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[ FIRMAS ] CARLOS DÍAZ

Los falsos maestros

Carlos Díaz 

El poder del magisterio sigue existiendo, pero ahora sólo en una élite de docentes universitarios cosmopolitas, los cuales reunen tres características: primero, publican en inglés, la lengua del imperio; después, trabajan inter campus, es decir, exportándose informáticamente a todos los centros neurálgicos haciendo así omnipresente; finalmente, aplican sus saberes a las necesidades del Imperio mismo.

El poder del magisterio sigue existiendo, pero ahora sólo en una élite de docentes universitarios cosmopolitas, grandes popes, animales prestigiosos, los cuales reunen tres características: primero, publican en inglés, la lengua del imperio; después, trabajan inter campus, es decir, exportándose informáticamente a todos los centros neurálgicos de las mejores universidades (videoconferencias interactivas en tiempo real, etc), haciendo así omnipresente su publicitado mensaje, contra el que no cabe competir por los medios clásicos del libro y de la enseñanza cara a cara; finalmente, aplican sus saberes -directa o indirectamente, técnica o ideológicamente- a las necesidades del Imperio mismo que así les entroniza y tecnotroniza, pues los expertos oficiales han de estar concertados con los programas institucionales a los que sirven de legitimación teórica. He ahí los nuevos popes, los nuevos taumaturgos de la profesión docente e investigadora: si no se publica en inglés, si no se ocupa el intercampus, si no se orienta la investigación hacia el poder multinacional, de hecho no se pertenece hoy a la enseñanza como campo significativo, como institución de sentido.

Normalmente, estos hiperintelectuales o megaprofesores abandonan a los alumnos de los primeros cursos, y solamente ejercen un magisterio selectivo y mínimo. Los expertos de los refinados cuerpos de conocimiento reclaman un estatus no sólo de especialistas en tal o en cual sector, sino con frecuencia una jurisdicción absoluta sobre la totalidad del sector en cuestión: pontifican sobre lo divino y lo humano, salen en la red luego existen. Tienden por ello a considerarse expertos universales sobre un plano de gran abstracción, pues cuanto más abstractas resultan las legitimaciones, menos posibilidad existe de que se modifiquen según las cambiantes exigencias pragmáticas.

Son "intelectuales bonitos", intelectuales áulicos, palatinos, tolerantes ex catedra con todo aquello que a su vez les tolera el Imperio. Estos "cuerpos de especialistas" presiden la provisión de cargos, la distribución de becas, las fundaciones, los premios, el ranking de las profesiones, la publicación de lo culturalmente correcto, el poder de decir lo que vige y lo que rige, e incluso de lo que ha de venir en el futuro, y todo ello indefectiblemente al servicio de lo económicamente correcto, que en última instancia paga para eso. Como Alifanfarón de la Trapobana, sus vanidades van siempre envueltas en una nube de polvo, y andan rodeados por una corte de aduladores, que a su vez habrá de repetir con pedísecua habilidad los mismísimos arcanos que sus maestros para alcanzar su estatus el día de mañana, con su renovado séquito.

Así pues, su pretendida ciencia pura no está casi nunca por encima del capitalismo que les nutre, ni fuera de las universidades en que se enclasan, ni más allá del poder que les tienta, aunque sí, desde luego, dentro del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, de los que próximos o remotos son sus satélites. Amparados por el poder, estos consejeros palatinos, redactores áulicos, plumíferos y turiferarios del Imperio, elaboran todo tipo de directrices sobre la vida y costumbres ajenas. Partiendo del gran mito de la sociedad enferma, del que hablara el recientemente fallecido Ivan Ilich, las universidades legitiman la pretensión de arquitectos, urbanistas, psicólogos, sociólogos, médicos, siquiatras, empresarios, hombres de negocios, etc, para curar a esa sociedad enferma. ¿Enferma, de qué? Enferma de yatrogenia, es decir, de las enfermedades producidas por los supuestos sanadores. Las pócimas que nos suministran las universidades poderosas (universidades de los poderosos) para sanarnos son sin embargo las que calculadamente debilitan y extenúan al pueblo. Por eso son los sabios funcionales al sistema los encargados de definir qué se puede saber y qué no, qué es la salud y dónde la enfermedad, que es lo útil y lo inútil, a quién hay que aislar y a quién no; ni siquiera necesitan decirlo, lo dicen con sólo enseñar donde enseñan y publicar donde publican. Y, diciendo todo eso, siguen siendo la voz de su amo, jamás la voz de los sin voz, de cuya afonía viven.

Ahora bien estos voceros de su amo a su vez son la voz de los periodistas, de las televisiones, e incluso de los apartos ideológicos del Estado. Y así, de arriba abajo, su influencia llega hasta la más modesta escuela primaria y hasta el más humilde hogar, eco de las campanadas primeras. Resulta casi imposible luchar contra esta pirámide de sacrificios. Fuera de su vasallaje imperial, los intelectuales y expertos llevan una vida privada vulgar, tan vulgar como privada de vida, roen el hueso que les echen. Los que mueven el aparato ideológico, en cualquier caso, fieles al Estado (vía multinacionales) que les paga, tienden a reflejarle reproduciendo su estructura piramidal, rasgo en que coinciden con la administración y con el ejército.

Ante todo eso, ¿qué hacemos los cristianos, además de quejarnos?

 
 

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