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El Adviento, la esperanza y el coraje del futuro

P. Roberto Fernández Iglesias, OP

Debemos tener además el coraje del futuro. Este es como una esperanza bien aterrizada, bien consciente. Está hecho de valentía, y de rabia santa.

La Iglesia comienza el Tiempo del Adviento y recapitula todo el Antiguo Testamento y su búsqueda evocando aquellas palabras del profeta Isaías: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande...". Atinando con el lenguaje adecuado para fascinarnos por el contenido inagotable que su significado encierra. Se refería al pueblo de la Antigua Alianza, al viejo Israel. Se refería también a la Humanidad entera que como un solo pueblo anhela un Salvador. Se refiere incluso a nosotros que en Ecuador formamos un pueblo que busca la luz al final del laberinto político de estos últimos años. Es bella la costumbre de encender cada domingo una vela, hasta completar las cuatro, sumando más y más esperanza en el cumplimiento de las  promesas humanas y de las divinas.

Con esas palabras solemnes inicia cada año la Iglesia los cuatro domingos que nos preparan para la Navidad. La liturgia católica con sus ciclos anuales nos va recordando las verdades grandes que sustentan la vida humana y la historia de la salvación. Así comenzamos diciembre motivados con la invitación a la esperanza, una virtud preciosa, sin la cual es amargo vivir.

Cierto que lo hacemos cada año. Pero este año nos viene todavía mejor dado que un gobierno nuevo va  a comenzar su andadura y la Nación necesita atisbar luces en el horizonte de su devenir. Escuchando al profeta Isaías que anunciaba la llegada de Cristo, esa luz grande que ilumina nuestras tinieblas tan resistentes casi siempre a la verdadera luz, nos sentimos invitados a una lectura de los "signos de estos últimos tiempos". No pongamos la esperanza solo en las perspectivas políticas, o económicas. Pongámoslas en nuestras familias, en los amigos, en nosotros mismos. ¡Mucho bendice Dios al que tiene esperanza! Ella brota en el corazón humano cuando siente el deseo de un bien que es posible alcanzar. Todo lo bueno es bien caro y, para alcanzarlo, hay que estar dispuesto a pagar su precio, a luchar hasta alcanzarlo. Por eso, la esperanza auténtica tiene dos enemigos opuestos y naturales: la presunción y la desesperanza. La presunción es el vicio de aquellos que piensan que conseguirán el bien sin que les cueste y esperan con temeridad que les caiga del cielo. Como esos alumnos vagos que esperan aprobar sin estudiar nada.

La desesperación, en cambio, es el defecto de quienes tienen miedo a no lograr nunca el bien deseado y, por lo mismo, renuncian a luchar, como aquel que, en el Evangelio, enterró el talento y no lo hizo fructificar.

Debemos tener además el coraje del futuro. Este es como una esperanza bien aterrizada, bien consciente. Está hecho de valentía, y de rabia santa. Es la fuerza del alma, que nos impulsa a lo arduo, a lo difícil, a vencer los obstáculos en una  noble batalla, para lograr lo bueno. Sigue siendo cierto que el que no se decide, no cruza el mar. Y en esa travesía hay zozobra y tormentas y mares luminosos de serenidad. De lo que se trata es de llegar a la otra orilla, el puerto seguro del bien final. Merece la pena tal singladura.

 

Publicado en diario HOY, domingo 1 de diciembre de 2002. Quito,  Ecuador

 
 

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