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FIRMAS ]
RODRIGO GUERRA
El ser personal (esse personae): Elementos para
volver al ser personal y para reconsiderar el estatuto de la filosofía
primera
Dr. Rodrigo Guerra López
Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos
14 de
noviembre de 2002
Introducción
El
descubrimiento del acto de ser (esse, esse ut actus) como acto intensivo,
participado y emergente que constituye al ente a modo de perfección
radical, por parte de Santo Tomás de Aquino, ha permitido que su filosofía
pueda ser calificada de original y de irreductible al pensamiento de
filósofos en los que ciertamente se inspira pero en los que no puede
explicarse ni resolverse (por ejemplo, Aristóteles).
En época
reciente algunos filósofos siguiendo directa o indirectamente algunas
intuiciones de Karol Wojtyla han comenzado a calificar el acto de ser de
la persona como acto de ser personal. Esto plantea algunas preguntas: ¿Es
posible calificar al acto de ser de algún modo? ¿En qué se distingue un
acto de ser personal de un acto de ser no-personal? ¿Cuál podría ser el
fundamento para poder afirmar la especificidad del ser personal?
En la
exposición que realizaremos revisaremos brevemente las argumentaciones de
algunos autores que han abordado aspectos diversos de este tema (Carlos
Cardona, Tomás Melendo, Fernando Haya) y someteremos a discusión nuestra
propia hipótesis que sigue en buena medida los aportes de Karol Wojtyla
sobre lo distintivo del ser personal y la posibilidad de encontrar un
nuevo sentido del ser y un nuevo sentido de la metafísica en torno a la
realidad del hombre como persona. En el presente ensayo no pretendemos
realizar un esfuerzo hermenéutico del contenido y/o del método filosófico
de Wojtyla . Lo que buscamos en esta ocasión es indagar algunas pistas que
nos permitan aproximarnos a un nuevo sentido del ser que nos parece surge
de una consideración atenta de las obras filosóficas de este autor polaco.
1. El
descubrimiento del acto de ser (esse ut actus)
No es
del todo claro si Aristóteles descubrió explícitamente el acto de ser (esse,
esse ut actus, actus essendi). Ciertamente un texto que parece indicarlo
se encuentra en los Analíticos Posteriores . En él, Aristóteles se
pregunta ¿cómo se demostrará lo que es el hombre? A lo que responde que
hay entonces necesidad de averiguar que es. Pues, si algo no es, es
imposible descubrir lo que es. Ahora bien, si se demuestra lo que es la
cosa y que es ¿cómo es posible hacerlo mediante una sola enunciación?
Tanto la definición como la demostración pueden enseñar una sola cosa,
pero lo que es el hombre y que el hombre es, son dos cosas enteramente
diferentes. El ser jamás es la esencia de algo porque el ser jamás es
género. Esta importante explicación provista por Aristóteles, sin embargo,
no constituye el núcleo de su metafísica integralmente considerada. El
hecho es que a lo largo de su obra prevalece la consideración de la forma
como acto primero que constituye junto con la materia el sínolo
sustancial. La sustancia será considerada primera respecto de otros modos
de ser en todos los sentidos en los que se dice que algo es primero debido
a que sólo ella es por sí . La pregunta “¿qué es el ente?” será
equivalente a “¿qué es la sustancia?”. De este modo Aristóteles dirá que
“nosotros tenemos que estudiar sobre todo y en primer lugar y, por decirlo
así, exclusivamente, qué es el Ente así entendido” . Esta consideración
conducirá a que uno de los sentidos de la noción de filosofía primera
justamente sea el ser ciencia de la sustancia, ousiología .
Tendremos que esperar hasta Tomás de Aquino para que un nuevo sentido del
ser aparezca al afirmarse éste como actus essendi. La originalidad del
Aquinate consiste en situar que el fundamento de todo lo real se encuentra
más allá de la división del ente en categorías, más allá de la forma como
acto y más acá de la existencia como esse actu. El acto de ser se refiere
a un acto del que toda realidad recibe su última perfección y al que toda
otra acepción sobre el ser se refiere como la primera y principal. Más
aún, “el ser es distinto esencialmente de aquello a lo que se agrega para
estar determinado” . La forma determina a los entes a ser un ente tal
porque la forma es un acto primero pero no último. El acto de ser, por el
contrario, es acto último del ente y como tal no determina al ente a ser
tal, sino que lo determina a ser simpliciter. El ser es acto, no
determinación. El ser es “la actualidad de todos los actos (...) y la
perfección de todas las perfecciones.”
Es muy
conocida la expresión de Etienne Gilson en la que afirma de manera
resumida la originalidad de Tomás de Aquino:
“Santo
Tomás no lleva a cabo una simple extensión lógica de la noción de acto a
la de ser. Su metafísica del ser no es una <<actología>>; al contrario,
Santo Tomás engloba la noción de acto bajo la de ser (...) Aquí, como en
todo el resto, la doctrina de Aristóteles recibe un renovado sentido y
alcanza una nueva profundidad; el tomismo no es una doctrina de la
primacía del acto sino porque es, antes, una doctrina de la primacía del
ser” .
Sin
embargo, en la comprensión de la originalidad del Angélico Doctor es
posible ir más allá de Gilson. Para Tomás de Aquino, la diversidad de
perfecciones que se encuentran en la estructura del ente reclama una
perfección primera y absoluta por cuya participación se digan perfecciones
todas las demás. Todas las perfecciones formales se reducen al ser y las
perfecciones trascendentales se convierten con el ser. Sin embargo, el ser
como acto al encontrarse de manera común en los entes, tiene que ser
causado por una única causa. Pues no pueden convenir en ese unum los entes
por sí mismos ya que cada uno, en cuanto es sí mismo, se distingue de los
otros, y las causas diversas producen efectos diversos . Lo que es per
alterum se reduce como a su causa a lo que es per se. Todo ente habens
esse, posee el ser, sin ser el Ser, y, en consecuencia es per alterum. Por
esto los entes se reducen como a su causa a quien es su ser, es decir a
Dios, el único que es per se. Este razonamiento tomista nos permite
descubrir por qué el Aquinate afirmará el principio de perfectio separata
o exigencia de un acto separado que explique el ser participado. En este
sentido el pensamiento de Platón queda asumido y superado ya que el ser de
los entes no se puede entender más que como derivado de la perfección
separada que es el Ipse Esse Subsistens . De esta manera, podemos decir
con Cornelio Fabro que “la noción tomista de participación, entendida en
su contenido auténtico, es aquella por la cual el tomismo más netamente se
diferencia de cualquier otra síntesis especulativa” . El ente, como sínolo
de esencia y acto de ser intensivo y participado, es “el semantema de lo
real kat exojén”.
2. El
constitutivo real de la persona
La
filosofía del ser como acto de Tomás de Aquino tiene una feliz expresión
en su metafísica de la persona. Gracias a que los constitutivos del ente
sustancial son el ser como acto y la esencia, la persona no es una esencia
sustancial individual sino el individuo sustancial de naturaleza racional.
De ahí que el constitutivo que hace a la persona ser persona no sea una
ordenación transcendental a ser, un término último y puro intermedio entre
la esencia y la existencia, o alguna otra característica como la razón,
sino precisamente el acto de ser ya que “el ser pertenece a la misma
constitución de la persona” . Este constitutivo es propiamente ontológico
o real y sólo de una manera impropia puede ser calificado de formal ya que
se encuentra en la línea del acto último y supremo de todas las cosas .
Cuando
Tomás de Aquino, siguiendo a Boecio, sostiene que la persona es una
sustancia individual de naturaleza racional , quiere decir que es un ente
sustancial, es decir, un ente que es por sí, separado de otros, gracias a
su ser propio. Es además un ente concreto singular, es decir, un ser
indistinto en sí mismo y distinto de toda otra cosa, un ser individual .
En tercer lugar, la persona es una totalidad completa independiente,
terminada gracias al acto de ser. Esta total independencia es denominada
por los medievales incomunicabilidad ya que la sustancia individual no
comunica su ser como lo hacen los accidentes respecto de la sustancia, los
universales a lo singular, las partes sustanciales respecto al todo
sustancial, las sustancias incompletas respecto del compuesto sustancial,
la sustancia singular respecto a lo que es común o indistinto, o la
comunicabilidad de la sustancia individual completa asumida por una
persona superior.
Con esto
dicho, parece que no difieren el suppositum y la persona. Sin embargo,
para Tomás de Aquino, si bien toda persona es suppositum no todo
suppositum es persona ya que persona es susbsistir en naturaleza racional
y este tipo de susbsistencia es magnae dignitatis. Nótese que lo que
distingue, entonces, a la persona de un suppositum no personal en Tomás de
Aquino, no es una suerte de diferencia específica – la naturaleza racional
– sino el que su tipo de subsistir en el ser le hace ser racional. De esta
manera, se indica, pues, que la participación intensiva del acto de ser en
la persona la constituye como tal, haciendo emerger sus capacidades
propiamente espirituales. Cuando el Aquinate afirma que la persona posee
una mayor perfección o dignidad que los demás no es porque le advenga una
determinación esencial sino porque su acto de ser está menos limitado que
los otros. De hecho el propio Tomás de Aquino llega a afirmar por esto que
la persona es perfectissimum in tota natura, lo más perfecto en toda la
naturaleza .
3.
Carlos Cardona y Tomás Melendo: aportes para una progresión especulativa
del tomismo
Cornelio
Fabro fue un agudo crítico de los tomismos de escuela. A diferencia de una
gran cantidad de seguidores de Tomás de Aquino enseñó a sus discípulos a
diferenciar entre la repetición literal de las fórmulas tomistas y la
comprensión que permite el desarrollo especulativo del tomismo. El tomismo
esencial es precisamente para Fabro aquel que recupera la capacidad de
repensar la realidad aprendiendo del Angélico Doctor. Carlos Cardona,
discípulo de Fabro, al inicio de una de sus obras más importantes, comenta
precisamente en esta línea que renuncia a erigirse en exegeta autorizado
del Doctor Universal ya que lo único realmente importante es “cómo está la
verdad de las cosas” .
Esta
actitud, que revindica a la filosofía como filosofía y no como mera
repetición de un canon de ortodoxia filosófica le permite a Cardona
nombrar al capítulo III de su Metafísica del bien y del mal: “El acto
personal de ser”. El contenido de este capítulo no hace sino rearticular
la metafísica tomista de la persona de una manera tal que la expresión
kierkegaardiana “ser alguien delante de Dios y para siempre” adquiera
pleno sentido. En efecto, para Cardona el hombre es hombre porque posee
naturaleza humana, el hombre es este hombre porque su naturaleza está
individuada en cuanto la forma sustancial informa una materia
cuantitativamente determinada y así distinta, “pero en definitiva este
hombre es porque tiene efectivamente acto de ser, por el que esta
naturaleza humana subsiste realmente y es sujeto de su vida y de sus
actos” . A la persona le pertenece el ser como acto suyo. Y es el ser
“acto suyo, en cuanto directa y amorosamente otorgado por Dios .” Así es
como podemos descubrir que ser persona es algo muy superior a un simple
individuo que se encuentra al servicio de la especie. Cardona cita a
Kierkegaard quien dice:
“Tienen
razón los pájaros cuando atacan a picotazos, hasta la sangre, al pájaro
que no es como los otros, porque aquí la especie es superior a los
individuos singulares. Los pájaros son todos pájaros, ni más ni menos. En
cambio, el destino de los hombres no es ser <<como los otros>>, sino tener
cada uno su propia particularidad” .
Más
adelante, Cardona volverá a anotar otra expresión de Kierkegaard
particularmente elocuente:
“Cuantas
veces he escrito que Hegel, como el paganismo, en el fondo hace de los
hombres un género animal dotado de razón. Porque en un género animal vale
siempre el principio: el singular es inferior al género. El género humano,
por el contrario, tiene la característica, precisamente porque cada
Singular es creado a imagen de Dios, de que el Singular es más alto que el
género. ”
De esta
manera, Cardona coloca a la persona como un alguien concreto
insubordinable a la especie, y capaz ontológicamente de estar en relación
a Dios. “La relación a Dios de cada persona humana le es dada directamente
por Dios con el acto de ser único e irrepetible que le hace ser” . La
persona “no es una criatura contingente, sino necesaria, aunque se trate
de una necesidad ab alio, recibida de otro y no derivada de su esencia,
sino de su acto de ser, que la forma subsistente no puede ya perder. Es la
propiedad privada de su acto de ser lo que constituye propiamente a la
persona, y la diferencia de cualquier otra parte del universo” .
Las
expresiones y citas utilizadas por Cardona son sumamente sugestivas. Sin
embargo, a lo largo de su exposición, el filósofo español no menciona la
expresión “acto personal de ser” sino hasta las últimas líneas del
capítulo al que hemos hecho referencia. En esta página final sostiene: “La
persona se entiende a sí misma como término real y directo de la libre
acción creadora divina, se ve como objeto de amor personal divino.
Comprende que Dios le ama personalmente: Dios, al darle personalmente el
ser, le llama con amor, y con amor debe corresponder” . “La persona debe
actuar según su ser. Si su ser personal viene dado por ese acto de ser,
amorosamente puesto en relación personal a Dios, su obrar libre tiene que
consistir, para ser bueno, en un acto de amorosa relación personal con
Dios .” De esta manera pareciera indicarse que el acto de ser personal es
el acto de ser participado con amor y que pide que en el obrar el amor lo
exprese.
Tomás
Melendo, discípulo de Carlos Cardona, también intitula “El acto personal
de ser” al capítulo V de su obra Metafísica de lo concreto . En este
capítulo, si bien coincide fundamentalmente con la doctrina de su maestro,
utiliza el enfoque metodológico de Carlo Caffarra que a su vez se remonta
a la teoría de la persona en acción de Karol Wojtyla: “una de las vías más
simples para llegar a la intuición del ser-personal es la reflexión sobre
el acto libre” . Melendo acompaña la cita de Caffarra con otra de Joseph
Rassam: “pertenece a la persona el obrar por sí, porque primero le
pertenece el ser por sí” . Finalmente, las premisas de su argumentación
parecen terminar de enunciarse cuando casi a renglón seguido coloca una
conocida cita de Tomás de Aquino: “En tanto pertenece necesariamente la
personalidad a la dignidad y a la perfección de alguna realidad, en cuanto
corresponde a la dignidad y a la perfección de ésta el que exista por sí (quod
per se existat): lo cual es entendido en el nombre de persona” .
Estas
ideas le permiten a Melendo sostener que “la eximia perfección de la
persona deriva, al cabo, de la peculiar grandeza del ser que la
constituye; y esa solera queda expresada en la fórmula consectaria, que
afirma que la persona existe o subsiste por sí” . Más adelante precisará
que es la subsistencia del alma la que permite acoger en sí el acto de ser
de una manera única. Por ello, Melendo lo que realmente sostiene es que la
perseidad del suppositum humano no es la que funda específicamente la
peculiar grandeza del acto de ser de la persona ya que él mismo en otras
partes reconoce que este atributo es propio de todo suppositum, incluidos
los de orden no-personal , sino que el indicador de la peculiar grandeza
de la persona es la subsistencia del alma espiritual. Sin embargo, con
ello, entonces queda todavía la interrogación respecto de qué es lo propio
del acto de ser personal.
El no
clarificar con suficiente precisión la constitución del acto de ser
personal nos parece que conduce a Melendo en los últimos renglones del
libro a decir una gran verdad – siguiendo a Tomás de Aquino - pero
insuficientemente articulada respecto del resto de su exposición: A las
personas “Dios las quiere en sí y por sí (...) ese decreto primigenio, y
en estricta coherencia con él, les confiere un acto de ser nobilísimo
gracias al cual subsisten en sí y por sí” . Esta afirmación es sumamente
relevante. De hecho, en nuestra opinión revela lo propio del acto de ser
personal. Sin embargo, aún cuando Melendo la utiliza parece no percibir
que aquí es donde la perseidad del acto de ser personal se distingue de la
perseidad del acto de ser no-personal. Nos atrevemos a sostener no sin
temor que la articulación de estos asertos de Melendo es insuficiente
debido a que no queda del todo claro cómo es posible afirmar que Dios
posee esta intención al crear a las personas humanas. Se declara algo que
consideramos verdadero, pero no se explicita la vía para que podamos quoad
nos estar ciertos de ello .
4. El
ser como dar en Fernando Haya
En
nuestra opinión, lo aportado hasta aquí nos coloca en el umbral del ser
personal en cuanto tal y de una reconsideración global de la metafísica.
Fernando Haya se ha aproximado a este umbral en su libro El ser personal.
Esta obra capta de manera singular lo irreductible de la persona
calificándolo de cotrascendental , señala al ser personal como diferencia
, más aún, afirma textualmente que “la creación de la persona, a
diferencia de la del mundo, es personal” y “lo personal es precisamente lo
no intercambiable, lo que no es en función-de” , reconoce que lo peculiar
de la persona para la persona es la “intimidad” , etc. Sin embargo, parece
detenerse en un momento aún anterior al de Melendo cuando no precisa qué
es lo peculiar del acto de ser personal. En Melendo las insinuaciones son
abundantes. Haya, por el contrario, tiene una inquietud inmensa por
dinamizar una noción tal vez muy estática – en su opinión - del ser. Este
autor muestra la continuidad entitativa y dinámica del acto de ser – que
él califica como acto primero – con los actos segundos. Por ello, llegará
a afirmar con un lenguaje a nuestro parecer demasiado absoluto e impropio
que “el ser del hombre no está ya dado” porque “el ser de la persona (...)
tiene más que ver con el dar que con lo dado”. “El hombre no es algo ya
constituido (...) La persona no está, propiamente, dada; se da” . Con esto
dicho, el ser personal no es “tanto un ser dado (lo dado es la esencia de
la criatura), cuanto el correlato trascendental del dar divino” . Con
estas expresiones parece querer afirmar que el acto de ser se encuentra
participado y continuado en el obrar libre al grado que el acto de ser es
ya libertad radical . Todas estas apreciaciones requieren un cierto ajuste
y matiz para poder manifestar que todo dinamismo en la persona se
encuentra endeudado y fundado intrínsecamente por el acto de ser que es un
don. Más aún, estas apreciaciones requieren - como él mismo lo indica -
“tematizar adecuadamente la realidad diferencial en la que estriba ser
persona” .
5. La
acción revela a la persona: una propuesta siguiendo a Karol Wojtyla
Desde
nuestro punto de vista la consideración objetiva del ser humano lo muestra
como un alguien de manera inicial. La máxima objetividad no es la que
simplifica a toda realidad bajo la condición de objeto sino la que
reconoce que el mundo se encuentra constituido en parte importante por
sujetos, es decir, por realidades que al ser consideradas en su darse
objetivo, se muestran precisamente como subjetividad . No todo objeto es
sujeto, pero toda subjetividad se ofrece como objeto con una evidencia
especial, con un darse irreductible a cualquier otro darse. Más aún,
cuando se privilegia una consideración objetivista que no reconoce la
especificidad de la condición subjetiva, se violenta la experiencia
anulando su dimensión personal . El afirmar esto no debería causar
sorpresa alguna. Desde el medioevo la consideración objetiva de la
realidad parecía en muchos aspectos suprimir o al menos acallar en cierto
grado la consideración sobre la subjetividad. Es un hecho que tanto en
aquella época como en la nuestra, la filosofía tomista convencional no ha
desarrollado una filosofía radical sobre la subjetividad . Las excepciones
a este aserto son precisamente excepciones .
La
experiencia que el hombre posee del mundo se encuentra acompañada
atemática e inobjetivamente de la experiencia de sí mismo. Esto es verdad
aún desde el momento originario en el que el ser humano se abre a la
realidad. Lo primero conocido (primum cognitum), el darme cuenta que algo
es, acontece simultáneamente con el darme cuenta que yo soy. La
concomitancia de ambos datos no es casualidad. Existe un vínculo necesario
de la copresencia de lo propio para la objetivación de lo ajeno . Cuando
conozco algo (objetivamente), conozco que conozco y conozco que soy (inobjetivamente,
consectariamente) . Al ser objetivada, la experiencia humana fundamental
muestra de inicio que existe una distinción originaria que separa a las
personas respecto de las cosas . Miremos esto con un poco de mayor
detenimiento: el ser humano sabe de sí y este saber originario
concomitante al saber del mundo nos permite descubrir que la persona como
sujeto se distingue de los entes no-personales por una interioridad
específica. Esta interioridad al menos parcialmente se constituye por la
experiencia permanente de poseerse en propiedad. Esto quiere decir que la
experiencia que el hombre tiene de sí, no sólo es la experiencia sobre su
ser (que se percibe suyo) sino también sobre su actuar (que también se
percibe suyo). Por ello, podemos decir que una dimensión constitutiva de
la experiencia del hombre es la suidad: el ser en propiedad y el actuar
con dominio de su acto. Esta perfección del ser y del obrar humanos hacen
a la persona verdadera dueña de sí, hacen que la persona pueda tener la
experiencia indubitable de ser un alguien y no simplemente un algo .
La
interioridad manifestada en la experiencia del hombre muestra no sólo que
la persona es única e irrepetible ya que esto puede ser dicho de cualquier
otro ente si se observa con detenimiento. La interioridad muestra
particularmente que la persona es intransferible. Una piedra o un animal
son únicos e irrepetibles, pero son sustituibles. La riqueza cualitativa
que posee una persona por el mero hecho de ser tal no puede ser sustituida
de ninguna manera, ni siquiera por la de otra persona de características
iguales. Por ello, podemos afirmar que la persona goza de una
incomunicabilidad e inalienabilidad irreductibles a las propias de los
entes no-personales. La persona es sui iuris et ab altero incommunicabilis
de una manera sui géneris, es decir, con género propio. Uno de los modos
más elocuentes para percibir lo dicho es observar que no es posible
sustituirla al momento de actuar . La persona, se diferencia, entonces, de
la totalidad de los entes no-personales que componen el mundo. Esta
diferencia es insuprimible, al grado que la pregunta adecuada sobre el
dato que se me ofrece desde ella misma no puede ser ¿qué soy yo? sino que
aún cuando yo permanezca siendo en buena medida un misterio para mí, la
pregunta más adecuada será siempre ¿quién soy yo?
La
persona no puede ser obviada en su especificidad. El posponer a través de
una intervención metodológica la diferencia inicial entre cosas y personas
violenta la experiencia que ofrece el ser personal al manifestarse con la
evidencia que le es propia. Ahora bien, como ya veníamos diciendo, el modo
de mostración de la persona que hemos señalado no es sólo la presencia
estática del propio ser a sí mismo, sino que es también la presencia del
dominio de mi acto a mí mismo. ¿Qué quiere decir esto? Que la acción
revela a la persona. Conocemos a la persona a través de la acción . La
capacidad de autofinalización de la persona al momento de actuar denota
que el sujeto posee en sí mismo una perfección adecuada y proporcional a
este dinamismo. Por eso podemos decir que “una de las vías más simples
para llegar a la intuición del ser-personal es la reflexión sobre el acto
libre” . Joseph Rassam advertía algo similar cuando decía: “pertenece a la
persona el obrar por sí, porque primero le pertenece el ser por sí” .
Nosotros, siguiendo a Wojtyla, preferimos decir en este momento que la
capacidad de autodeterminación de los fines en la acción propia de la
persona revela a esta como fin en sí misma. O al revés: gracias a que la
persona es fin en sí misma es capaz de autodeterminarse en el actuar
libre. La relación entre autodeterminación en la acción y ser fin en sí
mismo es como la que existe entre lo manifestante y lo manifestado, entre
el efecto y la causa. Un ente que no posea la condición de fin en sí mismo
es imposible que pueda desplegar un dinamismo como la libertad. Por ello,
cuando alguien trata a una persona como medio lastima al otro no solo en
su libertad sino en su “misma esencia”, en su “derecho natural”, como dice
Wojtyla. Más aún:
“Este
principio posee una validez universal. Nadie puede usar a una persona como
medio respecto de un fin, ningún ser humano lo puede hacer, ni siquiera
Dios su Creador” .
De esta
manera, siempre que una persona sea el objeto de nuestra acción hemos de
recordar que no la podemos tratar solo como medio-para-un-fin sino que es
necesario tomar en cuenta que ella misma reclama ser afirmada por sí
misma: persona est affirmanda propter seipsam, propter suam dignitatem!
La
diferenciación inicial entre cosas y personas, entre algo y alguien,
provoca que el saber originario sobre el mundo no verse fundamentalmente
sobre el ser incualificado sino sobre la realidad y su relación con el ser
personal que acontece como un bien que es preciso afirmar en sí. Esta
experiencia, al tornarse objeto de conocimiento a través de la reflexión,
muestra su dimensión normativa, es decir, su contenido axiológico que
obliga a la persona a cumplir un deber en conciencia. La verdad de la
persona, pues, no se limita a afirmar que ella es un bien verdadero, sino
que de ella brota una necesidad moral que constituye un deber reconocible
en la experiencia.
La
experiencia del hombre nos muestra que la condición de fin de la persona
la coloca en una situación peculiar dentro del contexto de los entes
creados. La persona humana es, pero no es el Ser. La persona humana posee
el ser participado, pero al donársele queda constituida como fin. Esto
señala que la persona humana no es un ente contingente del mismo modo como
un ente no-personal lo es. El acto de ser de la persona es una perfección
irreductible, es una perfección pura, que hace ser a la persona lo que es.
Pero este acto implica que el ser per se del suppositum humano sea querido
per se por parte de su Creador. Los entes sustanciales no-personales son
per se, pero son queridos per aliud, por ello su naturaleza es ser
medios-para. Precisamente la participación del acto de ser para constituir
un ente per se querido per se hace que la persona posea el ser de manera
definitiva e irrevocable. Así es como consideramos que es posible afirmar
que el ser personal hace existir a la persona de un modo diverso a como
existen los entes no-personales. Podemos decir, parafraseando un poco a
Levinas, que hay otro modo de ser, más allá del ser-de-las-cosas: el ser
personal, auténtica perfección pura irreductible .
6. Hacia
una reconsideración de la filosofía primera como ciencia de la persona
El
descubrimiento de la noción de acto de ser personal hasta donde he
alcanzado a indagar debe ser atribuido a Karol Wojtyla . A lo largo de sus
obras existen numerosas indicaciones sobre su especificidad. Una de las
más elocuentes se encuentra en Persona e Atto:
“La
persona, el hombre en cuanto persona, es suppositum, es sujeto de la
existencia y de la acción – con la precisión, todavía, que la existencia (esse),
que le es propia, es personal y no sólo individual en el sentido de la
individualización de la naturaleza. En consecuencia también el operari,
con el cual entendemos todo el dinamismo humano, sea el actuar sea aquello
que acaece en él, es personal. La persona se deja identificar como
suppositum aplicando la analogía apropiada: el suppositum <<alguien>>
indica no solo la semejanza sino también la diferencia y la distancia
respecto de todo suppositum <<algo>> .”
El texto
referido es una de las partes más alteradas en la edición de Anna-Teresa
Tymieniecka de la obra cumbre de Wojtyla . Todo su sentido se pierde al
grado que la gran mayoría de los comentadores del pensamiento de Wojtyla
no subrayan su relevancia especulativa e histórica. En nuestra opinión, no
se ha destacado suficientemente la importancia que posee Wojtyla por ser
el primer filósofo que explícitamente habla del ser personal, del esse
personal. Afirmar la especificidad del ser personal coloca a Wojtyla
formalmente en la línea de los filósofos que exploran la posibilidad de
encontrar un nuevo sentido del ser en la persona. Josef Seifert ha
apuntado a este respecto:
“Wojtyla
es uno de esos filósofos contemporáneos que enfatiza que la metafísica en
tanto que estudia el ente en cuanto ente no solo en el sentido más general
y universal sino en el sentido de aquello que posee el ser en el sentido
más auténtico, no puede culminar en la filosofía de la sustancia como tal.
Más bien, un completamente nuevo y más profundo sentido del ente se halla
en la persona. Con otros filósofos y metafísicos contemporáneos él
considera a la metafísica del hombre en cuanto hombre, de la persona como
persona, una tarea decisiva para el metafísico. El ser de la persona como
persona tampoco puede ser simplemente derivado de la noción de sustancia
añadiéndole racional a la sustancia. La diferencia al interior de la
sustancia entre personas y no-personas es más decisiva para la comprensión
del ente que cualquier diferenciación entre las diversas categorías del
ser como tal. Sin ser capaz de desarrollar más esta tesis en este punto,
me gustaría subrayar el hecho de que el trabajo de Wojtyla es una
importante contribución metafísica, y no solo una contribución a la
antropología filosófica ”.
Siguiendo esta indicación nos parece que un nuevo sentido del ser en la
persona se deja ver cuando recuperamos la conciencia del significado
aristotélico de la indagación del ente en cuanto ente. Para Aristóteles,
la filosofía primera como ciencia del ente en cuanto ente puede ser
entendida como:
a)
Ciencia de los primeros principios y las últimas causas de todo:
arqueología y aitiología.
b)
Ciencia de las diferentes maneras de predicar el ser: categoriología.
c)
Ciencia del ser en sentido absolutamente perfecto y supremo: teología
natural.
d)
Ciencia del ser en su sentido más propio: ousiología.
Estos
cuatro sentidos de la filosofía primera, en nuestra opinión, adquieren un
significado nuevo cuando descubrimos que el ente en su sentido más propio
no es la sustancia sino la persona. ¿Qué queremos decir con esto? .
Para
Aristóteles, como ya hemos dicho, las sustancias son seres en sí que no
inhieren en otra cosa sino que constituyen un cierto dato último de la
realidad. Sin embargo, una mirada rápida a la naturaleza de la experiencia
del hombre que es presente a sí mismo en todo momento y a la experiencia
del conocer objetivo revela que la persona posee su propio ser en un
sentido incomparablemente superior a aquel que se realiza en la sustancia
no-personal.
En
primer lugar consideremos que no sólo existe una diferencia de grado entre
el modo como el acto de ser personal esta participado en la persona y el
modo como el acto de ser no-personal está participado en el ente
no-personal. La diferencia es más profunda, ¡es el propósito mismo de la
participación libre de Dios la que los distingue de manera radical! El
acto de ser que constituye a la persona humana es un acto de amor
benevolentiae, en otras palabras, el acto de ser personal hace que el ser
humano sea la única criatura amada por sí misma por parte de Dios. Este
dato si bien es cierto que corresponde con la verdad sobre el hombre
anunciada por el Evangelio es también un dato encontrable por medio de la
razón al momento en que procedemos al análisis fenomenológico de la
libertad como factor de revelación de la persona qua persona. La
metafísica del acto de ser encuentra su sentido más elevado, entonces, al
explorar al acto de ser personal.
En
segundo lugar, miremos que precisamente el acto de ser personal es el
responsable de la peculiar causalidad que se suscita en el acto libre.
Esta causalidad que para realizarse requiere de un consentimiento personal
y por lo tanto que no sucede de manera más o menos mecánica o
determinista, nos muestra que la persona es un tipo de ente que permite
explorar nuevos tipos de causalidad y de principiación irreductibles a
aquellos explorados por Aristóteles. En efecto, la autoposesión y la
autoteleología de la persona no sólo hacen posible la historia y la
cultura sino que permiten a la persona llegar a ser moralmente buena, y de
un modo libre, traer a la existencia actos que no existirían si no se
quisiesen.
En
tercer término, la vida cognitiva y moral del ser humano, nos muestran que
los accidentes en general quedan elevados al inherir y estar integrados en
la persona humana. Precisamente, los accidentes se tornan en factor
fundamental para el cumplimiento de la persona en el orden del obrar y
para la realización de su destino último. Aún, un accidente como la
cantidad que al signar la materia colabora a su individualización adquiere
un significado superior al momento en que se realiza en la persona humana.
De hecho, la individuación completa queda explicada de una manera diversa
gracias al tipo de unidad que proporciona el acto de ser personal al
integrum humano. La materia signada por la cantidad es por la forma
sustancial y la forma da el ser por participar de él de manera excelente y
excedente. Así, el acto de ser personal es realmente el fundamento último
de la individuación participando de su dignidad al cuerpo y a sus
características accidentales peculiares. Una investigación metafísica de
las categorías no puede, entonces, no suponer la consideración de ellas en
el contexto del ente personal.
En
cuarto lugar, toda la persona humana al mostrar su ser a través de su
obrar, manifiesta que es imposible concebirla como autofundada sino como
fundada por una libertad suprema y benevolente que revela al sujeto
creador como Persona absoluta e infinita. Dicho de otro modo, la filosofía
primera al considerar a la persona como ente en su sentido más propio
remite a la consideración del Ipse Esse Subsistens como Ipse Amor
Subsistens, como Ser personal imparticipado.
Estos
líneas no agotan el conjunto de fenómenos que podrían elencarse como
reveladores de la persona como ente por excelencia. Sin embargo, son
suficientes para poder decir que es necesario renovar la metafísica a
través de una antropología integral que metodológicamente sea capaz de
detenerse ante lo irreductible del hombre y que a fin de cuentas muestre
el nuevo sentido del ser que confiere la persona . La tendencia a reducir
in aliud genus fenómenos exclusivamente personales ha provocado entre
otras cosas que la consideración del ente en cuanto ente no siempre tome
como punto de partida los casos más arquetípicos de realización del ser,
tal y como los que se pueden encontrar en la persona. Esperamos que
futuras investigaciones puedan colaborar a ampliar las nociones
metafísicas fundamentales con los hallazgos que puedan lograrse a partir
de un atento examen de la persona. Estas reformulaciones, sin negar los
valiosos aportes de los filósofos que han emprendido el camino de pensar
el ser en el pasado, podrán permitirnos – entre otras cosas – apreciar que
la filosofía primera ha de ser entendida principalmente como estudio de la
persona y de la persona llamada al amor, a la comunión como destino. La
persona no es sólo un caso dentro del universo de los entes, sino que es
el ente que mejor permite conocer qué significa ser. |