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El papado ( II )

Pbro. Roberto Visier - cenaculost@cantv.net 

En la actualidad el Vaticano carece de todo poderío militar, geográfico o demográfico. Su autoridad es meramente religiosa y moral. Su voz resuena como la conciencia del mundo occidental marcado por la fe cristiana.

¿Se imaginan a los cardenales u obispos haciendo campaña electoral por todo el mundo para ser elegidos Papas por la multitud de católicos? Yo desde luego no me lo imagino y me da terror imaginar a la Iglesia envuelta en esas luchas políticas. Siempre en la Iglesia se entremezcla lo humano, y por tanto imperfecto, con lo divino, y esto hace que sí pueda haber personas en su seno con afán de poder. Creo sinceramente que una democratización de la Iglesia, además de estar en contra de la idea de Iglesia que nos trasmitieron los apóstoles en fidelidad a Jesús, aumentaría esos afanes de poder propios de la naturaleza humana. Recuerdo que escuché a un teólogo que ha participado varias veces en los Sínodos de Obispos convocados en Roma por el Papa. El manifestaba que el trabajo en estas grandes reuniones de obispos de todo el mundo es inmenso, pues se tienen en cuenta todas las aportaciones y opiniones de cada obispo que son entregadas por escrito a todos los presentes. Una participación y capacidad de escucha que debieran imitar muchos parlamentos democráticos.

Se podrá decir que la Iglesia está atada a su modo jerárquico de organizarse, o que es oligarca. Si se entiende oligarquía como el gobierno de los más poderosos no es así, pues cualquiera puede llegar a ser Papa sin importar su raza, condición social o nacionalidad. El hecho de que le Papa sea Obispo de Roma ha propiciado una gran cantidad de Papas italianos, pero ha habido y hay en este momento un Papa no italiano. Si se considera oligarquía el gobierno de los mejores, de los más preparados y competentes, entonces sí es así. Pero prefiero eso a dejar la elección de la máxima autoridad de la Iglesia en manos de una masa votante mundial incapaz de conocer de veras a los candidatos. Siendo el gobierno democrático el mejor modo de garantizar un equilibrio político y una alternancia en el poder y una participación de los ciudadanos en su propio destino, no deja de ser evidente en todas las democracias modernas las muchas dificultades de lograr que el voto sea realmente maduro, responsable y no una manipulación de la opinión pública.

En cuanto al poder actual de la Iglesia hagamos un poco de historia. El hecho de que el mundo occidental fuera católico propició el crecimiento de la autoridad moral de los obispos y del Papa, que llegaron a tener grandes atribuciones en lo civil, como por ejemplo la coronación de los reyes. Esto fue remitiendo poco a poco Pero a finales del siglo XIX con el tumultuoso nacimiento de la nación italiana, los estados vaticanos fueron reducidos a la mínima expresión. Es difícil hacer un juicio histórico preciso. Es claro que se despojó a la Iglesia de algo que en derecho le pertenecía desde hacía siglos. Para muchos ese derrumbamiento de los estados pontificios parecía la caída de la Iglesia. S. Juan Bosco, contemporáneo de los acontecimientos, que los miraba a través de un prisma sobrenatural, permaneció totalmente sereno viendo en todo un misterioso designio de Dios. Así es, en la actualidad el Vaticano carece de todo poderío militar, geográfico o demográfico. Su autoridad es meramente religiosa y moral. Su voz resuena como la conciencia del mundo occidental marcado por la fe cristiana. Su diplomacia no se hace valer por el poderío de sus aviones o barcos de guerras, ni mucho menos por sus bombas atómicas, es la fuerza intrínseca del Evangelio de Jesús enseñado y practicado en y por la Iglesia durante dos milenios.

Refirámonos finalmente a la supuesta riqueza Vaticana. Leía no hace mucho que el presupuesto del Estado Vaticano es inferior al presupuesto del Parlamento Italiano. Es decir, los diputados de Italia suponen un gasto mayor que lo que suponen todos los funcionarios de un Estado Soberano, aunque minúsculo. Quiero decir que el tópico de que el Papa “nada en la riqueza” es algo propio de gente ignorante. Es importante hacer aquí una distinción importante. El evangelio dice: “bienaventurados los pobres de Espíritu”. Esto se puede traducir en bienaventurados los que tienen un corazón de pobre, es decir, desprendido, generoso, no apegado a los bienes materiales. No es rico el que maneja mucho dinero, sino el que lo malgasta. La condición para ser bienaventurado no es vivir en un ranchito y caminar con chancletas todo el día. Cuántos hay que con sueldos irrisorios compran hasta tres o cuatro televisores o adquieren prendas de oro u otros lujos sin sentido, lo cual es un derroche injustificado, mientras carecen de otras muchas cosas más importantes.

El poder o los bienes materiales no son malos en sí mismos. Son dos realidades de nuestro mundo de las que no se puede prescindir. El primero para salvaguardar el orden (el anarquismo como ausencia de toda autoridad es un absurdo) y el segundo porque no dejamos de ser materiales aunque seamos también espirituales: necesitamos comer, dormir, vestir, etc. Es cierto, no obstante, que el poder y la riqueza son muy peligrosos porque engendran, por la malicia del corazón humano, la avaricia y despotismo. Pero también es cierto que bien administrados ambos son la fuente del progreso y bienestar de la humanidad. Quiero decir que nadie es malo por tener bienes materiales ni por tener una autoridad. ¿Tendríamos que concluir que es pecado mortal ser alcalde o empresario? Lo malo es el abuso de poder y la avaricia, el derroche, la corrupción en el uso de los bienes del pueblo.

 
 

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