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Apuntes para un examen de conciencia

P. Roberto Fernández Iglesias, OP

Es un acto personal, una característica de nuestro espíritu humano que nos permite reflejarnos, conocer y conocernos.

Pasadas ya las fiestas navideñas y su trajín, algo bueno que todos podemos hacer en estos días de fin de año es un examen de conciencia, a modo de balance moral del año que se termina. Porque los seres humanos no podemos eludir esa condición moral de nuestra existencia, ese elegir aquellos fines y metas que dan sentido a nuestro humano devenir. Nos dirigimos los humanos a nuestros fines como seres racionales y autónomos, con libertad, con responsabilidades. La conciencia pertenece más al ámbito de la inteligencia humana. No es un hábito ni una dificultad. Es un acto personal, una característica de nuestro espíritu humano que nos permite reflejarnos, conocer y conocernos. Es como el paladar del alma que, siendo parte de una sensibilidad más extensa, nos permite saborear los bienes o los males que nutren nuestra existencia moral. Se nace con la conciencia, pero ésta se va desarrollando a medida que la persona se educa y se integra, en la familia primero y después en la comunidad social. Como al paladar, se la educa, se la afina. Es subjetiva y objetiva a la vez. Se da cuenta de que no es ella la que hace los sabores del bien y del mal, porque éstos están ahí, pero es uno el que los disfruta, el que los saborea con mayor o menor acierto. Ya sabemos que hay conciencias enfermas por exceso, que se llaman escrupulosas. O por defecto, que son las relajadas. Hay conciencias llamadas ciertas, las que están seguras de sí mismas, pero que se equivocan. Como el que se toma un jugo de guanábana creyendo que es de maracuyá. Y las conciencias dudosas que vacilan y vacilan, sin definirse nunca. Hay las conciencias falsas. Las que saben que están mal y, sin embargo, perseveran en él. Y hay, menos mal, las conciencias verdaderas. Las que atinan con el objeto del bien y coinciden con la ley. Tener una conciencia verdadera es la fuente de una incomparable paz espiritual.

Podríamos empezar por preguntarnos si estamos bien con nuestra conciencia en lo personal. Si lo cotidiano, la rutina diaria está orientada al bien, a las metas que dan sentido a una vida auténticamente humana y moral. Si estoy creciendo en valores al desarrollar todas mis potencialidades. O si me estoy muriendo de cansancio de no caminar en ninguna dirección. Hay que recorrer cada rincón de nuestra casa interior y contemplar allí si hay orden o desorden, bondad o maldad, vicio o virtud.

Después podríamos pasar a nuestra relación familiar. ¿Hay comunicación, transparencia, diálogo, confianza? ¿Existe la alegría de compartir la vida, la casa, la mesa...? O ya no nos hablamos y nos refundimos en la televisión, en el cuarto, en huir de los momentos de encuentro familiar? ¿Nos queremos y nos cuidamos y podemos contar unos con otros? ¿O queremos más bien huir y poner los pretextos del trabajo y los compromisos y los amigos y etc., etc.?

Finalmente es también ineludible una referencia a la política, es decir, a la vida pública, a nuestra responsabilidad social. ¿Somos ciudadanos solidarios unos con otros que vivimos en buena vecindad? ¿Nos preocupa la calle, el barrio, la ciudad, el país? ¿Les aportamos algo? ¿O sólo somos parásitos que vivimos para nosotros mismos sin mirar más allá? ¿Exigimos y exigimos sin nunca dar?

Nuestra conciencia es también un reflejo de esa imagen de Dios que llevamos dentro. Y por eso podríamos terminar el año elevando una oración al Dios que nos hizo a su imagen y pedirle que nos dé la luz suficiente para iluminar nuestro interior y nos dé también la voluntad de cambiar lo que podemos y padecer lo que no podemos. Un feliz 2003 y que lo empecemos con una conciencia verdadera.

 

Publicado en diario “HOY”, domingo 29 de diciembre de 2002. Quito, Ecuador.

 

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