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[AUTOR INVITADO]

Belén y el Calvario

Antonio Montero Moreno, Arzobispo de Mérida-Badajoz

Me resultó, hace años, a un tiempo conmovedor y disparatado un gracioso villancico, no recuerdo si venezolano o argentino, que sonaba así:

Caballitos blancos
hechos de papel
andan por las calles
de Jerusalén.
Vienen preguntando
del Niño Jesús
y todos le dicen
que ha muerto en la cruz.

Siempre lo tarareo con deleite por la Navidad y, año tras año, esos versillos han ido calando en mi interior con más jugo teológico del que yo me sospechaba y ya no los encuentro tan disparatados ni me parecen tan distantes Belén y Jerusalén. Tomen nota de un pequeño detalle topográfico: ambas ciudades bíblicas se encuentran a una corta distancia, 10 kilómetros exactos. Tengan en cuenta también la significación mesiánica de las dos ciudades. Dice San Lucas: "Subió José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, por ser él de la casa y familia, para empadronarse con María su esposa que estaba encinta". Treinta tres años después, el propio Jesús subiría a la ciudad santa, después de avisarle a Herodes: "No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén" (Lc 13,33).

Nacer en Belén, morir en Jerusalén. Misterio de gozo, misterio de dolor; tierra de pan, tierra de paz; villancico y saeta. ¿Es sólo Belén el canto de los ángeles, la alegría de los pastores, la estrella de los Magos? Y Jerusalén, ¿la agonía de Getsemaní, los azotes y las espinas del Pretorio, la Calle de la Amargura, los clavos y la lanzada, el vinagre y la hiel, la piedra del sepulcro?

Empiezo por esta última para esclarecer en pocas líneas el significado global de Jerusalén y su símbolo el Calvario, tanto de muerte como de resurrección, porque allí se alzó la losa del sepulcro, de allí emergió radiante el Señor resucitado, allí se apareció a los doce y a numerosos testigos, aunque citara a otros en Galilea. De allí, del Monte de los Olivos, ascendió cuarenta días más tarde a la gloria del Padre para sentarse a su derecha y juntos enviar el Espíritu Santo, el día de Pentecostés, sobre los apóstoles con María.

Belén ayer y hoy

Hablemos ya de Belén, en hebreo Bet Lehem, Casa del pan. En ella fue consagrado David pero pasó por diversos avatares en la historia posterior sin que ello acrecentara su importancia, sino al revés, si bien las promesas mesiánicas la acreditaran como patria nativa del Mesías. Este acontecimiento crucial entre los dos Testamentos y en la historia del mundo, la ha inmortalizado para la posteridad. De hecho, Belén es ahora una población árabe de 35.000 habitantes, con significativa comunidad cristiana de todas las confesiones y ritos, una plaza emblemática en la guerra árabe-israelí. Cercada hoy por los carros de combate y por las metralletas de Ariel Sharon, agoniza como pocas veces en su historia, con una fuerte sangría de su minoría cristiana.

Sólo con sangre y con lágrimas cabe escribir en este diciembre del 2003 de la ciudad del pan, patria del Mesías y lugar santísimo de la cristiandad. Se pasa obligadamente de los acontecimientos mesiánicos a una lectura de los mismos que no puede ser folklórica ni de Navidad bullanguera. ¿Tanto como para no celebrarlos? Solo pensarlo sería una barbaridad. Estoy convencido de que en las comunidades cristianas allí residentes la memoria viva del Nacimiento y de la salvación de Cristo tendrá unos acordes más profundos, emotivos y esperanzados que nunca en el corazón de los cristianos.

Respiremos un poco con la lectura pausada del texto inmortal de San Lucas, cuya calidad descriptiva se corresponde a la sublimidad del contenido: "Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no había sitio en la posada". Los hechos dicen tanto pr sí mismos que nadie los mejoraría al comentarlos. Lo hicieron, sí, los ángeles, cantando la gloria de Dios en los campos de Belén. De aquel canto, que orientó a los pastores a la cueva de Belén, ha quedado para siempre en la liturgia de la Iglesia el himno del Gloria a Dios en las alturas . Lo de los hombres de buena voluntad, que suena bien, es una traducción inadecuada. El Gloria de los ángeles es pura alabanza del Altísimo.

Bien; ¿y cómo no iban a alegrarse los pastores, y nosotros con ellos, ante el único Salvador de toda la humanidad que estaban viendo en pañales? La misma exultación, el mismo júbilo, lo experimentaron a tope los Magos de Oriente, el anciano Simeón y la profetisa Ana; y no digamos el sacerdote Zacarías, su esposa Isabel y más tarde, Juan el Bautista, su primo segundo, heraldo y precursor.

Infancia dramática de Jesús

Pero, en su conjunto, no puede hablarse de que el Evangelio de la Infancia de Jesús sea un cuento de hadas, como quieren presentárnoslo algunos de los evangelios apócrifos. Muy por el contrario, damos por supuesto que el viaje de Nazaret a Belén, con María en gestación avanzada, no fue de gran turismo; que las puertas cerradas del albergue "porque no había sitio para ellos", y lo del establo y el pesebre no eran una metáfora. Es de imaginar el dolor, quizá la humillación de San José, y me fijo en él porque era el cabeza de familia y sufría por los tres, y porque en los primeros meses de gestación de María lo pasó todo lo mal que puede pasarlo un hombre cabal.

Pronto, como se nos dice, el pequeño fue circuncidado, y aunque se tratara de un rito obligado en aquella área cultural, no es menos cierto que entonces no había anestesia y que, para nosotros fueron las primeras gotas de sangre derramadas por el Mesías. Vino luego la visita al Templo y el Cántico de Simeón, que lo fue a medias. Bien, aquello del Mesías como "luz de las gentes" título con el que abre sus textos el Concilio Vaticano II Pero allí se nos anuncia ya que el Mesías,el Cristianismo, el Evangelio, la Iglesia, iban a ser, y a la vista está, una señal de contradicción para la humanidad futura mientras que a María una espada de dolor, luego serían siete, iba a atravesarle el alma.

Emigrante sin papeles

Por último, la situación más patética tras el nacimiento del Señor fue la matanza de los inocentes y el destierro unos años a Egipto hasta la muerte de Herodes. José, María y Jesús, en la nómina innumerable de los emigrantes, de los refugiados, de los sin papeles y sin tantas cosas a lo largo de la historia humana. Nada nos cuentan los Evangelios de largos espacios de la infancia, como de muchos episodios y escenas de la vida de Cristo, aunque pudieran escribirse, como reconoce San Juan (21,25) miles de libros sobre su paso por la tierra.

Moraleja final: A las puertas de la Navidad y de las Navidades-2002, con la situación más sangrante que caber pueda en la tierra del Señor, sin esperanza humana a corto plazo después de 55 años, con el terrorismo atroz y los bombardeos asesinos a la orden del día y de la noche, no consideramos un contrasentido celebrar la Navidad, no como un recuerdo de felicidad barata, sino como un capítulo dramático también de la redención de Cristo, única esperanza que sigue quedándonos en la tierra y en el más allá, donde todas las víctimas serán compensadas y reivindicadas. ¿Qué sería de la historia y del destino de los hombres, sin la estrella de Belén que encendió hace dos mil años en tiempo de Herodes y de Tiberio?

 
 

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