Documento de la Conferencia
Episcopal sobre el terrorismo
Claves del documento
Luis F. de Prada
La Conferencia Episcopal española, reunida en su habitual Asamblea de
otoño, aprobó el pasado 22 de noviembre la Instrucción Pastoral
“Valoración moral de terrorismo en España, de sus causas y de sus
consecuencias”.
Introducción
En la introducción los obispos indican
que “cuando la dignidad de la persona queda ultrajada porque se atenta
contra su vida, contra su libertad o contra su capacidad para conocer la
verdad, los cristianos no pueden callar”. Piensan que “en España, el
terrorismo de ETA se ha convertido desde hace años en la más grave amenaza
contra la paz”. Tras recordar anteriores intervenciones episcopales,
declaran: “Ante un dilema moral, adoptar intencionadamente una actitud
ambigua cierra el camino a la determinación de la bondad o de la maldad de
una realidad o de una conducta”.
En el nº 4 adelantan una síntesis de su
documento: “Presentamos una valoración moral del terrorismo de ETA que va
más allá de la condena de los actos terroristas, tratando de descubrir sus
causas profundas”; lo califican “como una realidad intrínsecamente
perversa, nunca justificable, y como un hecho que, por la forma ya
consolidada en que se presenta a sí mismo, resulta una estructura de
pecado. Emitimos un juicio moral sobre el nacionalismo totalitario que se
halla en el trasfondo del terrorismo de ETA, porque no se puede entender
el uno sin el otro”.
El terrorismo
El primer capítulo, titulado “El
terrorismo, forma específica de violencia armada”, lo entiende como “el
propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, mediante
el uso sistemático del terror con una intención ideológica totalitaria. Al
hablar de terror nos referimos a la violencia criminal indiscriminada que
procura un efecto mucho mayor que el mal directamente causado, mediante
una amenaza dirigida a toda la sociedad”.
Para los obispos, “la maldad del
terrorismo es más profunda que la de sus actos criminales, ya de por sí
horrendos”, y explican su diferencia con la guerra, la guerrilla y la
simple delincuencia organizada.
Es interesante el análisis del nº 8:
“Dentro de la ideología marxista-revolucionaria, a la que se adscriben
muchos terrorismos, entre ellos el de ETA, es normal querer justificar sus
acciones violentas como la respuesta necesaria a una supuesta violencia
estructural anterior a la suya, ejercida por el Estado”; denuncian “esta
concepción inicua, contraria a la moral cristiana, que pretende equiparar
la violencia terrorista con el ejercicio legítimo del poder coactivo que
la autoridad ejerce en el desempeño de sus funciones. A la vez se debe
manifestar también la inmoralidad de un posible uso de la fuerza por parte
del Estado al margen de la ley moral y sin las garantías legales exigidas
por los derechos de las personas”.
La ideología
El segundo capítulo de la Instrucción se
titula: “El objeto del juicio moral: terror criminal ideológico”. Es muy
breve, pero de gran importancia, porque explica en qué consiste la “maldad
específica y última del terrorismo: en atentar contra la vida, la
seguridad y la libertad de las personas, de forma alevosa e
indiscriminada, con el fin de llegar a imponer su proyecto político,
presentando sus actos criminales - el terror - como justificables por su
interpretación ideológica de la realidad. El terrorismo no niega que sus
actividades sean violentas y que están cargadas de consecuencias
lamentables, pero las justifica como necesarias en virtud de la supuesta
grandeza del fin perseguido. Es una explicación ideológica de la violencia
criminal en el peor sentido de la palabra ‘ideológica’, es decir,
encubridora de algo injustificable”.
Señala también el documento que las
organizaciones terroristas tienden a “hacer plausible una argumentación
ideológica mediante la deformación del lenguaje”; frente a ello, “es
necesario dar a cada cosa su propio nombre”.
Juicio moral
Llegamos así al capítulo 3º, “juicio
moral sobre el terrorismo”, el más extenso de la Instrucción. Tras
denunciar el método de “la transferencia de la culpa, que consiste en
culpabilizar a quienes se oponen al terrorismo de ser los causantes de la
violencia”, califica el terrorismo como “una realidad perversa en sí
misma, que no admite justificación alguna apelando a otros males sociales,
reales o supuestos”. A continuación, detalla este juicio en tres
apartados.
El primero se titula: “ El terrorismo es
intrínsecamente perverso, nunca justificable”: “No puede ser nunca
justificado por ninguna circunstancia ni por ningún resultado”. Podemos
señalar aquí que desde el relativismo imperante en nuestra sociedad, que
niega la existencia verdades absolutas o de actos intrínsecamente malos,
cualquier condena del terrorismo muestra su debilidad, mientras que la
doctrina de la Iglesia sobre la dignidad de todo ser humano como imagen de
Dios, le permite hacer esas afirmaciones que muchos, que ahora aplauden el
documento, consideran “fundamentalistas” cuando se aplican a otros casos
semejantes. Por el contrario, la Instrucción muestra la coherencia de la
doctrina católica cuando recuerda que “el terrorismo merece la misma
calificación moral absolutamente negativa que la eliminación directa y
voluntaria de un ser humano inocente”, momento en que cita la encíclica
“Evangelium vitae” de Juan Pablo II, que aplica ese principio a casos como
el aborto o la eutanasia. Y es que, como escribía el Papa, “cada ser
humano inocente es absolutamente igual a los demás en el derecho a la
vida”, principio que olvidan los que, desde el relativismo antropológico
posmoderno, condenan el terrorismo pero justifican esos otros crímenes.
El documento hace extensiva la
calificación moral “absolutamente negativa” del terrorismo a quienes
colaboran de cualquier modo con él, a cuantos lo justifican, y también al
“terrorismo de baja intensidad” o “kale borroka”; y añade que “tampoco es
admisible el silencio sistemático” ante esta lacra.
El segundo apartado se titula “el
terrorismo es una estructura de pecado”, es decir, “el resultado de una
efectiva intención de alcance social que se dirige no sólo a la comisión
de actos intrínsecamente malos, sino que busca la deformación generalizada
de las conciencias para la extensión de su maldad de modo estable”. Los
obispos vuelven a relacionar el terrorismo con lo que Juan Pablo II llama
“la cultura de la muerte”, pues contribuye a esta cultura “en la medida en
que desprecia la vida humana, rompe el respeto sagrado a la vida de las
personas, cuenta con la muerte injusta y violenta de personas inocentes
como un medio provechoso para conseguir unos fines determinados”; la vida
humana “queda así degradada a un mero objeto, cuyo valor se calcula en
relación con otros bienes supuestamente superiores”.
Finalmente, un tercer apartado, titulado
“La extensión del mal: odio y miedo sistemáticos”, habla de esos dos
efectos negativos. El miedo debilita a las personas y favorece el
silencio. El odio genera una espiral de más odio que favorece los fines
terroristas, y se manifiesta en “sensibilidades exacerbadas a las que les
es difícil hacer un análisis de la realidad”.
Termina este capítulo insistiendo en que
el terrorismo se muestra como un modo de pensar y sentir “incapaz de
valorar al hombre como imagen de Dios. Y cuando esa cultura arraiga en un
pueblo, todo parece posible, aun lo más abyecto, porque nada será sagrado
para la conciencia”. Afirmación que evoca la célebre frase de Dostoievsky:
“Si Dios no existe, todo está permitido”. Por el contrario, desde la
doctrina católica, los obispos muestran que “es posible una valoración
neta y definitiva del terrorismo, por encima de las circunstancias
coyunturales de un momento histórico”.
El terrorismo de ETA
El brevísimo capítulo cuarto lleva por
título: “A ETA hay que enjuiciarla moralmente como terrorismo”. Describen
así a esta organización: “una asociación terrorista, de ideología marxista
revolucionaria, inserta en el ámbito políticocultural de un determinado
nacionalismo totalitario que persigue la independencia del País Vasco por
todos los medios”. No viene mal recordar la ideología marxista
revolucionaria de ETA, pues merced a una manipulación del lenguaje muy
frecuente, se la está calificando por muchos como “fascista” o “nazi”; lo
cual, sin duda agradecen algunos que ahora condenan el terrorismo etarra y
hasta hace nada compartían con ETA su matriz marxista. Tampoco estará de
más recordar que, en muchas ocasiones, los que ahora se escandalizan de
que haya algunos sacerdotes vascos cercanos a ciertos planteamientos de
ETA, son los mismos que hace años apoyaban las corrientes extremas de la
teología de la liberación y criticaban el supuesto “dogmatismo” del
Vaticano, alentando la rebeldía de esos curas los que ahora exigen mano
dura a sus obispos. Seguramente, demasiado tarde.
El nacionalismo
El quinto capítulo se titula: “El
nacionalismo totalitario, matriz del terrorismo de ETA”. Sin duda, es el
más problemático, por pasar del terrorismo al nacionalismo. La razón de
este paso es que “no es posible desenmascarar la malicia de ETA sin
ofrecer una clarificación moral sobre el transfondo político-cultural del
terrorismo etarra”.
El documento deja claro que “no pretende
ofrecer un juicio de valor sobre el nacionalismo en general”, sino sobre
el nacionalismo totalitario. Para ello, comienza por explicar el sentido
de los términos “nación” -basada ante todo en la cultura-, “soberanía
espiritual” y “soberanía política”. La “soberanía espiritual de las
naciones puede expresarse también en la soberanía política, pero ésta no
es una implicación necesaria”.
Y afirma: “Las naciones, aisladamente
consideradas, no gozan de un derecho absoluto a decidir sobre su propio
destino. Esta concepción significaría, en el caso de las personas, un
individualismo insolidario. De modo análogo, resulta moralmente
inaceptable que las naciones pretendan unilateralmente una configuración
política de la propia realidad y, en concreto, la reclamación de la
independencia en virtud de su sola voluntad”. Por ello, “la Doctrina
Social de la Iglesia reconoce un derecho real y originario de
autodeterminación política en el caso de una colonización o de una
invasión injusta, pero no en el de una secesión”. En conclusión: “no es
moral cualquier modo de propugnar la independencia de cualquier grupo y la
creación de un nuevo Estado”. Los obispos añaden que “cuando la voluntad
de independencia se convierte en principio absoluto de la acción política
y es impuesta a toda costa y por cualquier medio, es equiparable a una
idolatría de la propia nación que pervierte gravemente el orden moral y la
vida social”.
Esto no quiere decir que la Iglesia
rechace el nacionalismo como tal, entendido como “una determinada opción
política que hace de la defensa y del desarrollo de la identidad de una
nación el eje de sus actividades”. Pero diferencia entre un nacionalismo
legítimo, a veces incluso conveniente, y sus corrupciones. Además, la
opción nacionalista, como cualquier opción política, no puede ser
absoluta. Para ser legítima debe mantenerse en los límites de la moral y
de la justicia, evitar el peligro de considerarse a sí misma como la
única forma coherente de proponer el amor a la nación, y el de defender
los propios valores nacionales menospreciando los de otras realidades
nacionales o estatales.
En cualquier caso, el nacionalismo en que
se fundamenta ETA no cumple las condiciones requeridas para su legitimidad
moral, sino que es un “nacionalismo totalitario e idolátrico”, que
“considera un valor absoluto el valor ‘pueblo independiente, socialista y
lingüísticamente euskaldún’, todo ello además interpretado ideológicamente
en clave marxista, ideología a la cual ETA somete todos los demás
valores”.
Añaden los obispos que “la pretensión de
que a toda nación, por el hecho de serlo, le corresponda el derecho de
constituirse en Estado, ignorando las múltiples relaciones históricamente
establecidas entre los pueblos y sometiendo los derechos de las personas a
proyectos nacionales o estatales impuestos de una u otra manera por la
fuerza, dan lugar a un nacionalismo totalitario”.
El documento episcopal señala que “el
Estado es una realidad primariamente política; pero puede coincidir con
una sola nación o bien albergar en su seno varias naciones o entidades
nacionales. La configuración propia de cada Estado es normalmente el fruto
de largos y complejos procesos históricos”, que “no pueden ser ignorados
ni, menos aún, distorsionados o falsificados”. Ahora bien, “España es el
fruto de uno de estos complejos procesos históricos. Poner en peligro la
convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de
España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría
acarrear, no sería prudente ni moralmente aceptable”. Añaden que la
“Constitución es hoy el marco jurídico ineludible de referencia para la
convivencia”. Como toda obra humana, no es perfecta y es “modificable,
pero todo proceso de cambio debe hacerse según lo previsto en el
ordenamiento jurídico. Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento
jurídico en función de una determinada voluntad de poder es inadmisible”.
En opinión de Rafael Aguirre, aunque la
Instrucción no se pronuncia sobre la naturaleza del Estado español, el
conjunto de la misma “da a entender que se está pensando en una España
plurinacional y con una importante diversidad interna”. Pero “el documento
deja claro que la autodeterminación, entendida como la posibilidad de
secesión de un Estado, ‘fruto de largos y complejos procesos históricos’,
como es el caso de España, no es un derecho. Hay opciones políticas que
son legítimas, pero, sin embargo, no son derechos y, por tanto, su no
consecución no es una injusticia”.
Conclusión
En la conclusión, los obispos españoles,
tras hablar de la libertad cristiana, exhortan a todos a construir la paz,
haciendo un especial llamamiento a los educadores, para que animen a los
jóvenes a “construir una sociedad donde se vivan los principios morales
que garanticen el respeto sagrado a la persona”. Nuestros pastores no
pueden dejar de expresar su convicción de que “sólo en Jesucristo
encuentra el hombre la salvación plena. Educar para la paz que nace del
encuentro con el Señor y con la Iglesia es una tarea urgente,
especialmente entre los más jóvenes. Así como donde anida la semilla de la
ideología terrorista se esteriliza la vida cristiana, donde, en cambio,
crece y madura la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, prevalece el
amor a los demás, el deseo sincero de paz y de reconciliación”. Una
abundante experiencia confirma estos asertos.
Por ello, “la Iglesia proclama de nuevo
la necesidad de la conversión de los corazones como el único camino para
la verdadera paz”. Los obispos insisten en el diálogo entre todas las
instituciones, dejando claro que no se refieren a ETA, “que no puede ser
considerada como interlocutor político de un Estado legítimo”. Se dirigen
a las comunidades cristianas, esperando que sean “centros de comunión de
las personas, donde se rechace sin equívocos el terrorismo”, y donde se
realice un acompañamiento y atención pastoral de las víctimas del
terrorismo. Hablan del perdón, que no se contrapone a la justicia, sino
que la perfecciona, y que se debe pedir en la oración. Citando a Juan
Pablo II, señalan que “la oración por la paz no es un elemento que ‘viene
después’ del compromiso por la paz”, sino que está en el corazón mismo del
esfuerzo por la misma. Exhortando a tal oración, los obispos la ponen, en
este “Año del Rosario”, en manos de la Virgen María, Reina de la Paz. |