Un hogar para vivir
No es necesario estar en la calle para sentir la carencia de un hogar
para vivir, pues muchos añoran una verdadera familia porque les parece
experimentar en su vida cotidiana, que la casa y los familiares con los
que comparte no forman un verdadero hogar.
Si hay algo por lo que nos causa profunda tristeza la situación de los
niños que viven en la calle, es la tragedia de un ser humano en
crecimiento con mucha necesidad de apoyo y que se ve privado del más
mínimo calor humano, desprotegido y a merced de todos los peligros habidos
y por haber para su cuerpo y para su alma. No tiene un hogar que lo acoja
y lo proteja. No se trata simplemente de unas paredes y un techo, lo que a
ese niño le falta es una familia. Esta dramática situación que parece
agravarse es una de las consecuencias de la profunda crisis que vive la
institución familiar. No es necesario estar en la calle para sentir la
carencia de un hogar para vivir, pues muchos añoran una verdadera familia
porque les parece experimentar en su vida cotidiana, que la casa y los
familiares con los que comparte no forman un verdadero hogar.
Efectivamente, si a la familia le falta uno de los miembros principales
como el papá o la mamá, o es sustituido por alguien que para los hijos
difícilmente dejará de ser un extraño, un padrastro o madrastra; si no
existe buena comunicación o los conflictos son algo continuo, si se ha
sufrido un divorcio o quizás dos, si ya fue ensombrecida la confianza con
la visita del ingrato huésped del adulterio, podrá ser “eso” una familia,
con todo lo entrañable y maravilloso que encierra esa palabra.
La familia es el santuario del amor y de la vida. Santuario por ser
algo querido por Dios, porque El desea formar parte de esa pequeña
comunidad, quiere habitar en ella, auxiliarla y bendecirla continuamente,
porque el amor procede de Dios y la vida es un don divino sagrado e
inviolable. Del amor porque su origen es el amor de un hombre y una mujer
que deciden compartir para siempre su existencia, y porque ese amor está
llamado a madurar y crecer perennemente. También porque en ella aprenden
los hijos a amar al recibir el amor materno y paterno y compartirlo como
hermanos, compartiéndolo todo y sacrificándose los unos por los otros. De
la vida porque la vida humana debe ser engendrada, nacer y crecer en el
seno familiar, porque los padres necesitan hijos y los hijos necesitan
padres.
Sin familia sana no hay salud social, ni alegría, ni ganas de vivir.
Cuando uno no se siente valorado, ni comprendido, cuando los cercanos sólo
ocupan un lugar a mi lado, pero no me siento acompañado por ellos en el
camino de la vida, el corazón se llena de amarguras y resentimientos, de
desconfianzas que brotan en violencias verbales o incluso físicas. La
única salvación para el que no ha aprendido a amar en su familia es
encontrar a alguien (Dios, otros familiares, buenos amigos, compañeros)
con los que entable una relación de verdadera amistad, que le enseñen a
amar y a sentirse amado.
Es muy posible que no estén en tus manos los destinos de la nación o
del mundo, pero seguramente, tú y yo podemos hacer algo por mejorar
nuestro hogar y por fomentar a nuestro alrededor una mentalidad que
favorezca los valores familiares de ayer, de hoy y de siempre, en aras de
sanear y hacer resurgir la institución matrimonial donde se cimienta la
recta educación de las próximas generaciones y en definitiva el futuro de
la sociedad. Eso significa entrar en una guerra sin cuartel contra las
grandes plagas que la amenazan: el concubinato, que alimenta la
inestabilidad y la falta de compromiso, el divorcio que promueve la
ruptura y la división, el adulterio que siembra la traición y mata el
amor, y el aborto que es un atentado cruel contra la vida humana en sus
comienzos.
Finalmente, la familia es llamada “iglesia doméstica” porque debe ser
también escuela de oración, donde se transmite la fe de padre a hijos como
lo más natural, como parte de nuestro ser hombre espirituales y corporales
con necesidades materiales y convicciones morales y religiosas. Familia
que reza unida permanece unida. Oremos intensamente por la familia para
que todos tengamos un hogar donde vivir en paz.
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