La Tolerancia
Baldo Garza
Tolerancia es uno de los vocablos más representativos del pensamiento
mexicano y de la expresión democrática de la sociedad mexicana. Se ha
convertido en un término sagrado que no deja, sin embargo, de ser ambiguo
y falto de profundidad.
México es un país que recientemente ha comenzado a coquetear con la
democracia, sin embargo, sus galanteos han sido insuficientes como para
conseguir que dicha dama caiga rendida a los pies del sistema político
mexicano. Ya Enrique Krauze pugnaba por que naciera en México una
democracia libre de cualquier clase de adjetivos que la mal presentaran o
la limitaran, sin embargo, la democracia mexicana sigue siendo como muchas
cosas hechas en México una especie única en su género, es decir, algo sui
generis.
La primera pretensión mexicana y que forma parte de la diatriba
política de casi todos los partidos es el estado de derecho; según este
término, lo que define el actuar del gobierno y la definición de las leyes
mexicanas son los derechos de los mexicanos. No obstante, esto es algo
contradictorio, ya que la Constitución de 1917 en su primer artículo dice
que las garantías individuales son otorgadas por la Constitución misma, lo
cual va en detrimento de una sana concepción de las relaciones del
individuo y del Estado.
Me explico, en una sociedad sana, los derechos humanos se reconocen no
se otorgan, ya que toda legislación parte del hecho de que dentro de la
naturaleza humana existe algo que hace al ser humano digno de un respeto
intrínseco que todos están absolutamente obligados a respetar. Por lo
tanto, los derechos humanos son el punto de partida de un auténtico estado
de derecho. La Constitución yerra al llamar garantías individuales a los
derechos humanos y su yerro es mayor cuando ella pretende otorgar unos
derechos que son intrínsecos a la naturaleza humana.
Aunado al estado de derecho y como consecuencia obligatoria esta la ley
como imperio de la norma que equilibra todas las relaciones sociales.
Si nos preguntamos ¿qué es lo específicamente humano?, es decir, dónde
radica la dignidad del ser humano, tal vez, como buenos cristianos podamos
responder que la dignidad humana se funda en nuestro ser imagen y
semejanza de Dios; a ello agregaríamos la condición de hijos de Dios,
templos del Espíritu Santo venido por el sacramento del Bautismo y nuestra
comunión divina mediante la Iglesia por nuestra participación en el
Banquete de la Eucaristía. Esta respuesta sería del todo satisfactoria de
no ser porque vivimos en un mundo laicista que cuestiona todo lo que esté
ligado a la fe, a la Iglesia Católica y a dogmas incomprensibles para
muchos grupos que se llaman ateos, masones o agnósticos.
Por tanto, nuestra reflexión debe estar iluminada por la fe, pero no
debe ceñirse a ella ya que Dios está más allá de nuestro pensamiento.
Volviéndonos a preguntar sobre lo específicamente humano descubrimos
que los seres humanos somos los únicos conscientes de ser depósito de un
“yo”; ese yo es sujeto de la historia de cada individuo, pero la historia
de cada individuo es trascendida por cada individuo; es decir, a
diferencia de todos los demás seres, los humanos tenemos conciencia del
pasado, vivimos en el presente al igual que el resto de las demás
criaturas, pero planeamos, soñamos y construimos nuestro futuro. Los
humanos somos los únicos que tenemos historia pues ésta es reflexión sobre
nuestro pasado para entender nuestro presente y proyectar nuestro futuro.
Por otra parte, los seres humanos somos los únicos que tenemos intenciones
en lo que hacemos y estas intenciones van desde lo útil hasta lo amado. Un
animal cualquiera, un depredador, por ejemplo, puede ver un conejo, pero
su relación se define por la utilidad alimenticia, en cambio, un ser
humano puede tener un conejo para comerlo, para estudiarlo, para criarlo,
para reproducirlo o para amarlo. Los demás animales no tienen propósitos
ni intenciones. Estas capacidades humanas son las que hicieron que
surgieran el arte, la literatura, la religión, la política, la filosofía y
las ciencias.
Ahora bien, el ser humano es sujeto de su historia y de su vida, pero
sus capacidades lo han hecho capaz de trascenderse a sí mismo, de tal modo
que es capaz de salir de sí mismo para encontrarse con el otro. Pero esta
trascendencia es algo gratuito, ya que nadie tiene la obligación de abrir
su vida interior a los demás, pues su yo interior es lo más sagrado que
cada ser humano posee. Si el dueño de una vida determinada no me abre su
interior tendré muchas limitantes para conocerlo y por consiguiente para
amarlo. Por lo cual podemos concluir que, lo específicamente humano es la
capacidad para abrir nuestra vida interior a los demás y dejar que los
demás puedan conocerme tal cual soy. Pero cada “yo” es tan digno de
respeto como cualquier yo; es decir, nadie es más digno de respeto que
otro porque cada trascendencia es una donación de lo más sagrado que cada
quien posee. Así pues, la dignidad humana y los derechos humanos radican
en que como cada trascendencia merece respeto y como todas las
trascendencias son iguales en dignidad se impone la obligación de tratar
con respeto y reverencia a cada ser humano.
Así que si analizamos el término tolerancia lo único que podemos sacar
en conclusión es que tolerancia es la medida mínima del respeto, pero, no
se puede sólo tolerar lo que en sí mismo es un don gratuito que cada
individuo hace al abrir su vida interior a la auscultación de los demás.
En la convivencia con los demás la primera norma es el respeto y éste no
está supeditado a nada, es decir, es mentira la expresión que dice que
para ser respetado hay que ganarse el respeto; el derecho a ser respetado
se ganó en el momento mismo de la concepción en el vientre de nuestra
madre, y a partir de ese momento merecemos ser respetados. Por otra parte,
el uso del adjetivo “tolerante” conlleva siempre acusaciones escondidas
tanto a quien se dice tolerante como a quienes se descalifican por ser
intolerantes. En otras palabras, si yo me digo “tolerante” me defiendo
como tolerante, pero a la vez me acuso de intolerante porque el término
tiende a crear dicotomías maniqueas, es decir, divide el mundo en buenos y
malos o, en este caso, en tolerantes e intolerantes. Pero si yo me defino
como tolerante, estoy llamando intolerantes a quienes no son como yo, y al
llamarlos intolerantes me convierto a la vez en intolerante porque no
estoy tolerando a los intolerantes.
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