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Un hogar para vivir

Pbro. Roberto Visier - cenaculost@cantv.net 

No es necesario estar en la calle para sentir la carencia de un hogar para vivir, pues muchos añoran una verdadera familia porque les parece experimentar en su vida cotidiana, que la casa y los familiares con los que comparte no forman un verdadero hogar.

Si hay algo por lo que nos causa profunda tristeza la situación de los niños que viven en la calle, es la tragedia de un ser humano en crecimiento con mucha necesidad de apoyo y que se ve privado del más mínimo calor humano, desprotegido y a merced de todos los peligros habidos y por haber para su cuerpo y para su alma. No tiene un hogar que lo acoja y lo proteja. No se trata simplemente de unas paredes y un techo, lo que a ese niño le falta es una familia. Esta dramática situación que parece agravarse es una de las consecuencias de la profunda crisis que vive la institución familiar. No es necesario estar en la calle para sentir la carencia de un hogar para vivir, pues muchos añoran una verdadera familia porque les parece experimentar en su vida cotidiana, que la casa y los familiares con los que comparte no forman un verdadero hogar.

Efectivamente, si a la familia le falta uno de los miembros principales como el papá o la mamá, o es sustituido por alguien que para los hijos difícilmente dejará de ser un extraño, un padrastro o madrastra; si no existe buena comunicación o los conflictos son algo continuo, si se ha sufrido un divorcio o quizás dos, si ya fue ensombrecida la confianza con la visita del ingrato huésped del adulterio, podrá ser “eso” una familia, con todo lo entrañable y maravilloso que encierra esa palabra.

La familia es el santuario del amor y de la vida. Santuario por ser algo querido por Dios, porque El desea formar parte de esa pequeña comunidad, quiere habitar en ella, auxiliarla y bendecirla continuamente, porque el amor procede de Dios y la vida es un don divino sagrado e inviolable. Del amor porque su origen es el amor de un hombre y una mujer que deciden compartir para siempre su existencia, y porque ese amor está llamado a madurar y crecer perennemente. También porque en ella aprenden los hijos a amar al recibir el amor materno y paterno y compartirlo como hermanos, compartiéndolo todo y sacrificándose los unos por los otros. De la vida porque la vida humana debe ser engendrada, nacer y crecer en el seno familiar, porque los padres necesitan hijos y los hijos necesitan padres.

Sin familia sana no hay salud social, ni alegría, ni ganas de vivir. Cuando uno no se siente valorado, ni comprendido, cuando los cercanos sólo ocupan un lugar a mi lado, pero no me siento acompañado por ellos en el camino de la vida, el corazón se llena de amarguras y resentimientos, de desconfianzas que brotan en violencias verbales o incluso físicas. La única salvación para el que no ha aprendido a amar en su familia es encontrar a alguien (Dios, otros familiares, buenos amigos, compañeros) con los que entable una relación de verdadera amistad, que le enseñen a amar y a sentirse amado.

Es muy posible que no estén en tus manos los destinos de la nación o del mundo, pero seguramente, tú y yo podemos hacer algo por mejorar nuestro hogar y por fomentar a nuestro alrededor una mentalidad que favorezca los valores familiares de ayer, de hoy y de siempre, en aras de sanear y hacer resurgir la institución matrimonial donde se cimienta la recta educación de las próximas generaciones y en definitiva el futuro de la sociedad. Eso significa entrar en una guerra sin cuartel contra las grandes plagas que la amenazan: el concubinato, que alimenta la inestabilidad y la falta de compromiso, el divorcio que promueve la ruptura y la división, el adulterio que siembra la traición y mata el amor, y el aborto que es un atentado cruel contra la vida humana en sus comienzos.

Finalmente, la familia es llamada “iglesia doméstica” porque debe ser también escuela de oración, donde se transmite la fe de padre a hijos como lo más natural, como parte de nuestro ser hombre espirituales y corporales con necesidades materiales y convicciones morales y religiosas. Familia que reza unida permanece unida. Oremos intensamente por la familia para que todos tengamos un hogar donde vivir en paz.

 
 

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