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[ FIRMAS ] RODRIGO GUERRA

Globalizar la solidaridad: Consideraciones éticas y prácticas sobre algunos aspectos de la nueva complejidad mundial

Dr. Rodrigo Guerra López

Encuentro Internacional G-21
Instituto Nacional de la Juventud
Ciudad de México
8 de noviembre de 2002

Introducción: de la palabra al fenómeno

La palabra “globalización” se ha vuelto un lugar común en una gran cantidad de discursos. En casi cualquier terreno la utilización de este concepto forma parte de las coordenadas fundamentales con las que se busca delimitar el mapa de la realidad en la que vivimos. Lo mismo da si hablamos de economía, de telecomunicaciones, de psicología social o de teorías sobre la democracia. El concepto de “globalización” pareciera haber llegado para quedarse ya que en él se depositan una gran cantidad de filias y fobias que han venido acumulándose en las últimas décadas y que ahora encuentran una noción en la que pueden resumirse y expresarse.

Las palabras son construcciones que emergen y cambian continuamente. Los usos que convencionalmente poseen, el contexto en el que se utilizan, la función que realizan, nos muestran que poseen una naturaleza sumamente flexible. Las palabras parecieran intentar tender puentes ahí donde las personas y las realidades se encuentran y requieren de vinculación.

Sin embargo, si las miramos atentamente, las palabras poseen siempre una pretensión, una suerte de intencionalidad implícita: indicar una realidad a la que intentan hacer referencia. Toda palabra, por trivial o convencional que sea, pretende referir a alguna cosa, a alguna acción, a alguna relación. Las palabras nos invitan a que no nos detengamos en ellas sino que nos dejemos transportar hacia sus significados, hacia sus insinuaciones, hacia lo que dicen y hacia lo que callan u ocultan. El destino al que nos conducen las palabras no siempre es afortunado, no siempre nos gusta, no siempre corresponde a lo que pensamos originalmente al utilizarlas. Por ello, las palabras y las proposiciones que las abrazan, en ocasiones nos brindan sorpresas inesperadas.

Hasta hace no mucho, digamos a principios de la década de los noventas, la palabra “globalización” transportaba a sus usuarios a un escenario sumamente prometedor y optimista, lleno de prosperidad, desarrollo y gente feliz. Había tanta abundancia y vida plena que algunos con lenguajes más o menos solemnes llegaron a afirmar que la humanidad se encontraba en una condición de fin de la historia debido a que la democracia liberal y el mercado libre podían asegurar de algún modo la culminación del proceso histórico. Sin embargo, nuestra generación ha sido testigo de la profunda mutación que este concepto esta experimentado. En la actualidad difícilmente existe algún analista del mundo global que piense que esta noción encierra la clave para la construcción de una civilización con progreso indefinido. Muy por el contrario, aún los más optimistas promotores de la globalización han podido constatar con sus propios ojos que el fenómeno al que se refiere esta palabra es mucho más complejo y multidimensional que lo que jamás habían imaginado. Más aún, que el fenómeno al que refiere esta palabra es disfuncional en muchos de sus ingredientes fundamentales.

En la presente exposición trataremos por ello de acercarnos a la realidad de la globalización para percibir de manera sucinta algunos de sus aspectos constitutivos. Dejamos de lado, como es obvio, cualquier intento de exhaustividad, y declaramos que nuestro esfuerzo no rebasará el orden de lo aproximativo. Una vez realizado esto trataremos de ofrecer una hipótesis sobre un método para atenuar las disfunciones de la actual globalización sin jamás pretender anularlas por completo.

1. Globalización: orígenes y naturaleza

La globalización es un fenómeno dinámico por excelencia. La inmediatez que tenemos respecto de él y la velocidad con la que se transforma son posiblemente un par de razones importantes por las que no es fácil delimitar su naturaleza. Probablemente la globalización sea una de esas realidades - como el tiempo - que si nadie nos pregunta qué es, sabemos lo que es, pero si le queremos explicar a alguien su esencia, tenemos que aceptar que no la conocemos. Más aún, la globalización al parecer juega trampas a la opinión pública ya que nos ha hecho creer que ella uniforma todo cuando ni siquiera ha logrado estabilizar y uniformar mínimamente su significado conceptual.

La fecha en la que da inicio este proceso algunos la sitúan en el siglo XVI al comenzar la expansión del capitalismo y de la modernidad occidental. Otros la colocan a mediados del siglo veinte en el momento en que las comunicaciones y otras tecnologías articulan los mercados a escala mundial para luego florecer ampliamente al agotarse la visión bipolar del mundo con el colapso de la Unión Soviética. Finalmente, algunos pensamos que sus antecedentes culturales se remontan al mundo antiguo y en especial al ethos construido por el cristianismo de ahí que la globalización se interprete como un fenómeno materialmente cristiano que requiere explicitación y corrección en base a su matriz originaria.

Existen quienes complican aún más el debate cuando discuten si debe hablarse de dos procesos diferenciados - la globalización y la mundialización - y francamente se vuelve una realidad sumamente polémica al momento de intentar evaluar si el fenómeno completo puede ser calificado de positivo o de negativo.

Estas discrepancias - como bien ha apuntado Nestor García Canclini - se relacionan con maneras diferentes de definir lo que se comprende por globalización. Quienes le atribuyen un origen más remoto privilegian una interpretación cultural, quienes la asocian con la expansión del capitalismo subrayan el aspecto económico, mientras quienes la consideran un fenómeno más o menos reciente subrayan sus dimensiones políticas, comunicacionales y el impacto de la informática en los modos de vida particulares. Por otra parte, todos coinciden en afirmar que “somos la primera generación que tiene acceso a una era global” de manera real y explícita.

Desde nuestro punto de vista, lo más probable es que la globalización se fue preparando gradualmente en fases diversas que se superponen y que en ocasiones se olvidan, haciéndose posible tal y como hoy la conocemos gracias a muchos fenómenos previos que sostienen a los actuales. Hoy en día cuando pensamos en globalización no podemos dejar de mirar como propios de este escenario el desarrollo de los satélites, de los sistemas de información y comunicación digital, de la manufacturación, el procesamiento y venta de bienes con recursos electrónicos, una amplia red de servicios distribuidos en todo el mundo que conforman el nuevo mercado mundial donde el dinero, los bienes y los mensajes se desterritorializan, las fronteras geográficas se vuelven tenues y la intensificación de movimientos migratorios y turísticos favorecen la adquisición de imaginarios multiculturales y productos simbólicos sin anclajes nacionales específicos.

Así las cosas enunciamos algunas consideraciones que nos parecen importantes:

Las ciencias que investigan la globalización no cuenta con un objeto de estudio claramente delimitado. De hecho, los conocimientos disponibles sobre globalización constituyen un conjunto de narrativas obtenidas mediante aproximaciones parciales, en muchos puntos divergentes. De esta manera la globalización pareciera ser un fenómeno postmoderno donde la multiplicidad de relatos sustituye cualquier intento de gran interpretación omnienglobante y donde el objeto de estudio posee contornos ambiguos, niveles diversos y procesos heterogéneos en el que conviven distintas racionalidades.

La globalización no es un único proceso sino es el resultado de múltiples movimientos, varios de ellos contradictorios, que implican diversas conexiones: global-local, local-local, local-global. Por ello se ha incorporado felizmente el neologismo “glocalización” para designar la interdependencia de lo global en lo local y visceversa. Decimos “felizmente” debido a que las simplificaciones que se han hecho de algunos de los rasgos de la globalización si bien describen aspectos importantes adolecen en ocasiones de una suficiente consciencia de su relatividad e interdependencia. Veáse a este respecto como el libro de Samuel P. Huntington, El choque de las civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, que plantea la centralidad de las luchas culturales y religiosas del presente y del futuro y que consideramos fundamental para la comprensión de la nueva dinámica mundial contrasta en buena medida con el dato empírico de las luchas intra-culturales e intra-religiosas que se desenvuelven en todos los espacios y ambientes del planeta y que dinamizan a las sociedades de una manera al menos igualmente importante.

La globalización no se identifica unívocamente con el llamado neoliberalismo ni con el denominado pensamiento único aunque los incluye en cierto grado. Fijémonos simplemente que el modelo neoliberal de globalización intentó estandarizar un único modelo para los distintos países si no deseaban quedar fuera de la dinámica de la economía mundial. Este proyecto que responde más a la racionalidad instrumental moderna - como aquella que denunciaba Max Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración - si bien opera en la actualidad lo hace disfuncionalmente debido a que coexiste con el surgimiento de diversas oposiciones ciudadanas y populares al neoliberalismo, a la globalización, a favor de la reivindicación étnica, religiosa y cultural, y que - paradójicamente - poseen alcance y penetración global porque utilizan medios de comunicación y lenguajes altamente significativos para la opinión pública mundial. Dicho de otro modo, la globalización neoliberal enfrenta oposiciones relevantes que utilizan instrumentos globales para lograr sus fines. La globalización neoliberal se encuentra compitiendo, pues, con la más sutil, ambigua y ¿débil? búsqueda de una globalización del fragmento, globalización de los intereses locales, globalización de las solidaridades elementales: la globalización desde abajo.

2. Búsqueda de una globalización alternativa

Cuando las personas aceptamos la creencia en que las fuerzas económicas ejercen un dominio implacable sobre los dinamismos fundamentales sobre los que se construye la sociedad se vuelve imposible aceptar la posibilidad del surgimiento de nuevos sujetos sociales y de iniciativas realmente alternativas. A lo más se entenderán estos movimientos como disfunciones del sistema que es preciso corregir y la reflexión crítica entrará en el callejón sin salida del pesimismo y la parálisis social.

De hecho, una parte importante del debate público sobre la globalización se encuentra atrapada entre un optimismo de corte pragmático y un criticismo atrofiado en su capacidad de propuesta que no genera ningún tipo de subjetividad social auténtica, es decir, de praxis ciudadana-organizada auténtica. Por eso nos parece importante introducir en nuestro análisis la conciencia sobre la aparición de nuevos sujetos sociales ya que su mera existencia ofrece un modelo de globalización alternativa que es posible impulsar y que no corre del todo por los cauces neoliberales.

Si bien es cierto que existen numerosos tipos de grupos, con preocupaciones diversas y con reclamos también muy distintos es importante reconocer que al parecer existe una tendencia mundial a la aparición de movimientos que no se plantean actuar solamente en contra de la dominación del Estado o del mercado, sino más bien reclamando ciertos derechos, en particular derechos culturales, y afirmando al mismo tiempo una concepción innovadora - y no únicamente crítica - de la sociedad. En este tipo de experiencias la corresponsabilidad entre las personas, con su propia identidad y con su entorno suele ser sumamente importante. Todo aquello que por su propia naturaleza se resiste a ser comprendido en términos de mercado se afirma como premisa para reconstruir un ethos diverso para la globalización neoliberal.

¿Existe realmente un proceso social de este tipo? ¿Las resistencias frente al neoliberalismo significan algo más que pura contestación y protesta? ¿Qué es lo que no puede hacer el mercado aunque lo intente?:

“El mercado - dice Jesús Martín Barbero - no puede sedimentar tradiciones ya que todo lo que produce <<se evapora en el aire>> dada su tendencia estructural a una obsolescencia acelerada y generalizada, no sólo de las cosas sino también de las formas y las instituciones. El mercado no puede crear vínculos societales, esto es entre sujetos, pues éstos se constituyen en procesos de comunicación de sentido, y el mercado opera anónimamente mediante lógicas de valor que implican intercambios puramente formales, asociaciones y promesas evanescentes que sólo engendran satisfacciones o frustraciones pero nunca sentido. El mercado no puede engendrar innovación social pues ésta presupone diferencias y solidaridades no funcionales, resistencias y disidencias, mientras el mercado trabaja únicamente con rentabilidades”.

Este juicio es severo y curiosamente coincide en la intuición de fondo con Juan Pablo II quien afirma:

“Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado es el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades. Sin embargo, esto vale sólo para aquellas necesidades que son «solventables», con poder adquisitivo, y para aquellos recursos que son «vendibles», esto es, capaces de alcanzar un precio conveniente. Pero existen numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado. Es un estricto deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas (...) Por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad. Este algo debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien común de la humanidad”.

Una globalización alternativa a la neoliberal, en nuestra opinión, no es solo un buen deseo sino constituye ya una cierta evidencia empírica. Sin embargo, esta resistencia globalizada al neoliberalismo y al pensamiento único posee el riesgo de perder dirección al no encontrar un fundamento sólido que le permita mantener verdadero discernimiento crítico, cohesión humana e ilusión esperanzada por un futuro diverso. Por eso el texto de Juan Pablo II nos parece tan importante para situar la necesidad de redescubrir permanentemente la irreductibilidad del sujeto personal y el valor de la solidaridad como factores éticos y pragmáticos de creatividad y de alternativa.

3. Crisis de la modernidad y reacción postmoderna: presupuestos culturales de la actual globalización

La globalización, la economía de mercado neoliberal y las políticas públicas insensibles a las exigencias del desarrollo de las personas, en especial de los más pobres, no forman un circuito cerrado sino que están fincadas y sostenidas en un suelo nutricio, es decir, en los presupuestos culturales donde se despliega su interacción. La modernidad ilustrada pretendió fundar a la razón y al mundo por sí mismos. Este proyecto al fracasar arrastró a una gran cantidad de propuestas culturales a la pérdida de certezas existencialmente relevantes, a una crisis y rechazo de discursos narrativos generales, a una deconstrucción de todas las instituciones, instancias y credos que los grandes relatos habían generado durante siglos enteros. Dicho más brevemente un nihilismo placentero invade el mundo ante el desencanto que han provocado los proyectos ilustrados de derecha o de izquierda por igual. La aparente victoria del mercado como racionalidad esencial para el mundo tras la caída del muro de Berlín nos ha puesto de frente a la crisis de fundamento alegremente anunciada por los filósofos postmodernos.

El vacío de sentido en la cultura que subyace a la globalización neoliberal parece anunciar que Nietzche ha derrotado a Marx y ha engañado a Adam Smith haciéndole creer que este es su triunfo definitivo. El actual nihilismo - a diferencia del que brotó cuando el existencialismo ateo estaba de moda - no se atreve a ver de frente a la muerte porque ha renunciado a la capacidad de pensarla y afrontarla aunque sea trágicamente. Este nihilismo no es una sabiduría sino una dimisión. Es, parafraseando a Octavio Paz, una suerte de glotonería, un insaciable pedir más y más, es abandono, abdicación, cobardía frente al sufrimiento y a la muerte: “A pesar del culto al deporte y a la salud, la actitud de las masas occidentales implica una disminución de la tensión vital. Se vive ahora más años pero son años huecos, vacíos.”

4. Persona y solidaridad

Este nihilismo cultural que sostiene a un proceso de globalización que suprime el valor de aquello que no se puede usar y gozar a través del consumo solo puede ser corregido y reconstruido desde el significado de la persona y de su natural solidaridad constitutiva, es decir, desde aquello que como signo de contradicción se resiste a ser aplastado una vez más.

Por ello pensamos que el mercado puede servir a las personas si es integrado en una lógica mayor que lo ordene y dirija hacia el ámbito que le corresponde de acuerdo a su naturaleza (de medio). Esta corrección en el modo de comprender al mercado y a la globalización no será posible solo con nuevas medidas de política económica en los gobiernos o con el rediseño de los organismos financieros internacionales. Es necesaria una acción cultural que sostenga las medidas de corrección estructural, es urgente volver a dotar de sentido la cultura-ambiente en la que vivimos, es preciso evitar el domino del nihilismo.

Estos buenos propósitos para poder ser realizados poseen algunos supuestos previos que trataremos de esclarecer de manera sucinta. El nihilismo no se combate con declaraciones retóricas o con teorías expuestas en el pizarrón. El nihilismo sólo puede ser corregido cuando las personas y las sociedades redescubren motivos permanentes para vivir, para compartir, para luchar por algo que venza a la nada-de-sentido.

La dinámica natural a través de la cual estos motivos emergen no es otra que la solidaridad, es decir, la reciproca dependencia para con todos en especial para con los más débiles. Es necesario reconocer que la solidaridad es siempre una posibilidad de la libertad humana. El que este fenómeno no sea tan abundante como lo podríamos desear no significa que en las profundidades del corazón, de la estructura antropológica más íntima, la solidaridad no se busque secretamente de manera permanente e irrenunciable. Algunos han visto en esta tendencia el dinamismo fundamental de la persona humana al grado que han propuesto que la felicidad como fin último de la existencia tendría que ser reformulada desde esta perspectiva ya que de otro modo no se explica cabalmente ni el miedo más profundo - la soledad - ni la realidad más deseable - la comunión con el otro.

La idea de solidaridad posee antecedentes en el pensamiento antiguo y posteriormente en la cosmovisión cristiana que la anclan de manera directa en el ámbito del humanismo occidental. Para nadie es extraño reconocer que el cristianismo ha afirmado desde su fundación la importancia de la responsabilidad por el otro a través del mandamiento del amor. Sin embargo, esta identidad histórico-doctrinal de la solidaridad mutó al momento en que a partir de la Revolución francesa se asumió en parte su contenido a través del ideal de la fraternidad afirmando fuertemente la corresponsabilidad humana pero dejando de lado explícitamente cualquier referencia al ethos cristiano que le dio origen. Más aún, la solidaridad transformada en fraternidad en cierto sentido padeció una suerte de eclipse programático en el proceso de la modernidad ilustrada ya que la libertad y la igualdad tuvieron un peso específico mayor que ella en la configuración de teorías y modelos sociales.

Octavio Paz solía reconocer a este respecto que el colectivismo había intentado desarrollar su proyecto en torno a la igualdad mientras que el capitalismo buscó construirlo en torno a la libertad. Sin embargo:

“La libertad puede existir sin igualdad y la igualdad sin libertad. La primera, aislada, ahonda las desigualdades y provoca las tiranías; la segunda, oprime a la libertad y termina por aniquilarla.”

No queremos afirmar con estas apreciaciones que la solidaridad como fenómeno social haya desaparecido en el mundo moderno. Lo que deseamos enfatizar es solo que la modernidad ilustrada la subordinó a otros valores, la responsabilizó en ocasiones del fracaso del Estado de Bienestar o la negó como principio fundante de la democracia contemporánea. Poco importa si el autor que se escoge es encuadrable en la “derecha” o en la “izquierda” - si es que estos términos significan todavía algo -. Por ejemplo, para Friederich A. Hayek, “una sociedad abierta y pacífica es posible sólo si renuncia a crear solidaridad” debido a que el individualismo es la antropología que puede asegurar la libertad en el mercado. Por otra parte y desde premisas muy diversas, Norberto Bobbio considera imposible la fundamentación racional de valores como la fraternidad o la solidaridad y contempla que el único sustento posible es el consenso social que se hace presente mediante un contrato.

Así las cosas, en el marco del paradigma ilustrado, la solidaridad resulta relativizada al máximo ya sea porque vulnera la funcionalidad de un mercado más o menos auto-regulado, ya sea porque posee características que la hacen una realidad que se coloca como referente por encima del consenso.

Por ello, en la actualidad es necesario repensar la solidaridad para que, atendiendo a su propio proceso histórico podamos evaluar su viabilidad como valor constitutivo de la vida de las personas y de los pueblos. Precisamente es en este clima en el que Octavio Paz, continuando el texto antes citado, también afirma que las palabras que fungen como semillas del mundo moderno, libertad e igualdad, hoy requieren recordar que están acompañadas de una tercera: fraternidad.

“A mi modo de ver - dice Paz - la palabra central de la tríada es fraternidad. En ella se enlazan las otras dos (...) La fraternidad es el nexo que las comunica, la virtud que las humaniza y las armoniza. Su otro nombre es solidaridad, herencia viva del cristianismo, versión moderna de la antigua caridad. Una virtud que no conocieron ni los griegos ni los romanos, enamorados de la libertad pero ignorantes de la verdadera compasión. Dadas las diferencias naturales entre los hombres, la igualdad es una aspiración ética que no puede realizarse sin recurrir al despotismo o a la acción de la fraternidad. Asimismo, mi libertad se enfrenta fatalmente a la libertad del otro y procura anularla. El único puente que puede reconciliar a estas dos hermanas enemigas - un puente hecho de brazos enlazados - es la fraternidad. Sobre esta humilde y simple evidencia podría fundarse, en los días que vienen, una nueva filosofía política”.

La solidaridad es, pues, una posibilidad materialmente presente en la modernidad que requiere ser formalmente explicitada. De la misma manera que la libertad y la igualdad han podido articularse como programas de acción política y cultural, la solidaridad necesita expresarse en este momento de crisis, de manera histórico-práctica, evitando ser interpretada de un modo puramente extrínseco o sentimental. Esto se realiza en cuatro niveles profundamente entrelazados:

Primero, reconociendo la solidaridad ontológica que nos une a todos como miembros de una misma familia humana. En la época presente, tan dada a afirmar la diversidad y la diferencia de cada ser humano es importante no perder aquello que nos hace estar unidos aunque no lo deseemos: la participación en la común humanidad;

Segundo, reconociendo la solidaridad moral que sigue como consecuencia inmediata de la solidaridad ontológica y que nos invita y obliga a afirmar con radicalidad a toda persona, a cualquier persona propter seipsam, por sí misma, y no por su hacer, por su tener o por su saber;

Tercero, reconociendo que la solidaridad posee una dimensión cultural y estructural que necesitamos construir para que la fuerte interdependencia entre las personas, los pueblos y su entorno natural se vuelva una racionalidad personalista, comunional y ecológica que corrija y complete por una parte la racionalidad instrumental aún vigente, y por otra, las tendencias nihilistas que vacían la vida humana de significado;

Y, en cuarto lugar, reconociendo que la solidaridad ontológica, moral, cultural y estructural no son realidades ni absolutas ni autoconstituidas. La condición solidaria del ser humano, anuncia limitación, contingencia y diversidad, todos ellos signos manifestativos de participación en una comunión más grande que nosotros mismos. De aquí que la solidaridad humana sea siempre apertura constitutiva a una relación máximamente inmanente y trascendente que nos funda desde el origen dándonos consistencia y significado.

La solidaridad afirmada en esta cuadruple perspectiva permite reconstruir el tejido social que actualmente se encuentra vulnerado por diversas causas y que ha generado que algunos vean un proceso de desvertebración o despolitización de la sociedad civil de difícil corrección. Una observación atenta al proceso de surgimiento de los nuevos sujetos sociales a finales del siglo veinte puede permitir verificar la validez empírica de sostener que la solidaridad, es decir, la responsabilidad por el otro, es precisamente el motivo fundamental para crear subjetividad cultural y social, para crear las condiciones que permiten que el pueblo se haga sujeto de su propia historia de manera estable y no solo en situaciones más o menos excepcionales. Alain Touraine y Juan Pablo II, desde distintas perspectivas, han dedicado importantes páginas de sus principales obras precisamente a analizar este fenómeno. El primero afirma:

“En casi todos los países, el pensamiento social está en quiebra. A la derecha, lo devoran las políticas económicas liberales; a la izquierda, es arrastrado por la caída de los movimientos revolucionarios (...) La única manera de rechazar a la vez el poder absoluto de los mercados y la dictadura de las comunidades es ponerse al servicio del Sujeto personal y su libertad (...) Quienes sólo piensan en términos de lógica del sistema social, sea para aprobarla, sea para condenarla, son incapaces de participar útilmente en la aparición de nuevos actores sociales. Únicamente el análisis, que atribuye una importancia central a la libertad y la capacidad de iniciativa y supervivencia de los actores, puede contribuir al fortalecimiento de éstos”.

Por su parte Juan Pablo II sostiene:

“Signos positivos del mundo contemporáneo son la creciente conciencia de solidaridad de los pobres entre sí, así como también sus iniciativas de mutuo apoyo y su afirmación pública en el escenario social, no recurriendo a la violencia, sino presentando sus carencias y sus derechos frente a la ineficiencia o a la corrupción de los poderes públicos (...) La solidaridad nos ayuda a ver al <<otro>> - persona, pueblo o nación - no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un <<semejante>> nuestro, una <<ayuda>>, para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados”.

Ambos autores, parecen insinuar que es necesaria una nueva clave de interpretación que permita salir de la cosmovisión moderna que polarizó nuestra conciencia en base al debate individualismo vs. colectivismo, liberalismo vs. socialismo. Esta tercera vía, en nuestra opinión, no se construye buscando una síntesis más o menos inteligente de dos sistemas que han partido de la misma matriz ilustrada. Si una tercera vía es posible, solo lo es a partir de un cambio en el origen, en la antropología fundante, en el paradigma humano de fondo, que desde nuestro punto de vista, ha de ser hoy marcadamente solidario, relacional, personalista.

5. Globalizar la solidaridad ¿cuál es el comienzo?

¿Por dónde es posible comenzar en un proceso auténtico de globalización de la solidaridad? ¿Por dónde arrancar al momento de enfrentar una nueva complejidad global como la que caracteriza a nuestra época? Al parecer uno de los sociólogos de la globalización más importantes del mundo al profundizar en su análisis nos da una pista importante:

“La sociología de la globalización significa el último intento por encontrar respuestas a las cuestiones que se plantean de nuevo a cada generación. Cada generación debe reformular estas cuestiones porque sólo así podrá descubrir quién es. Por globalización no se entienden sólo cosas técnicas ni económicas, como tampoco se trata en modo alguno sólo de la principal reivindicación que plantean los directores de empresas y los jefes de los gobiernos. Es todo esto, pero al mismo tiempo es algo mucho más importante. Se trata de cómo tú y yo vivimos nuestras propias vidas”.

En efecto, los desafíos de la actual globalización pueden reconducirse al modo como tú y yo vivimos nuestras propias vidas. Si la vida de las personas reales se deja gobernar por el sinsentido y el hastío, la globalización probablemente agudizará sus efectos negativos. Los mecanismos más o menos anónimos que gobiernan parte del mundo globalizado y que sofocan la vida de naciones enteras son el correlato político y económico del nihilismo cultural que nos penetra.

Así planteadas las cosas, hoy entonces nos encontramos ante una disyuntiva. Sin embargo, es preciso observar que cada vez más y más personas descubren la enorme oportunidad de reconstruir el ethos del mundo globalizado a través del método que nos ofrece el ser y el hacer junto-con-otros, es decir, a través de la solidaridad.

Globalizar la solidaridad no significa luchar por un estado angélico, por una sociedad de personas sin egoísmos y miserias, o por una civilización donde no existan riesgos sociales. Globalizar la solidaridad significa luchar por una manera de hacer las cosas en la que la lógica de la gratuidad convive y completa la lógica del intercambio y del dominio instrumental. Globalizar la solidaridad permite que los riesgos y problemas sociales - y aún mundiales - puedan encontrar en la mutua ayuda y corresponsabilidad una posibilidad de solución o al menos de atenuación.

La solidaridad no redime todo mal. Pero la solidaridad coloca el marco para hacer posible la reconstrucción de las personas y de los pueblos.

Globalizar la solidaridad implica no sólo grandes planes y estrategias a nivel mundial. Implica fundamentalmente personas que al mirar la realidad redescubren que la dignidad de cualquier ser humano es una invitación a compartir la vida, el tiempo y los recursos. Esta dimensión de compromiso estrictamente personal es insustituible además de muy urgente y necesaria. Cuando las personas o instituciones pasan de largo como si la vida del que está junto no valiera tanto como la nuestra, cuando países enteros se hunden porque hay quienes creen que los derechos de la solidaridad son meras ficciones, entonces se colocan las piezas para construir una máquina que terminará devorando a sus propios constructores. Dicho de otro modo: La insolidaridad global deriva necesariamente en vulnerabilidad global.

Sólo la humanidad es viable desde un punto de vista político, económico, social y medioambiental, si logramos crear una cultura y unas estructuras aún a escala mundial que permitan gobernar la globalización y sus defectos. Un nuevo orden mundial pareciera estar emergiendo. Que este nuevo orden mundial sirva a las personas y a su dignidad inalienable depende de que existan iniciativas y compromisos personales para vivir de una manera diversa, más humana y más fraterna, defendiendo los derechos de todos por igual.

 

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