimo, es decir, justo.

3. Los derechos humanos y el bien de las organizaciones

Las instituciones políticas, el sector productivo, los organismos civiles, las iglesias y en general toda comunidad humana exigen continuamente el bien que les es propio de acuerdo a su naturaleza. Es natural que las organizaciones de cualquier tipo persigan su bien específico, es decir, su realización, su perfeccionamiento. Cada organización posee una finalidad diversa, un “giro”, que la distingue y la coloca en un nicho social particular. Sin embargo, el bien específico de un grupo humano para que sin violentar su particularidad sirva auténticamente a las personas involucradas en él, requiere haber asegurado los mínimos de justicia que permiten que al menos estas sean tratadas precisamente como personas. Los mínimos de justicia no son todo el bien de un grupo pero son la base para que todo otro bien sirva realmente a las personas. Cuando un bien se obtiene pero no descansa en la justicia - sino en su ausencia - tiende a alienar a las personas. Las condiciones esenciales de justicia al momento de trabajar, de producir, de servir o de gobernar permiten que los bienes que exceden lo estrictamente justo se articulen e integren en función de la dignidad humana. Donde no impera la justicia, el bien común no se da porque de hecho “el bien común consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de la persona humana”.

Esta idea nos parece importante debido a que en algunos lugares y ambientes sensibles a la dignidad humana se realizan actualmente esfuerzos por humanizar las actividades y las relaciones a través de propuestas de valores, códigos de ética, decálogos organizacionales, etc. Estos esfuerzos son muy encomiables. Sin embargo, suponen el que los derechos humanos hayan sido asegurados de manera real. Cuando en un código de ética interno a una organización se plasman compromisos a favor de la verdad, la honestidad, la calidad y la primacía de las personas por encima de las cosas, es preciso verificar con antelación si la agenda básica de los derechos humanos ha sido también cumplida. La responsabilidad social de una organización pasa por los derechos humanos. Por ejemplo, sería una grave farsa afirmar un decidido enfoque de servicio a las personas e ignorar parcial o totalmente los derechos laborales que los trabajadores de una institución pública o privada poseen.

4. Nuevos desafíos para los derechos humanos

Los derechos humanos han recorrido una historia peculiar en los últimos siglos. Existen tres generaciones básicas que es preciso tomar en cuenta. La primera generación de los derechos humanos se caracterizó por reivindicar los derechos civiles y políticos de las personas. Estos derechos fueron expresados formalmente en el constitucionalismo liberal. En buena medida estos derechos son “libertades” que poseemos y que el Estado no debe de impedir, es decir, implican un deber de abstención por parte del Estado. Aquí se encuentran la libertad de pensamiento, de expresión, de asociación, etc.

La segunda generación de los derechos humanos versa sobre derechos económicos, sociales y culturales. Son reconocidos principalmente en la tradición del constitucionalismo social. Estos derechos son exigibles al Estado y nunca se realizan de manera perfecta aún cuando su aspiración sea irrenunciable. En este grupo se hayan el derecho al trabajo, a la educación, a la vivienda, a la salud, etc.

La tercera generación de los derechos humanos se suele calificar como la generación de los derechos de la solidaridad. Estos derechos sólo son realizables con el concurso de todos: individuos, estados, organismos públicos y privados. Nos referimos al derecho al medio ambiente sano, el derecho a la paz, al desarrollo, a la autodeterminación del individuo y de los pueblos, el derecho de propiedad sobre el patrimonio común de la humanidad, etc.

Estas tres generaciones nos permiten atisbar que las diversas épocas colocan el acento en ciertos derechos que resultan amenazados por motivos diversos. Teniendo en cuenta esta premisa, es preciso indicar que hasta hace muy poco la caracterización del tiempo que nos encontramos viviendo - finales del siglo XX y comienzos del XXI - era realizada por parte de algunos como el momento en que el socialismo ha sido vencido y el capitalismo triunfante coloca a la humanidad en una situación de fin de la historia. Sin embargo, tanto los actos terroristas del 11 de septiembre del año 2001, como la corrupción interna de grandes gobiernos y emporios empresariales, la irrupción del fundamentalismo (religioso, étnico, cultural...), el aumento de la pobreza, la impagable deuda externa de muchos países, el pragmatismo rampante y el desencanto postmoderno ante la razón, nos ofrecen nuevas coordenadas para trazar otra parte del mapa de la época emergente.

En este nuevo momento, la afirmación simultánea y valiente de los derechos humanos en sus tres generaciones parece surgir como necesidad por parte de todos. Las omisiones y retrasos en este tema no solo pueden resultar inmorales sino gravemente trascendentes aún desde una óptica puramente práctica. La estabilidad de las democracias y del mercado no se consiguen con declaraciones retóricas y poses convencionales. Para que el Estado y el mercado operen y no se suiciden requieren reconocer activamente sus límites precisos. En parte, estos límites, están constituidos por los derechos humanos, es decir, por parámetros ético-jurídicos que permiten que los procesos sociales no se desfonden. Vale la pena insistir: trabajar activamente en este terreno es tarea de todos. ¡En esto consiste colocar a la persona en el centro! Los más vulnerables y marginados en nuestra sociedad con su presencia y su rostro nos han de recordar a cada paso que debemos luchar continuamente a favor de una vida digna para todos.
 

 
 

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