El papado (III)
El Papa es un mero administrador de unos bienes que están al servicio
de la Iglesia y del mundo. El no tiene la libertad para hacer con ellos lo
que quiera. Son un patrimonio de la humanidad que la Iglesia se ha
encargado de cuidar con esmero.
La sociedad religiosa llamada “Iglesia Católica” formada por cientos de
millones de personas, ¿funcionará sin bienes materiales?, ¿queremos que se
reúnan en la calle, que viajen en burro, que se comuniquen con palomas
mensajeras?, ¿qué tiene de malo que existan Iglesias grandes y hermosas,
buenos medios de comunicación, grandes oficinas, imprentas, etc.?,
¿Tenemos los católicos que caminar a pie y con sandalias porque hace dos
mil años Jesús anduvo así? Sí, claro, la basílica de S. Pedro del Vaticano
es grandiosa y bellísima. ¿preferiría usted que fuera fea y que cupieran
cien personas?, ¿fueron malos los Papas del siglo XVI porque quisieron
legar a los católicos y a la humanidad entera una de las mayores obras de
arquitectura de la historia? Con una mentalidad un tanto infantil nos
imaginamos la posibilidad de que el Papa vendiera las riquezas (puro arte)
del Vaticano para ayudar a los pobres ¿piensan acaso que se organice una
rifa? ¿Acaso los bienes del Vaticano son del Papa? El no tiene la libertad
para hacer con ellos lo que quiera, como tampoco podría yo vender una
imagen de la Virgen de mi parroquia para comprarme un reloj de marca. Son
un patrimonio de la humanidad que la Iglesia se ha encargado de cuidar con
esmero.
Lo que quiero decir es que el Papa es un mero administrador de unos
bienes que están al servicio de la Iglesia y del mundo. Los muchos
billetes que pasan por la mano de un cajero no le pertenecen, son del
banco, ni siquiera son del banco sino de todos los que tienen su dinero
allí guardado. Así el Papa dispone de unos bienes y unos medios que son
para que pueda desempeñar su misión como Papa que es una misión universal.
El que sea ignorante de lo que significa ocupar el puesto de Sumo
Pontífice de la Iglesia Católica, sucesor de S. Pedro, se imagina a un
hombre rodeado de honores y riquezas, tumbado y banqueteando
espléndidamente. Como un gran Señor o multimillonario que pasea a caballo
por sus grandes haciendas, se compra prendas de oro y viste según la moda
más reciente y cara, estrena zapatos todas las semanas y carro lujosísimo
todos los meses, que viaja por placer y compra costosísimas obras de arte
para adornar caprichosamente su salón, o su nueva casa o yate. No hombre,
yo le voy a decir qué es un Papa:
El Papa es un hombre que estando ya en edad de descansar, carga con una
grandísima responsabilidad, se somete a un rígido y completísimo horario
de trabajo casi ininterrumpido; descansa poco y ora mucho, casi no tiene
tiempo para sí mismo (exceptuando el tiempo de la oración personal). Es un
hombre entregado en cuerpo y alma a su misión y hasta la muerte, lleno de
preocupaciones; viste siempre igual y por lo que se refiere a los últimos
Papas prescinde de todo lujo. Cuando viaja trabaja, lee o escribe o
aprovecha para entrevistarse con algún prelado para tratar importantes
temas de Iglesia. Todo esto no es ningún secreto, el Papa es un hombre
público. Se conocen todos sus movimientos con detalle, todos los
periodistas que siguen sus viajes saben lo que hace y lo que come, dónde
está y con quién habla. Algo parecido ocurre con todos los hombres o
mujeres que presiden los gobiernos o los grandes organismos
internacionales, están atados a su puesto y obligados a grandes
sacrificios para desempeñar su función. Yo no querría estar en sus
zapatos, su responsabilidad ante Dios y ante los hombres es demasiado
grande.
La Iglesia Católica y el Papa en persona se preocupa mucho por el
desarrollo de los países pobres y por las ayudas a los más necesitados. No
se trata de la idea ridícula de vender lo que parece que sobra, se trata
de invertir a favor de proyectos concretos de desarrollo y de mover las
grandes estructuras económicas, políticas y sociales del mundo para que
sean más justas. La obra social de la Iglesia está a la vista sin
necesidad de salir de Carabobo, pero anotemos una anécdota personal del
Papa. Hace unos diez años el Papa concedió una entrevista con muchas
preguntas de interés que él respondió por escrito de modo amplio. Así se
publicó el libro titulado “Cruzando el umbral de la Esperanza” y que fue
bestseller mundial en pocos días. Todos los pingües beneficios de dichas
superventas los destinó el Papa a proyectos a favor de los pobres. Estoy
convencido de que todo el que conociera con cierto detalle los casi 23
años de pontificado de Juan Pablo II quedaría profundamente admirado. Yo
realmente lo estoy. Gracias Santo Padre.
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