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El papado ( I )

Pbro. Roberto Visier - cenaculost@cantv.net 

Seguramente a los que miran a la Iglesia como una mera institución humana, como un poder fáctico mas en el equilibrio de fuerzas y poderes de este mundo, una de las cosas que más les llama la atención es esa “monarquía” inquebrantable de los papas.

Seguramente a los que miran a la Iglesia como una mera institución humana, como un poder fáctico mas en el equilibrio de fuerzas y poderes de este mundo, una de las cosas que más les llama la atención es esa “monarquía” inquebrantable de los papas. Una organización mundial que tiene 2.000 años y con una férrea jerarquía que se ha mantenido igual en lo esencial. Los más críticos comenzarán a tildar a la Iglesia de antidemocrática o caerán en el tópico del poder y riqueza inconmensurable de los Papas.

Pero bueno, la autoridad existe en toda sociedad humana, ¿por qué la Iglesia tendría que carecer de ella? Siempre tiene que haber alguien que mande, que coordine, que dirija, que tenga la última palabra en las decisiones. Para eso está el alcalde, el ministro, el presidente, el obispo y el Papa. Sólo decir que el sistema papal existe desde hace tantos siglos basta para reconocer que, como modo de gobierno, la jerarquía de la Iglesia funciona. Nada ni nadie la ha podido tumbar. Eso sin duda requiere una explicación más que humana, sobrenatural. El imperio romano luchó contra la Iglesia y el cristianismo acabó siendo la religión oficial del imperio. Más aun, el imperio cayó, su tiempo pasó, pero el tiempo de la Iglesia continua.

Intentemos buscar un por qué. Jesús, gran conocedor de la psicología humana, sabía que el mejor modo de preservar la unidad y integridad de su enseñanza (es decir que no se desfigurara con el tiempo), era cimentar la Iglesia en una sola persona a la que dio autoridad sobre todos los demás. De este modo dijo a S. Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará, te daré las llaves del Reino de los cielos y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt. 16,18 ) y después de la resurrección le pide que “apaciente su rebaño” (Jn. 21) y ya antes le había encomendado que confirmara en la fe a sus hermanos cuando se levantara de su caída (Lc.22,32).

Por tanto para el que cree en el Evangelio está fuera de toda duda la singular autoridad que tenía S. Pedro y que también se manifiesta en el libro de los hechos de los apóstoles cuando dirige la palabra en nombre de todos el día de Pentecostés o en su intervención en el concilio de Jerusalén (Hech.1; 15,7). El mismo libro nos cuenta como debido a la defección de Judas Iscariote decidieron nombrar alguien que lo sustituyera. Dieron varios candidatos y después echaron suertes siendo elegido Matías (Hech. 1,14-26). Ahora bien, si hubo un sustituto de Judas, ¿por qué no habría de tener también un sucesor S. Pedro? La importante institución de los apóstoles como continuadores de la obra de Jesús con una autoridad muy especial, ¿estaba llamada a desaparecer con la desaparición de estos? No parece lógico.

La asistencia del Espíritu Santo a los Papas para preservar a la Iglesia del error era algo necesario. De hecho los que se han separado de la obediencia al Papa han sido semillas de división; la división terrible que viven los cristianos en la actualidad, con miles de sectas cristianas. Es curiosísimo que de la larga lista de más de 250 papas, unos santos y otros no tanto, unos muy pobres y otros más ricos, unos demasiado jóvenes y otros demasiado viejos, unos de muy buena salud y otros de salud precaria; ninguno le haya dado por enseñar doctrinas extrañas al evangelio, extravagancias personales. Es así, la enseñanza de la Iglesia, de los Papas, la tradición es coherente, ininterrumpida, formando un cuerpo doctrinal asombrosamente entrelazado, sólido y lógico.

No podemos menos de alegrarnos grandemente por los excelentes Papas que nos ha prodigado el cielo en el pasado S. XX y que fueron precedidos por grandes Papas en el siglo XIX, como el recientemente beatificado Pío IX o el profético León XIII que hizo impresionantes pronósticos sobre los problemas que traerían al mundo moderno el capitalismo y el comunismo. Los obispos se eligen entre los sacerdotes más destacados, preparados y exitosos en la misiones que se les han encomendado. De entre los obispos de más experiencia y cualidades el Papa va eligiendo a los cardenales. Ellos mismos elegirán al nuevo Papa que suele ser uno de ellos mismos. Este modo de actuar no tiene nada de despotismo papal; el Sumo Pontífice no puede conocer a todos los sacerdotes del mundo, ni a todos los obispos, aun cuando se entrevista con cada uno en la periódica llamada visita “ad Limina”, por ello escucha el parecer de los sacerdotes y obispos por medio de los Nuncios que también tiene en cuenta la aceptación de los prelados por parte del pueblo fiel. El perfil de un Papa es la de un hombre de grandes dotes intelectuales, de amplia cultura general y gran preparación académica. Un hombre anciano y experimentado que puede provenir de cualquier estrato social. El Papa bueno, el beato Juan XXIII era hijo de campesinos, como el Papa S. Pío X. El Papa Juan Pablo II hijo de un militar sencillo. Bien conocido es el duro camino que tuvo que recorrer hasta sentarse en la silla pontificia. Pío XII era conocido como un hombre superdotado de memoria prodigiosa, de impresionante personalidad.

 
 

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