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[AUTOR INVITADO]

La Pastoral del bolígrafo

Antonio Montero Moreno, arzobispo de Mérida-Badajoz

Todos los bautizados son profetas, todos los obispos, presbíteros, diáconos y lectores somos, en diversos grados y cometidos, ministros de la Palabra.

En el principio fue el lápiz de carbón o el punzón sobre la arcilla, seguidos posteriormente por la elegante pluma de ave, el plumín con palillero, surtidos ambos por el tintero engorroso, hasta desembocar en la sofisticada estilográfica. Mas todo se quedó en la prehistoria cuando, a mediados del siglo pasado, irrumpía arrollador sobre la redondez del planeta y en la historia de la humanidad, algo tan insuperable, manejable y barato como el bolígrafo universal. A uno, que lleva escritas, azul sobre blanco, tantos miles de cuartillas, no todas de probada utilidad, le encantaría dedicarle al bolígrafo un himno triunfal o un poema épico, pero ni es momento, ni sé.

Muchos pueden objetarme que la cosa no es para tanto, dado que mucho más revolucionario y futurista que el bolígrafo es, a todas luces, el ordenador. ¿O no? Me rindo, claro está, a la evidencia, porque he presenciado, con todas las gentes de mi edad en el último cuarto de siglo, cómo este artilugio electrónico, universal y multiuso, ha hecho añicos todo lo anterior, en lo tocante a la expresión humana. Escribe, graba, copia, transmite y recibe, archiva, corrige, multiplica, crea, escucha y habla también. Todo él es rápido, impecable, geométrico, acumulativo in infinitum, de tipos de letras, ilustraciones, imágenes y sonidos. Asombroso en sus combinaciones con la televisión y los satélites.

De los manuscritos a los telealumnos

Llevando ese proceso hasta sus límites, ya no haría falta saber escribir a mano, como tampoco es necesario saber de memoria las cuatro reglas aritméticas si se tiene a mano una pequeña calculadora, que, por cierto, es una aplicación de la que disponen también todos los ordenadores. Es más, cabe pensar asimismo, algunos ya lo están haciendo, en saltarse por las buenas la escritura, en una alfabetización sin alfabeto, para sacar de su ignorancia a las miles de personas iletradas del planeta, mediante vídeos pedagógicos, donde unos profesores, en la imagen, dan sus lecciones escolares a unos telealumnos que pueden rebobinar y visionar la cinta cuantas veces lo necesiten hasta asimilar su contenido, lo mismo que en las épocas anteriores a la escritura, fueron transmitiéndose por vía oral, de generación en generación, las tradiciones históricas de la antigüedad.

Es empero, a la tradición escrita, entiéndase manuscrita, a la que debemos nuestro patrimonio cultural, nuestro equipamiento de los saberes y de creencias que configuran nuestra fisonomía histórica y nuestro modo de entender la vida. La palabra escrita vino a trasladar con ganancia a la visión lectura lo que antes sólo se percibía con el oído. La palabra oral, con su entramado en multitud de idiomas, fue inventada, ensayada y perfeccionada por la inteligencia y los órganos fonéticos de nuestra especie, durante cientos de miles de años. La escritura formal nos viene de babilonios y egipcios, cocinada después por griegos y romanos, por germanos y árabes.

La escritura, palabra sin frontera

En resumen, tanto en Dios como en el hombre, hecho a su imagen, en principio estuvo la palabra signo máximo de una completa hominización. ¡La palabra!, a la que Ortega definía como " un poco de aire estremecido que, desde la dudosa madrugada del génesis, tiene poder de creación". Su traslado a signos inusuales, grabados en piedra, cocidos en tablas de arcilla, estampados sobre el papiro o el pergamino, supusieron un salto trascendental con el progreso de la humanidad. Lo pensado, lo hablado, lo hecho por unos pocos, pasaría a los lectores, incontables receptores, contemporáneos o venideros, de generación en generación. La imprenta, la radio, la televisión, la telemática han allanado todas las fronteras de la comunicación humana. El presidente Nixon conversó por teléfono con el astronauta Neil Armstrong en la Luna. Hoy 'chateamos' por el móvil con gentes de la Polinesia. El mundo es un mercado, un estadio, una red y, en cierta medida, una jaula de grillos.

Rechazo la tentación de entrar aquí en un análisis, para entrar en lo más mio aunque sólo se trate de unos sorbos de teología, de espiritualidad y de pastoral de las comunicaciones humanas y de las comunicaciones sociales.

Palabra refugio del sentimiento

Los hombres no son islas en su código genético, corporal y espiritual, está la apertura a los demás, para hablarles y escucharles. Mas no se trata de un gregarismo zoológico, enjambre o manada, sino de una comunicación interpersonal, en la que se entrecruzan pensamientos y sentimientos, experiencias y valoraciones sobre sí mismos y sobre el mundo que los rodea. La Palabra es el puente que nos abre paso a la mente y al corazón de los demás, y viceversa. Conversar es convivir. La palabra es el don de Dios por excelencia a los humanos y el signo más evidente de su carácter personal y social. Dios les encargó a Adán y Eva que pusieran nombres a todos los seres de la creación.

La Biblia y la teología cristiana nos revelan nuevos misterios sobre el mundo de la palabra y de la comunicación. En el seno mismo del Dios trinitario, la segunda persona es la Palabra eterna del Padre que, llegada la plenitud de los tiempos, se hizo carne en el seno de María, y vino a conversar con los hombres, en nuestro propio idioma. Juan Bautista era la voz, y Cristo la palabra: "De muchos modos y maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas, pero ahora, dice la carta a los Hebreos, nos ha hablado por su propio hijo".

Toda la Biblia es Palabra de Dios y todos sus libros constituyen para nosotros las sagradas Escrituras. Somos una religión de libro. Sin la Palabra viva y escrita no habría habido ni revelación de Dios ni religión cristiana. Tales han sido históricamente los planes divinos. El cristianismo no es una religión para iletrados ni analfabetos, aunque éstos por el espíritu de las Bienaventuranzas pueden alcanzar la sabiduría de Dios. El cristianismo es anuncio, pregón, voceo, catequesis, llamada a conversión. "Lo que habéis oido en secreto, gritadlo en las azoteas".

Todos los bautizados son profetas, todos los obispos, presbíteros, diáconos y lectores somos, en diversos grados y cometidos, ministros de la Palabra.

Broche final: la Iglesia no puede cumplir hoy su misión evangelizadora sin hacer uso de los medios de comunicación; entre los que entra, con la mayor modestia, esta revista semanal y, en ella su página 3, desde hace ahora diez años, con un consumo enorme de bolígrafos. Perdón y gracias a los lectores que aún me queden.

www.christusrex.org/www1/camino/camino.html

 
 

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