Más de mil personas llenaron el templo catedralicio para despedir a
Monseñor Cañizares
Víctor Corcoba Herrero
Nuestro admirado Arzobispo, Monseñor Cañizares, ha dejado una huella
imborrable en Granada. Lo refrendan los hechos y su heraldo de fe. Más de
mil personas, de toda condición y jerarquía, llenaron el Templo
Catedralicio para despedirle de la mejor manera posible, bajo el
sacramento de unidad por excelencia, la Eucaristía. Fuimos testigos del
emocionante silencio, de los apoteósicos aplausos, de las lágrimas
vertidas por muchos fieles ante sus hondas y sentidas palabras.
EMOCIONANTE HOMILÍA DE DESPEDIDA SOBRE LOS INTENSOS AÑOS VIVIDOS EN
GRANADA
Así comenzó la homilía. Muy queridos Hermanos en el Episcopado: D.
Juan, Obispo de Guadix, D. Rosendo, Obispo emérito de Almería; muy
queridos hermanos sacerdotes y diáconos, muy estimadas y dignas
autoridades, muy queridos todos hermanos y hermanas en el Señor: Dios ha
querido que coincida mi despedida de vosotros el mismo día en que
celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima
Virgen María, para así asociar mi acción de gracias con la acción de
gracias que la Iglesia entera tributa a la Trinidad Santa por la purísima
concepción en la que la misericordia infinita de Dios se ha desbordado en
favor de sus criaturas y en la que como aurora naciente brilla la
esperanza del gran día de la salvación.
Con toda mi alma agradezco que os unáis tan numerosa y cordialmente a
mi, en esta tarde, para dar gracias a Dios antes de mi partida a la
Iglesia que está en Toledo donde proseguiré el Ministerio Apostólico que
Él misericordiosamente me confió en favor de su Iglesia y que he ejercido
entre vosotros durante casi seis años. Pocos años, pero qué intensos, he
permanecido junto a vosotros. Ahora nos reunimos para despedirme de todos,
no sin un profundo dolor, y sobre todo para confesar juntos que Jesucristo
camina junto a nosotros hoy, ayer y siempre; y que Él está en medio
nuestro como Pastor supremo y que es quien lleva a su iglesia a la
plenitud de la verdad y de la vida.
ALABAR Y BENDECIR A DIOS
Nos reunimos esta tarde para alabar, bendecir a Dios y recordar sus
beneficios. En estos años, os confieso: he palpado la inmensa bondad de
Dios con la que Él nos quiere; esa bondad misericordiosa no me ha dejado
nunca abandonado aunque yo no le haya sido fiel en toda ocasión y momento
y aunque no le haya correspondido, por mi torpeza y pecado a su amor y a
su gracia.
No podemos olvidar los inmensos beneficios que, aquí en estos años, Él
con su infinita bondad ha derramado en todos nosotros. Quisiera que esta
alabanza, penetrada de alegría por el reconocimiento de mi inmenso amor
con que Dios nos ama, fuera pura alabanza, gozo y reposo sosegado en Él,
proclamación de su grandeza y de su largeza, sencilla confesión de su fe y
gloria y de las maravillas que Él realiza en favor nuestro y adoración
humilde por la gracia y la ternura de la que colma a sus criaturas, de la
que es la mejor prueba el misterio de nuestra fe que hoy celebramos en
María Inmaculada. Todo en ella apunta al gran don de Dios, su hijo
Jesucristo, en quien nos ha bendecido con toda suerte de bienes
espirituales y celestiales.
Cualquier beneficio, por ello, toma su bendición de Jesucristo en quien
encontramos el inmenso derroche de amor, de sabiduría y de gracia para con
Dios. Os agradezco con todo mi corazón para que os hayáis unido en esta
oración de alabanza, solo no puedo ni debo hacerlo, además de que soy muy
pobre para dar gracias en solitario y estoy necesitado de la misericordia
divina, ese Dios en su infinita benevolencia, os ha asociado a mi y no
puedo nada sin vosotros. Os necesito para dirigirnos junto a Él en
comunión profunda y sin fisuras.
VOLVAMOS LOS OJOS HACIA DIOS
Volvamos los ojos hacia Dios, lleno de compasión , Padre de
misericordia y Dios de toda consolación, dirijamos unidos nuestra mirada
hacia su hijo amado Jesucristo, Señor de la Iglesia, el único Pastor y
Obispo de nuestras almas, el que por nosotros da la vida y nos pastorea
encaminándonos hacia la casa del Padre, démosle gracia por el Ministerio
Episcopal que Él suscita, que por pura gracia suya me ha confiado, por el
que se nos hace presente y visible de modo sacramental y misterioso en la
fragilidad de quien Él ha querido llamar y elegir confundiendo a los
fuertes y entendidos del mundo.
Él ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía que es el mismo y
en el Sacerdocio de los Apóstoles transmitido al Colegio Episcopal. Como
os decía antes, han sido años intensos, diría que muy intensos, han sido
años de inmensos dones de Dios que sólo Él conoce y que no soy capaz de
explicar adecuadamente y que nos sobrepasan y desbordan. Todos y cada uno
de esos dones merecen por mi parte toda alabanza y acción de gracias:
¡Cantaré eternamente las misericordias del Señor!. Con la Virgen María
llena de gracia y medianera de todas las gracias, quiero cantar un
Magnificat que no tenga fin y proclamar con Ella la grandeza del Señor,
porque ha mirado mi humillación y porque su misericordia es eterna de
generación en generación. ¡Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha
hecho, que nos ha hecho!. Es tan bueno, que la única paga que nos exige,
es que lo amemos con todo lo que nos ha dado y cuando al final de estos
años, pienso en todo esto, me horrorizo de pensar en el peligro de que
alguna vez, por falta de consideración o por estar absorto en cosas vanas,
me olvidé del amor de Dios y sea para Cristo causa de vergüenza; bien sabe
Dios, y lo digo con humildad, consciente de mi debilidad y pequeñez, y
porque no es obra mía, que no me he reservado nada, que me he gastado y
desgastado sencillamente por la Iglesia, por ella sin más, a veces hasta
la extenuación. Y esto, no por mérito mío alguno, sino porque él ha tenido
conmigo mucha compasión y misericordia y ha venido en mi auxilio.
Todo es gracia suya. Todo lo bueno que haya en estos años es suyo, las
torpezas errores y debilidades, sin embargo, eso sí son míos. Cuánta
fuerza y verdad recobra la realidad de la gracia en esta fiesta de la
Purísima contemplando ese rostro de inigualable hermosura y plenitud que
admiramos como un trasunto en la Inmaculada de Alonso Cano. Con cuánta
intensidad de verdad podemos reconocer hoy que todo es gracia al
contemplar y admirar a la que es llamada llena de gracia. Por todo ello, a
Dios sólo la gloria, el honor y la bendición por siempre, porque de Él
fuente y origen de todo bien, procede todo don y toda gracia; por su
gracia y nada más que por ella, soy lo que soy. Soy testigo, como María,
de que todo es gracia de Dios, un verdadero derroche de su gracia de que
Él lo obra todo en todos, y de que toda capacidad y suficiencia viene de
Él, de que su gracia trabaja siempre y que la fuerza se realiza en la
debilidad.
EN LAS MANOS DE DIOS PONE EL TIEMPO PASADO EN GRANADA
No puedo, en efecto, ni me toca otra cosa, sino presumir de mi
debilidad. Podéis fiar y aceptar sin reserva lo que os digo, que Cristo
vino al mundo para salvar a los pecadores y yo soy el primero. De esto
también soy testigo. Que Dios mire compasivo mi debilidad y mi pecado, que
venga en mi ayuda y me salve, ya que sin Él no puedo hacer nada, y al
mismo tiempo, confieso con las palabras del Ángel Gabriel en la
Anunciación que, para Él nada hay imposible. Soy testigo de la verdad de
las palabras de San Pedro que hoy hemos escuchado. Dios ha tenido y tiene
mucha paciencia conmigo, porque no quiere que nadie perezca, sino que
todos, yo el primero, se convierta. Eso es lo que me pide, que me
convierta, que vuelva con el auxilio de su gracia sin cesar a Él, y que
desaparezca de mi vida, lo que es realidad caduca y muerta, para que se
torne santa y piadosa.
Como he dicho en estos días, el tiempo pasado entre vosotros, y con
vosotros, lo pongo en las manos de Dios y lo dejo a su juicio que siempre,
espero, será un juicio verdadero y justo, y en ningún momento dejará de
ser misericordioso. Por esto mismo, apoyado en vosotros, acudo a Él , rico
en clemencia y perdón para los pecadores, para que una vez más se
compadezca de mi, se apiade de mi y de mis infidelidades, ante tanto amor
suyo en estos años. Confieso que más allá de las sombras, infidelidades
torpezas y pecados propios, abundan más la gracia del Señor a través de
caminos insospechados y solos conocidos por Él.
Así Él, permitidme que lo diga con llaneza sincera, ha podido lucirse
aún más en mi persona y en mis obras. De Él me he fiado, y con la fuerza
de su Espíritu Santo, confío en fiarme siempre, para no hacer otra cosa
que su voluntad, como reza mi lema episcopal, o mejor aún como responde la
Virgen María a la petición de Dios: aquí está la esclava del Señor, hágase
en mi según tu palabra. Asociados en mi acción de gracias y súplica de
perdón, permitidme ahora, que con todo mi corazón os exprese mi más hondo
agradecimiento, hermanos obispos, hermanos sacerdotes, monjas
contemplativas, religiosos-as, personas consagradas, fieles seglares,
alcalde, ayuntamiento, pueblo de Granada y autoridades; os agradezco
emocionado y conmovido a todos, vuestra presencia hoy en esta celebración
y todo cuanto habéis sido y hecho conmigo. Reunidos ahora, sois la
expresión de lo que habéis sido estos años para mí. Por eso, mis queridos
hermanos y amigos, gracias por vuestro afecto y cariño, gracias por la
cercanía y el acompañamiento, gracias por vuestro trabajo y colaboración,
gracias por vuestras ilusiones y esfuerzo, gracias por vuestra oración,
gracias por todo.
GRANADA SE VIENE CONMIGO Y YO ME QUEDO EN GRANADA
Siempre que rezo por vosotros, y lo hago cotidianamente, lo hago con
alegría, porque habéis sido de verdad, colaboradores míos en la obra del
Evangelio desde el primer día hasta hoy. Estoy convencido de que Cristo
mismo lleva, y llevará adelante, la empresa buena que Él ha originado en
vosotros, gracias, muchísimas gracias, y con esta palabra os lo expreso
todo. También necesito de vuestro perdón, debo pediros perdón, lo hago de
todo corazón, porque soy muy consciente ante Dios, ante cuya presencia no
cabe ocultamiento ni engaño, de que el ejercicio del Ministerio Episcopal
puede llevar consigo a veces inevitables roces, omisiones, incomprensiones
y tantas cosas que no agradan a Dios y dañan a los hermanos.
Perdón por el mal ejemplo, por el insuficiente testimonio y fuerza
Evangélica que os haya podido dar, perdón por todo aquello que pudiera
haber ofendido a Dios o a vosotros, por el daño que os haya podido causar
o el bien que haya dejado de hacer. No quiero separarme de vosotros sin
vuestro perdón, sin el abrazo de la paz y la reconciliación con todos.
También en esto, mis queridos hermanos y amigos, brilla en vosotros la
bondad de Dios en quien creéis, a quien amáis y de quien os fiáis, esa
bondad de Dios se refleja en vosotros que tenéis un corazón grande y unas
entrañas de misericordia y caridad dispuestas para perdonar siempre,
disculpar y comprender en todo momento. Que Dios os lo pague y muestre con
vosotros de esa misma caridad que me mostráis con vuestro perdón. Todo
acontece bajo la providencia de Dios, el hecho de que la Eucaristía en la
que me despido de toda esta queridisima Diócesis de Granada, la celebramos
en la fiesta de la Inmaculada, tiene todo un sentido especial en estos
momentos para nosotros, en Ella ha brillado como en ninguna criatura
humana la gracia del Señor, en Ella hacemos memoria agradecida por las
grandes obras que el Señor ha hecho con su humilde sierva y con la
humillada humanidad, en Ella vemos y palpamos, reconocemos y admirados la
total fidelidad, de Ella asimismo aprendemos que la memoria debe
convertirse en fidelidad para no traicionar el don, debe convertirse en
responsabilidad para no malgastar el don, debe convertirse en asombro del
alma ante la grandeza y la gratuidad del don recibido.
En fin, la memoria que hacemos hoy, debe convertirse en gratitud,
alabanza y adoración sin fin, al Dador de todo don, Dios rico en piedad y
misericordia. La Virgen María ha dado el sí a Dios más grande y decisivo
que nadie, concebido de hombre y de mujer, haya dado a lo largo de la
historia; tan grande y decisivo, que de ese sí, ha dependido la salvación
y la esperanza del mundo entero, un sí lleno de gozo y de confianza. María
llena de gracia, toda Santa, Virgen Inmaculada, ha vivido toda su vida en
una apertura total a Dios, en perfecta armonía con su voluntad, la que no
tocó el pecado primero, ni gustó jamás de la amargura ni fuerza
destructora del pecado, vivió como humilde esclava pendiente de su Señor,
en entera sumisión y en obediencia fiel al que ha hecho obras grandes en
Ella y por Ella. Y esto siempre, incluso en los momentos más difíciles,
que alcanzaron su cumbre junto a la cruz. Ella ha puesto toda su vida en
manos de Dios...
ABRID LAS PUERTAS A CRISTO: SE LLEVA LA CRUZ
Mirad a Cristo y seguidle, en Él tenemos todo el gozo, en Él solo está
la vida, Él es el rostro de Dios. Por eso, en estos momentos, no tengamos
miedo, abrid las puertas a Cristo, al Redentor... Terminó - Monseñor
Cañizares- dirigiendo la mirada a la Virgen, bajo la advocación de Virgen
de las Angustias. Y en este sentido, dijo: Le pido que vuelva sobre todos
nosotros sus ojos. A ella, confiamos el presente y el futuro de Granada.
Por su parte, el Vicario General, don Miguel Peinado, le dijo: Nosotros
en Granada, nos quedamos con el fruto de su espíritu, y le decimos gracias
por su dedicación y entrega. Váyase contento con la fidelidad del siervo
de Dios. Que Jesucristo, el dueño de su vida, su maestro, su guía, su
Todo, le siga abrazando con fuerza para que siga llevando con mucha
alegría su cruz, y por eso le hemos regalado esta cruz artesana de
Granada, que la lleve a Toledo. Con esa cruz en el corazón; surgió una
explosión de palmas en la Catedral que duró por espacio de varios minutos.
LA PERSONA Y SU PRÓXIMA ENTRADA EN TOLEDO
Monseñor Cañizares está considerado como un gran teólogo y pastor,
humilde y dialogante, muy espiritual y con gran receptividad por los
sufrimientos de la gente. Dicen que es un obispo muy completo:
inteligente, santo, con capacidad de gobierno, buen comunicador y
entregado a su misión; apenas duerme cinco horas al día. En el aspecto
personal, Antonio Cañizares destaca por su bondad y humildad natural.
Tanto en las diócesis de Ávila, como en la de Granada, ha demostrado gran
capacidad de gobierno pastoral y valentía en la toma de decisiones.
También se le considera un gran emprendedor y buen gestor. No en vano
inicio la andadura de la Universidad Católica de Ávila, así como la
supervisión de la Universidad Católica de Murcia.
Al final, en suma, nos exhortó a todos a seguir confiando en la
victoria de la cruz, a la vez que condenó enérgicamente la cultura de la
muerte, y fue el primero en pedir perdón, como se puede leer en sus
palabras, por las inevitables imperfecciones que hubiese podido tener como
persona humana. Toda su homilía, pues, estuvo cuajada de gratitud y
esperanza hacia el pueblo de Granada. Con estos sentimientos y fervientes
deseos, y como prenda del consuelo divino, de todo corazón impartió la
bendición con indulgencia plenaria.
Su próxima entrada en Toledo, será a las 17.00 horas del mismo día 15
por la Puerta de la Bisagra, será recibido por las principales autoridades
políticas y religiosas manchegas, entre ellas el presidente de la Junta de
Castilla-La Mancha, José Bono; el alcalde de Toledo, José Manuel Molina, y
el nuncio de la Santa Sede en España, Manuel Monteiro, además de los
canónigos de esa Catedral. Una amplia Delegación de Granada, tenemos
constancia, que ya va camino de la ciudad de Toledo para estar con el
Pastor.
Ya se sabe, conocemos el lema de su vida y de su episcopado: "hágase tu
voluntad". No desea otra cosa, en efecto, que llevar a cabo lo que Dios
quiere. Con esa actitud, auxiliado por la divina gracia, estará con ellos,
pero en Granada, el domingo quince, le echaremos en falta en la Catedral,
y tendremos ese sentimiento agridulce que refrendó el alcalde de Granada.
No nos olvide.
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