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Proselitismo y evangelización

Juan Lulio Blanchard / El Camino (Arquidiócesis de New York)

La evangelización es la primera tarea de la Iglesia de Cristo (Mt.28:19).

Al llevar a cabo la evangelización la Iglesia sigue el patrón establecido por Jesús y sus apóstoles. ¿Como pudo el cristianismo expandirse tan rápidamente por todo el imperio romano y más allá? Sin recursos económicos, sin medios de comunicación, sin centros de formación, sin órganos institucionales, y un sin número más de carencias.

La respuesta es sencilla. Cada cristiano era evangelizador, un portador del mensaje de Jesús. En los cristianos de esa etapa no había dicotomía. Ellos llevaban el mensaje, pero, sobretodo, lo vivían. Y precisamente esa vivencia del evangelio, ese dejar que el exterior evidenciara fehacientemente un interior lleno del Espíritu fue el vehículo evangelizador por excelencia durante los primeros siglos del cristianismo, cuando aún no teníamos recopilado lo que luego va a ser el Nuevo Testamento.

Los cristianos de hoy debemos reflexionar sobre tarea extraordinaria que llevaron a cabo los primeros cristianos, Reflexionar hoy, desde nuestra perspectiva de comienzos del siglo XXI, con avances tecnológicos insospechados, con medios de comunicación que son capaces de mantener en contacto directo a personas separadas por distancias interplanetarias, con sofisticadas técnicas publicitarias capaces de penetrar las profundidades del inconsciente humano para cambiar la conducta, los gustos y los deseos. Pensemos en esos primeros cristianos con las carencias anunciadas en el párrafo anterior, y además, sin escolaridad, sin institucionalidad, con intolerancia y crueles persecuciones por doquier.

Piense usted en un marino mercante que se convertía al cristianismo en una ciudad cualquiera del Mediterráneo Este. Como parte de su trabajo viajaba por diferentes ciudades de la costa mediterránea llevando en cada acto, en cada gesto, en cada palabra, en cada transacción, la presencia viva del evangelio de Jesús de Nazaret. Y sin algarabía, sin bulla, sin atosigar propaganda, sin revistas u otros medios. Era sencillamente su forma de vida, porque cuando el Evangelio es una fe vida, solo hay que vivir para predicarlo.

Pero la evangelización, siguiendo el patrón de Jesús, es una propuesta que respeta la libertad intrínseca del ser humano. Ningún tipo de presión se justifica en el proceso de evangelización. Ni presión física, como la que llevaron a cabo muchos evangelizadores en épocas afortunadamente ya superadas; ni presión psicológica, como la que acostumbran a ejercer, hoy día, algunos proclamados mensajeros de Jesús. El Evangelio debe penetrar la persona en forma libérrima, debe fluir del agente evangelizador al sujeto evangelizado como se mueven las ondas hertzianas de un emisor a un receptor, produciéndose en el receptor fenómenos que solo la presencia de la onda hertziana puede provocar.

La presión (sobre todo la psicológica) en el proceso de evangelización es algo que se ha incrementado en forma alarmante en las últimas décadas. Ese afán de evangelizar utilizando algún tipo de presión es lo que comúnmente se denomina proselitismo. El proselitismo es una actitud y un comportamiento inapropiado al dar testimonio cristiano. El mismo no está de acuerdo con la manera en que Dios atrae a las personas, ni con la forma en que Jesús y sus Apóstoles lo hicieron.

Detrás de las actitudes proselitistas, muy comunes entre las sectas y los nuevos movimientos religiosos, se esconden razones como el afán de aumentar la membresía para aumentar los ingresos o el poder del líder o del ente gobernante; quizá sea una actitud sincera de salvar almas, fundamentada en una visión distorsionada de fenómenos escatológicos supuestamente profetizados en la Biblia para los días presentes. O tal vez, una visión estrecha y enfermiza que entiende que todos los demás están equivocados y por lo tanto hay que hacer grandes esfuerzos para rescatarlos.

No cabe la menor duda de que el proselitismo, en sus diferentes manifestaciones, ha provocado que muchos feligreses de la iglesias tradicionales se reubiquen en otras que llevan a cabo esa práctica desleal y anti-evangélica. Nuestra Iglesia Católica ha sido indudablemente la más perjudicada con esa práctica malsana; no solo aquí en los Estados Unidos, sino también allá en nuestra América morena. Las estadísticas hablan del alarmante número de los nuestros que "brincan la tablita" hacia las sectas y cultos casi siempre de origen estadounidense.

Sin ánimo de polemizar o de mantener entrenamientos inútiles con esos nuevos movimientos religiosos, parece que sería saludable para la salvaguarda de la fe de nuestros feligreses que nuestras parroquias hagan un mayor esfuerzo por preparar apologéticamente su feligresía. Posiblemente hasta la Arquidiócesis tenga que tomar cartas en el asunto, invirtiendo recursos y personal humano para un ministerio enfocado en ese difícil problema que lacera muchas de nuestras familias.

 

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