El papado ( II )
En la actualidad el Vaticano carece de todo poderío militar,
geográfico o demográfico. Su autoridad es meramente religiosa y moral. Su
voz resuena como la conciencia del mundo occidental marcado por la fe
cristiana.
¿Se imaginan a los cardenales u obispos haciendo campaña electoral por
todo el mundo para ser elegidos Papas por la multitud de católicos? Yo
desde luego no me lo imagino y me da terror imaginar a la Iglesia envuelta
en esas luchas políticas. Siempre en la Iglesia se entremezcla lo humano,
y por tanto imperfecto, con lo divino, y esto hace que sí pueda haber
personas en su seno con afán de poder. Creo sinceramente que una
democratización de la Iglesia, además de estar en contra de la idea de
Iglesia que nos trasmitieron los apóstoles en fidelidad a Jesús,
aumentaría esos afanes de poder propios de la naturaleza humana. Recuerdo
que escuché a un teólogo que ha participado varias veces en los Sínodos de
Obispos convocados en Roma por el Papa. El manifestaba que el trabajo en
estas grandes reuniones de obispos de todo el mundo es inmenso, pues se
tienen en cuenta todas las aportaciones y opiniones de cada obispo que son
entregadas por escrito a todos los presentes. Una participación y
capacidad de escucha que debieran imitar muchos parlamentos democráticos.
Se podrá decir que la Iglesia está atada a su modo jerárquico de
organizarse, o que es oligarca. Si se entiende oligarquía como el gobierno
de los más poderosos no es así, pues cualquiera puede llegar a ser Papa
sin importar su raza, condición social o nacionalidad. El hecho de que le
Papa sea Obispo de Roma ha propiciado una gran cantidad de Papas
italianos, pero ha habido y hay en este momento un Papa no italiano. Si se
considera oligarquía el gobierno de los mejores, de los más preparados y
competentes, entonces sí es así. Pero prefiero eso a dejar la elección de
la máxima autoridad de la Iglesia en manos de una masa votante mundial
incapaz de conocer de veras a los candidatos. Siendo el gobierno
democrático el mejor modo de garantizar un equilibrio político y una
alternancia en el poder y una participación de los ciudadanos en su propio
destino, no deja de ser evidente en todas las democracias modernas las
muchas dificultades de lograr que el voto sea realmente maduro,
responsable y no una manipulación de la opinión pública.
En cuanto al poder actual de la Iglesia hagamos un poco de historia. El
hecho de que el mundo occidental fuera católico propició el crecimiento de
la autoridad moral de los obispos y del Papa, que llegaron a tener grandes
atribuciones en lo civil, como por ejemplo la coronación de los reyes.
Esto fue remitiendo poco a poco Pero a finales del siglo XIX con el
tumultuoso nacimiento de la nación italiana, los estados vaticanos fueron
reducidos a la mínima expresión. Es difícil hacer un juicio histórico
preciso. Es claro que se despojó a la Iglesia de algo que en derecho le
pertenecía desde hacía siglos. Para muchos ese derrumbamiento de los
estados pontificios parecía la caída de la Iglesia. S. Juan Bosco,
contemporáneo de los acontecimientos, que los miraba a través de un prisma
sobrenatural, permaneció totalmente sereno viendo en todo un misterioso
designio de Dios. Así es, en la actualidad el Vaticano carece de todo
poderío militar, geográfico o demográfico. Su autoridad es meramente
religiosa y moral. Su voz resuena como la conciencia del mundo occidental
marcado por la fe cristiana. Su diplomacia no se hace valer por el poderío
de sus aviones o barcos de guerras, ni mucho menos por sus bombas
atómicas, es la fuerza intrínseca del Evangelio de Jesús enseñado y
practicado en y por la Iglesia durante dos milenios.
Refirámonos finalmente a la supuesta riqueza Vaticana. Leía no hace
mucho que el presupuesto del Estado Vaticano es inferior al presupuesto
del Parlamento Italiano. Es decir, los diputados de Italia suponen un
gasto mayor que lo que suponen todos los funcionarios de un Estado
Soberano, aunque minúsculo. Quiero decir que el tópico de que el Papa
“nada en la riqueza” es algo propio de gente ignorante. Es importante
hacer aquí una distinción importante. El evangelio dice: “bienaventurados
los pobres de Espíritu”. Esto se puede traducir en bienaventurados los que
tienen un corazón de pobre, es decir, desprendido, generoso, no apegado a
los bienes materiales. No es rico el que maneja mucho dinero, sino el que
lo malgasta. La condición para ser bienaventurado no es vivir en un
ranchito y caminar con chancletas todo el día. Cuántos hay que con sueldos
irrisorios compran hasta tres o cuatro televisores o adquieren prendas de
oro u otros lujos sin sentido, lo cual es un derroche injustificado,
mientras carecen de otras muchas cosas más importantes.
El poder o los bienes materiales no son malos en sí mismos. Son dos
realidades de nuestro mundo de las que no se puede prescindir. El primero
para salvaguardar el orden (el anarquismo como ausencia de toda autoridad
es un absurdo) y el segundo porque no dejamos de ser materiales aunque
seamos también espirituales: necesitamos comer, dormir, vestir, etc. Es
cierto, no obstante, que el poder y la riqueza son muy peligrosos porque
engendran, por la malicia del corazón humano, la avaricia y despotismo.
Pero también es cierto que bien administrados ambos son la fuente del
progreso y bienestar de la humanidad. Quiero decir que nadie es malo por
tener bienes materiales ni por tener una autoridad. ¿Tendríamos que
concluir que es pecado mortal ser alcalde o empresario? Lo malo es el
abuso de poder y la avaricia, el derroche, la corrupción en el uso de los
bienes del pueblo.
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