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El papado (III)

Pbro. Roberto Visier - cenaculost@cantv.net 

El Papa es un mero administrador de unos bienes que están al servicio de la Iglesia y del mundo. El no tiene la libertad para hacer con ellos lo que quiera. Son un patrimonio de la humanidad que la Iglesia se ha encargado de cuidar con esmero.

La sociedad religiosa llamada “Iglesia Católica” formada por cientos de millones de personas, ¿funcionará sin bienes materiales?, ¿queremos que se reúnan en la calle, que viajen en burro, que se comuniquen con palomas mensajeras?, ¿qué tiene de malo que existan Iglesias grandes y hermosas, buenos medios de comunicación, grandes oficinas, imprentas, etc.?, ¿Tenemos los católicos que caminar a pie y con sandalias porque hace dos mil años Jesús anduvo así? Sí, claro, la basílica de S. Pedro del Vaticano es grandiosa y bellísima. ¿preferiría usted que fuera fea y que cupieran cien personas?, ¿fueron malos los Papas del siglo XVI porque quisieron legar a los católicos y a la humanidad entera una de las mayores obras de arquitectura de la historia? Con una mentalidad un tanto infantil nos imaginamos la posibilidad de que el Papa vendiera las riquezas (puro arte) del Vaticano para ayudar a los pobres ¿piensan acaso que se organice una rifa? ¿Acaso los bienes del Vaticano son del Papa? El no tiene la libertad para hacer con ellos lo que quiera, como tampoco podría yo vender una imagen de la Virgen de mi parroquia para comprarme un reloj de marca. Son un patrimonio de la humanidad que la Iglesia se ha encargado de cuidar con esmero.

Lo que quiero decir es que el Papa es un mero administrador de unos bienes que están al servicio de la Iglesia y del mundo. Los muchos billetes que pasan por la mano de un cajero no le pertenecen, son del banco, ni siquiera son del banco sino de todos los que tienen su dinero allí guardado. Así el Papa dispone de unos bienes y unos medios que son para que pueda desempeñar su misión como Papa que es una misión universal. El que sea ignorante de lo que significa ocupar el puesto de Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, sucesor de S. Pedro, se imagina a un hombre rodeado de honores y riquezas, tumbado y banqueteando espléndidamente. Como un gran Señor o multimillonario que pasea a caballo por sus grandes haciendas, se compra prendas de oro y viste según la moda más reciente y cara, estrena zapatos todas las semanas y carro lujosísimo todos los meses, que viaja por placer y compra costosísimas obras de arte para adornar caprichosamente su salón, o su nueva casa o yate. No hombre, yo le voy a decir qué es un Papa:

El Papa es un hombre que estando ya en edad de descansar, carga con una grandísima responsabilidad, se somete a un rígido y completísimo horario de trabajo casi ininterrumpido; descansa poco y ora mucho, casi no tiene tiempo para sí mismo (exceptuando el tiempo de la oración personal). Es un hombre entregado en cuerpo y alma a su misión y hasta la muerte, lleno de preocupaciones; viste siempre igual y por lo que se refiere a los últimos Papas prescinde de todo lujo. Cuando viaja trabaja, lee o escribe o aprovecha para entrevistarse con algún prelado para tratar importantes temas de Iglesia. Todo esto no es ningún secreto, el Papa es un hombre público. Se conocen todos sus movimientos con detalle, todos los periodistas que siguen sus viajes saben lo que hace y lo que come, dónde está y con quién habla. Algo parecido ocurre con todos los hombres o mujeres que presiden los gobiernos o los grandes organismos internacionales, están atados a su puesto y obligados a grandes sacrificios para desempeñar su función. Yo no querría estar en sus zapatos, su responsabilidad ante Dios y ante los hombres es demasiado grande.

La Iglesia Católica y el Papa en persona se preocupa mucho por el desarrollo de los países pobres y por las ayudas a los más necesitados. No se trata de la idea ridícula de vender lo que parece que sobra, se trata de invertir a favor de proyectos concretos de desarrollo y de mover las grandes estructuras económicas, políticas y sociales del mundo para que sean más justas. La obra social de la Iglesia está a la vista sin necesidad de salir de Carabobo, pero anotemos una anécdota personal del Papa. Hace unos diez años el Papa concedió una entrevista con muchas preguntas de interés que él respondió por escrito de modo amplio. Así se publicó el libro titulado “Cruzando el umbral de la Esperanza” y que fue bestseller mundial en pocos días. Todos los pingües beneficios de dichas superventas los destinó el Papa a proyectos a favor de los pobres. Estoy convencido de que todo el que conociera con cierto detalle los casi 23 años de pontificado de Juan Pablo II quedaría profundamente admirado. Yo realmente lo estoy. Gracias Santo Padre.

 
 

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