El mundo del menor y
el preso
Víctor Corcoba Herrero
Tuvieron lugar unas fructíferas jornadas de debate,
organizadas por el Secretariado de Pastoral Penitenciaria y por la
Asociación del Voluntariado de Prisiones, para ahondar en el mundo del
menor y del preso, desde la visión del adolescente en riesgo, así como en
la profundización del perfil del privado de libertad y su repercusión,
tanto social como psicológica.
Días
pasados en el Centro Socio-Cultural Gitano, ante más de un centenar de
asistentes, tuvieron lugar unas fructíferas jornadas de debate,
organizadas por el Secretariado de Pastoral Penitenciaria del que es
director Fernando Cañavate Gea y por la Asociación del Voluntariado de
Prisiones de la que es presidenta Concepción González Merino, para ahondar
en el mundo del menor y del preso, desde la visión del adolescente en
riesgo, así como en la profundización del perfil del privado de libertad y
su repercusión, tanto social como psicológica.
Cuando la
inmensa mayoría de la sociedad “pasa” del tema de prisiones y de los
privados de libertad, el voluntariado cristiano de prisiones de Granada,
es todo un ejemplo de constancia y dedicación, pionero en toda España; una
Pastoral Penitenciaria de Justicia y de Libertad, fruto de un admirable
equipo capitaneado por Fernando Cañavate Gea, de profunda fe en el Dios
libertador de todas las cautividades. Para ello, apuestan por una Pastoral
de Justicia y de Libertad, encarnada "entre los más pobres de entre los
pobres", capaz de prevenir las causas económicas, sociales, educativas y
laborales del delito, implicada en la defensa de los derechos
fundamentales de las personas que padecen la precariedad y la exclusión
social, comprometida con las personas privadas de libertad, defensora de
sus derechos, buscadora de alternativas a la cárcel, corresponsable del
proceso de integración social y la plena normalización de vida, sin
estigmas, de las personas liberadas.
En esta
época de globalización y de cambio continuo, el mundo se está haciendo
cada vez más pequeño, más independiente y más complejo. Por consiguiente,
el voluntariado, tanto a través de la acción individual como de la
colectiva, es una forma de poder sostener y fortalecer los valores humanos
de comunidad, atención y servicio. Hoy más que nunca, estas gentes que
donan su trabajo y esfuerzo, y hasta parte de su corazón por los últimos,
merecen el mayor de los elogios, para que cunda el ejemplo.
EN LA
APERTURA DE LAS JORNADAS
El
Secretariado de Pastoral Penitenciaria y la Asociación de Voluntario de
Prisiones, que aspira a una Pastoral de Justicia y de Libertad con
vocación integradora en la vida diocesana y presente en todos los ámbitos
de acción eclesial (parroquia, arciprestazgo etc...), en coordinación con
las entidades eclesiales y extra-eclesiales, (distintas administraciones y
empresas privadas), comprometidas en el ámbito penitenciario, unidos en la
causa común de dar respuesta a las necesidades espirituales y materiales
de las personas presas, ha hecho posible que en el acto de apertura se
dieran cita distintas y dispares personas.
La primera
en tomar el uso de la palabra, fue Amelia Romacho Ruz (Concejala de
Educación del Ayuntamiento de Granada), que confesó su interés por los
niños que se encuentran en prisión, con sus madres, a raíz de una
conversación mantenida con estos voluntarios cristianos que le comentaron
el deseo de sacar a estos pequeños (con sus madres) los fines de semana,
fuera del recinto de las rejas. Sobre esta experiencia vivida, puesto que
les acompañó en alguna salida, junto a esas madres con niños, comentó:
“Allí me encontré con la realidad de esas mujeres, por esa falta de
justicia social, que este mundo dirigido por una economía globalizadora y
por un afán de beneficio económico de unos pocos sobre muchos, genera un
mundo injusto en el que los más débiles tienen grandes dificultades para
tirar para adelante. En este caso estas mujeres estaban allí como víctimas
de sus propias parejas y por esas condiciones familiares precarias en las
que viven. Jamás olvidaré esa preocupación de las madres por sus hijos,
por esos niños que un día saldrán de esa prisión de la que son inocentes”.
Desde el Ayuntamiento de Granada, la concejala visiblemente solidaria,
apostó por seguir trabajando en esa línea de reinserción y prevención,
junto a otras administraciones.
Aunque no
pudo asistir la Delegada de Asuntos Sociales de la Junta de Andalucía,
María José Sánchez Rubio, sí estuvo presente un representante de esa
Administración, que en el uso de su tiempo, también subrayó la necesidad
de apoyar a los más desfavorecidos. “Ocuparse, asistir, acompañar, cuidar
a las personas privadas de libertad, es tarea de todos. Hablo de esas
personas invisibles, que bajo el brillo del progreso se les margina en la
pobreza, esas gentes que para muchos son inexistentes, y que también
tienen derechos, por el simple hecho de ser personas”. Para el
interviniente, la mejor forma de luchar por la libertad es luchando por la
igualdad; en ese compromiso, la Delegación Provincial de Asuntos Sociales,
no escatimará -según su representante- esfuerzo alguno.
Por su
parte, el director del centro penitenciario de Albolote, Eduardo Caracuel
Romero, subrayó el gran trabajo que están realizando los voluntarios y las
distintas administraciones. A propósito, dijo: “La sociedad nos ha
entregado a personas que han quebrantado, y nos los han entregado para que
los devolvamos algo mejor, no me gusta ya hablar tanto de reinserción, y
sí de otras medidas, como en este caso, de ese consuelo espiritual de
estos voluntarios cristianos”. En cualquier caso, el director de la citada
prisión, apostó por seguir sumando esfuerzos y por continuar siendo
generosos. El presupuesto del año 2001 de la prisión de Albolote fue de
dos mil cuatrocientos sesenta millones de pesetas. Y eso proviene de los
impuestos que pagamos todos -dijo. Así que hemos de invertir esos recursos
económicos de la mejor manera posible -señaló-.
Tanto el
Vicario General de la Diócesis, Miguel Peinado Muñoz, como el Delegado
Episcopal para la Pastoral Social y Comunicación Cristiana de Bienes, Juan
Cara Tarifa, hablaron de la labor de la Iglesia, consecuente con la
enseñanza de Jesús, servir a los últimos entre los últimos y ser testigos
de la gratuidad. En esa misma línea, Concepción González Merino,
presidenta de la Asociación del Voluntariado de Prisiones, apuntó seguir
creciendo en la dimensión del agente de la Pastoral Penitenciaria como
testigo de esperanza, desde el convencimiento de que toda persona puede
cambiar, que todos tienen potencialidades que deben ser descubiertas y
cultivadas y, al tiempo, sin perjuicio de la responsabilidad que
corresponde al Estado, procurar generar respuestas concretas y creativas
que incidan en los terrenos de la prevención, la intervención
penitenciaria y la reinserción social.
DIVERSAS
PONENCIAS
La
ponencia del profesor del Centro Penitenciario, José Granados Puerto, la
desarrolló entorno a la pedagogía con los presos y habilidades sociales.
En este sentido, expuso: “Teniendo presente que han cambiado las
condiciones de las cárceles, pero sin olvidar la opresión psicológica que
soporta toda persona privada de libertad, el Equipo Pedagógico del Centro
Penitenciario de Albolote, integrado por ocho maestros, da vida al
Proyecto Educativo, que anualmente se concreta en el Plan de Centro y se
desarrolla ajustándose a los niveles formativos (alfabetización, formación
de base, graduado, español para extranjeros, intervenciones sectoriales) y
a unas líneas pedagógicas concretas”.
En cuanto
a las habilidades sociales que deben caracterizar al voluntario, José
Granados Puerto, estableció las siguientes: No a nuestra inestabilidad
personal, no a nuestra inseguridad, no a pretender hacer con los internos
todo lo que antes no hemos hecho en nuestra propia vida, no a la
prepotencia; y sí a la persuasión, al convencimiento, a favorecer las
iniciativas, a practicar la paciencia como virtud heroica y equidistante
entre la debilidad y el pasotismo, a trabajar la compasión y simpatía.
El
subdirector de Tratamiento del Centro Penitenciario de Albolote, Sergio
Ruiz Arias, trazó el perfil del preso y la repercusión que en ellos tiene
la cárcel: “El cumplimiento de penas privativas de libertad representa
para el recluso un punto de inflexión en su historia vital y personal. Se
verá obligado a emplear una serie de estrategias cognitivas, emocionales y
conductuales que le permitan su adaptación a una nueva situación no
deseada. Este proceso adaptativo es complejo y diverso atendiendo a las
propias diferencias individuales en el ámbito personal, familiar, social y
delictivo. Sin embargo, esta gran variedad de escenarios interactivos
puede desde unos determinados patrones de comportamiento”.
Comenzó
Sergió Ruiz Arias delimitando el perfil del preso actual en los centros
penitenciarios (mayoritariamente masculina, con una media de 34 años),
para fijar la atención en la delimitación general de los efectos de la
prisión sobre el comportamiento del interno. “En una primera fase
analizaremos la especial desorientación, incertidumbre y ansiedad que se
producen en el momento del ingreso en prisión. Una segunda fase que
representa el periodo inicial de permanencia en prisión caracterizada por
actitudes y comportamientos ambivalentes en continuo proceso de
ajuste-desajuste. Definiremos la tercera fase como el periodo central del
cumplimiento de la condena, centrándonos en las principales estrategias
adaptativas que utilizan los internos para afrontar su largo internamiento
como la fragmentación mental del tiempo en períodos críticos, la
participación en actividades tratamentales y ocupacionales. Finalmente,
como cuarta y última fase, nos detendremos en todas las dificultades y
cambios que se producen en el periodo final de cumplimiento de condena que
normalmente coincide con la vuelta progresiva a la vida en libertad”.
Juan
Bautista de las Heras (director del Centro de Menores de Guadix) y
Fernando Cañavate Gea (director del Centro Ocupacional Villanueva),
centraron su ponencia en la problemática de los menores e intervención con
ellos. El primero ahondó en la educación en adolescentes en situación de
riesgo y conflicto social, así como nuestro compromiso hoy en la acción
educativa. Mientras el segundo, profundizó en el menor que no quiere
seguir unos estudios reglados. Tanto el uno como el otro de los
intervinientes, hablaron de jóvenes cuyas condiciones de vida, vivencia,
economía, les han hecho crecer en situación de explotación y riesgo.
Hablaron de todo este contingente de niños y jóvenes que, más acá y más
allá de nuestras fronteras, son mayoría de la tierra, y parece que a veces
lo olvidamos. Niños... sólo niños. Niños de la calle, cachorros de nadie,
perros callejeros, huérfanos y necesitados de adultos sensatos dispuestos
a convivir con ellos la experiencias relacionales de solidaridad, y
dispuestos a ayudarles a que adquieran su propio sistema de defensa,
incluso de autonomía, en un mundo hostil que pretende -interesadamente-
decir que estorban, molestan, estropean la convivencia pacífica.
La última
ponencia corrió a cargo del Juez de Menores, Emilio Calatayud Pérez, que
hizo una valoración de la Ley del menor positiva, pues considera que ha
tenido una entrada en vigor muy criticada, debido quizás a una información
inadecuada. “El éxito de la ley dependerá de los operadores jurídicos y de
todos los profesionales que la apliquen; puesto que el espíritu de la ley
tiene una finalidad sancionadora educativa y un interés por el menor
subrayado además por el apoyo del equipo técnico”.
El juez
Calatayud, es una referencia en el mundo judicial andaluz desde que en
1992 condenó a aprender a leer y escribir a un menor que fue sorprendido
robando vídeos. “Yo sé qué tú eres muy listo y muy inteligente. Si en dos
meses aprendes, quedas en libertad”, le dijo. El chico lo hizo y el juez
cumplió. A lo largo de su intervención, en cuanto a medidas aplicables a
menores y ejecución de esas medidas, el citado juez ilustró la norma con
su aplicación, mediante ejemplos concretos. Así condenó en su día a otro
chaval detenido cuando conducía bajo los efectos del alcohol, a pasarse un
mes visitando la unidad de tetrapléjicos de un hospital para ver las
consecuencias de un accidente. Y a otro, que agredió a un compañero porque
“lo miraba mal”, a limpiar los cristales y los espejos de un banco. “Así
sabrá cuándo se mira mal de verdad”, comenta el juez. También obligó a
estudiar a un chico que había robado 320.000 euros en joyas a una turista
griega. Fue la propia turista la que quiso pagarle los estudios.
“De lo que
se trata”, explica el juez, “es saber si lo que queremos es castigar o
reinsertar. A todos estos jóvenes que han cometido delitos menores lo que
hay que hacer es que puedan volver a la sociedad. Cuando el menor hace
algo realmente grave, tiene que pagarlo. En casos graves tenemos que
privarlos de libertad. Pero también darles un tratamiento que les permita
volver a la sociedad, prepararlos para reincorporarse al mundo”.
También se
desarrollaron, como complemento a las ponencias, diversos talleres, bajo
los significativos títulos: Influencia del barrio y familia en la comisión
de delitos, psicología del preso, pedagogía que conviene desarrollar en la
intervención con el preso, y cómo influyen en los presos las medidas de
reinserción social: tercer grado, salidas culturales y charlas institutos.
Dirigieron los citados talleres: Fernando Cañavate, Sergio Ruiz Arias,
Elena Rodríguez Lozano y Concepción Cabezas Alguacil.
REFLEXIÓN
ÚLTIMA
El mundo
de las rejas, a mi juicio, es una estructura viciada desde su origen,
destinada a recibir a los que la sociedad considera como desechos humanos
y ubica en la periferia propiciando su progresiva desestructuración.
Estas
jornadas contribuyen, desde luego, a la reflexión; frente a una sociedad
vengativa y a unos políticos, que en la mayoría de las veces, no ofrecen
proyectos serios de reinserción y rehabilitación porque no se aborda la
concatenación prolongada de fracasos que han ido progresivamente
deteriorando a la persona y que en muchos casos ha desembocado en el
problema DROGA/SIDA.
Dado el
carácter represivo y reducido de toda cárcel, toda institución
penitenciaria está abocada a hacer predominar el control sobre el
tratamiento, la seguridad sobre el trato personal. Por todo ello, se
constata una falta de valores y posibilidades humanas que empobrecen el
crecimiento personal. La sociedad vive de espaldas a esta realidad: una
sociedad que incita constante e ininterrumpidamente al éxito individual ha
de condenar, castigar y reprimir todo fracaso.
Debieran
acrecentarse a mi juicio, también, este tipo de jornadas, puesto que hay
un desconocimiento profundo del fenómeno cárcel que justifica la
superficialidad con que vivimos. La cárcel es una falsa solución social:
el preso en la sociedad es una molestia, en la cárcel no es molestia
aunque nos cueste al año millones de pesetas. En todo caso, el fracaso de
la cárcel refleja un fracaso social amparado en una doble y ambigua moral;
a nivel político la cárcel no es considerada un problema social urgente
porque los que en ella residen no tienen ni voz ni voto. En el fondo, hay
un deseo hipócrita de nuestra sociedad: "El que la hace la paga". Y para
más inri, considero -y es una apreciación personal y como tal subjetiva-
que hay demasiados presos preventivos, y que, para más cruz, salvo
excepciones, los jueces y abogados conocen muy poco la realidad de las
cárceles. |