El papado ( I )
Seguramente a los que miran a la Iglesia como una mera institución
humana, como un poder fáctico mas en el equilibrio de fuerzas y poderes de
este mundo, una de las cosas que más les llama la atención es esa
“monarquía” inquebrantable de los papas.
Seguramente a los que miran a la Iglesia como una mera institución
humana, como un poder fáctico mas en el equilibrio de fuerzas y poderes de
este mundo, una de las cosas que más les llama la atención es esa
“monarquía” inquebrantable de los papas. Una organización mundial que
tiene 2.000 años y con una férrea jerarquía que se ha mantenido igual en
lo esencial. Los más críticos comenzarán a tildar a la Iglesia de
antidemocrática o caerán en el tópico del poder y riqueza inconmensurable
de los Papas.
Pero bueno, la autoridad existe en toda sociedad humana, ¿por qué la
Iglesia tendría que carecer de ella? Siempre tiene que haber alguien que
mande, que coordine, que dirija, que tenga la última palabra en las
decisiones. Para eso está el alcalde, el ministro, el presidente, el
obispo y el Papa. Sólo decir que el sistema papal existe desde hace tantos
siglos basta para reconocer que, como modo de gobierno, la jerarquía de la
Iglesia funciona. Nada ni nadie la ha podido tumbar. Eso sin duda requiere
una explicación más que humana, sobrenatural. El imperio romano luchó
contra la Iglesia y el cristianismo acabó siendo la religión oficial del
imperio. Más aun, el imperio cayó, su tiempo pasó, pero el tiempo de la
Iglesia continua.
Intentemos buscar un por qué. Jesús, gran conocedor de la psicología
humana, sabía que el mejor modo de preservar la unidad y integridad de su
enseñanza (es decir que no se desfigurara con el tiempo), era cimentar la
Iglesia en una sola persona a la que dio autoridad sobre todos los demás.
De este modo dijo a S. Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré
mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará, te daré las llaves del
Reino de los cielos y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y
lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt. 16,18 ) y
después de la resurrección le pide que “apaciente su rebaño” (Jn. 21) y ya
antes le había encomendado que confirmara en la fe a sus hermanos cuando
se levantara de su caída (Lc.22,32).
Por tanto para el que cree en el Evangelio está fuera de toda duda la
singular autoridad que tenía S. Pedro y que también se manifiesta en el
libro de los hechos de los apóstoles cuando dirige la palabra en nombre de
todos el día de Pentecostés o en su intervención en el concilio de
Jerusalén (Hech.1; 15,7). El mismo libro nos cuenta como debido a la
defección de Judas Iscariote decidieron nombrar alguien que lo
sustituyera. Dieron varios candidatos y después echaron suertes siendo
elegido Matías (Hech. 1,14-26). Ahora bien, si hubo un sustituto de Judas,
¿por qué no habría de tener también un sucesor S. Pedro? La importante
institución de los apóstoles como continuadores de la obra de Jesús con
una autoridad muy especial, ¿estaba llamada a desaparecer con la
desaparición de estos? No parece lógico.
La asistencia del Espíritu Santo a los Papas para preservar a la
Iglesia del error era algo necesario. De hecho los que se han separado de
la obediencia al Papa han sido semillas de división; la división terrible
que viven los cristianos en la actualidad, con miles de sectas cristianas.
Es curiosísimo que de la larga lista de más de 250 papas, unos santos y
otros no tanto, unos muy pobres y otros más ricos, unos demasiado jóvenes
y otros demasiado viejos, unos de muy buena salud y otros de salud
precaria; ninguno le haya dado por enseñar doctrinas extrañas al
evangelio, extravagancias personales. Es así, la enseñanza de la Iglesia,
de los Papas, la tradición es coherente, ininterrumpida, formando un
cuerpo doctrinal asombrosamente entrelazado, sólido y lógico.
No podemos menos de alegrarnos grandemente por los excelentes Papas que
nos ha prodigado el cielo en el pasado S. XX y que fueron precedidos por
grandes Papas en el siglo XIX, como el recientemente beatificado Pío IX o
el profético León XIII que hizo impresionantes pronósticos sobre los
problemas que traerían al mundo moderno el capitalismo y el comunismo. Los
obispos se eligen entre los sacerdotes más destacados, preparados y
exitosos en la misiones que se les han encomendado. De entre los obispos
de más experiencia y cualidades el Papa va eligiendo a los cardenales.
Ellos mismos elegirán al nuevo Papa que suele ser uno de ellos mismos.
Este modo de actuar no tiene nada de despotismo papal; el Sumo Pontífice
no puede conocer a todos los sacerdotes del mundo, ni a todos los obispos,
aun cuando se entrevista con cada uno en la periódica llamada visita “ad
Limina”, por ello escucha el parecer de los sacerdotes y obispos por medio
de los Nuncios que también tiene en cuenta la aceptación de los prelados
por parte del pueblo fiel. El perfil de un Papa es la de un hombre de
grandes dotes intelectuales, de amplia cultura general y gran preparación
académica. Un hombre anciano y experimentado que puede provenir de
cualquier estrato social. El Papa bueno, el beato Juan XXIII era hijo de
campesinos, como el Papa S. Pío X. El Papa Juan Pablo II hijo de un
militar sencillo. Bien conocido es el duro camino que tuvo que recorrer
hasta sentarse en la silla pontificia. Pío XII era conocido como un hombre
superdotado de memoria prodigiosa, de impresionante personalidad.
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