Evangelio tal cual
Miguel Rivilla San Martín
Es difícil de contener el asombro, no exento de irritación, que
produce el comprobar el atrevimiento que muestran ciertos predicadores y
escritores eclesiásticos, al presentar a la audiencia, un evangelio
manipulado y hasta mutilado.
Es difícil de contener el asombro, no exento de irritación, que produce
el comprobar el atrevimiento que muestran ciertos predicadores y
escritores eclesiásticos, al presentar a la audiencia, un evangelio
manipulado y hasta mutilado. Es sabido por todos, desde el más recién
iniciado en materia religiosa, hasta el más conspicuo teólogo católico,
que nada ni nadie está por encima de la Palabra de Dios, revelada en el
evangelio.
Ahora bien, con una ligereza suma y un atrevimiento inaudito, quizás,
con el deseo inconfeso de congraciarse con el auditorio, de no molestar a
nadie, de no herir sensibilidades, de adaptarse al mundo moderno, hay
predicadores y escritores que liman toda arista de aspereza, exigencia,
condena, radicalidad y hasta de anatemas que hay en el evangelio. Les
resulta más fácil y halagador, presentar un mensaje edulcorado,
descafeinado, descomprometido, placentero y que no exija un serio cambio
de vida o conversión. Para muchos el evangelio es solo uno más de los
humanismos en boga, desprovisto de trascendencia y de interpelación
personal y comunitaria.
Flaco servicio se hace a los fieles, a la Iglesia, a la sociedad y
sobre todo a LA VERDAD con esta postura y tendencia sectaria que califico
de traición al mismo Cristo.
Recuerdo la exhortación del amable Francisco de Asís, cuando se dirigía
a sus hermanos de religión y les conminaba diciendo: “Hermanos míos, vivid
el evangelio sine glosa, sine glosa”.
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