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Dichosos los que se manifiestan por la paz

P. Roberto Fernández Iglesias, OP

La ciudad de Quito realizó el pasado martes 11 de diciembre una manifestación desde la Cruz del Papa, porque quiso expresarse por la paz ciudadana contra la delincuencia, que continúa enlutándonos y segando vidas preciosas.

La ciudad de Quito realizó el pasado martes 11 de diciembre una manifestación desde la Cruz del Papa, porque quiso expresarse por la paz ciudadana contra la delincuencia, que continúa enlutándonos y segando vidas preciosas. Es un 'basta-ya' a la inseguridad creciente que sentimos los ciudadanos y quiere ser el embrión de un cambio de actitud de los habitantes de las ciudades del país que deben tomar conciencia de que el mal que nos afecta a todos merece ser resuelto entre todos. Y que en esto también la unión hace la fuerza. Esta manifestación es además un símbolo de la larga marcha que es la historia humana, que ha sido siempre desde el caos hacia el cosmos, de la barbarie a la civilización, de lo crudo a lo cocido.

Se explican las ciudades, por el deseo humano de vivir tranquilos, ordenados, en amistad, sin el miedo a la soledad, no a los depredadores. Por eso San Agustín definió magistralmente la paz como la tranquilidad en el orden. Dos palabras entrañables que buscamos con ansiedad hoy más que nunca, quizá porque nos empiezan a faltar.

Queremos vivir tranquilos y con orden y para eso tenemos que construir la paz. Son tres palabras: paz, tranquilidad, orden, y tres actitudes que interactúan y se concatenan en un orden progresivo. Hay que empezar por uno mismo, seguir por la familia y terminar por la ciudad. La paz no se construye sola, la logramos los hombres conjugando la verdad y la justicia, la libertad y la buena vecindad.

No es la paz una virtud, pero brota de la reina de las virtudes que es la caridad, o sea, el amor. Pues dice Santo Tomás que el que ama a Dios ordena hacia El todos los deseos y el que ama al prójimo como a sí mismo experimenta la concordia entre los corazones. Luego es evidente que la paz es efecto propio y directo de la caridad (Suma Teológica II-II, 29, 3). Entonces, para conseguir la paz, tendremos que superar el estado actual de las cosas buscando un orden nuevo que restituya la amistad en la ciudad.

La tranquilidad y el orden son dos aspiraciones naturales de todo ser humano. Y por eso hemos construido nuestras ciudades para recrearnos, convivir, apoyarnos los unos a los otros. Todos llevamos dentro un ideal de amistad, de convivencia, de armonía y nos reunimos en ciudades para ser amigos, buenos vecinos, llevarnos bien, estar tranquilos. El crecimiento monstruoso y desmedido de las ciudades en los últimos años ha producido un clima de anonimato, de repliegue de los ciudadanos y la delincuencia se ha extendido por el mundo sin perdonar ninguna ciudad.

Las ciudades ya no son espacios para vivir, sino para sobrevivir. Son hormigueros, cada vez más reducidos, más inhumanos. Ya no son el espacio para esa relación bubberiana YO-TU y ya no están proporcionadas a las necesidades de sus habitantes ni favorecen el encuentro tranquilo y relajado que tanto necesitamos todos.

Hay que volver a la cortesía ciudadana y entretejerse en una urdidumbre social renovada de convivencia, de cordialidad, de comunicación más auténtica; de verdadera solidaridad.

Publicado en diario "HOY", Quito - Ecuador.

 

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