Aurora en América
(María, estrella de la primera y de la nueva evangelización)
José Antonio Benito
Tal es el título de la deliciosa obra de 145 páginas y
profusamente ilustrada del P. Esteban PUIG T., doctor en Historia por la
Universidad de Navarra y Vicecanciller de la Universidad Católica Santo
Toribio de Mogrovejo en Chiclayo Perú.
Comienza con un argumento lógico contundente: “Dios
quiera y la Virgen que nos demos cuenta -los servidores de la Palabra- que
si María fue la Estrella de la Primera evangelización, debe serlo,
impostergablemente, para la Nueva Evangelización”.
La portada nos ofrece una espléndida foto del propio
autor referente a la imagen de Nuestra Señora de Copacabana, que el 28 de
diciembre de 1591 sudó milagrosamente por espacio de cuatro horas, tal
como certifica notarialmente el mismo Santo Toribio Mogrovejo.
Como preámbulo se inserta la descripción de la Virgen
del Pilar, a la que pone fecha exacta dos de enero del 40, y que recoge la
tradición según la cual la Virgen María, estando aún viviendo en
Jerusalén, se presenta (no se “aparece”) en carne mortal al apóstol
Santiago, en Zaragoza, y pide levantar una Iglesia para dispensar sus
favores. El P. Esteban señala la feliz coincidencia entre la celebración
de la fiesta del 12 de octubre desde tiempo inmemorial y la llegada al
Nuevo Mundo de la nao Santa María. Del mismo modo, Nuestra Señora de
Guadalupe, en México, se hace presente en la tilma de Juan Diego y manda
construir un templo “para allí demostrar todo su amor”.
Destaca el autor cómo “el amor singular de Madre para
con los hijos latinoamericanos, posee matices y rasgos maternales muy
característicos y entrañables. Siempre que se aparece o se manifiesta, se
dirige a sus hijos con palabras y hechos llenos de profunda ternura. Sus
manifestaciones y palabras llegan a lo hondo del corazón porque van
impregnadas de cariño” (p.9) Además, María es el prototipo de la presencia
viva de la mujer en la inculturación del evangelio. Dios quiso nacer de
una mujer, para que fuera hombre Jesús” (p.10)
Los destinatarios de sus palabras y de su mensaje son
almas francas, sencillas, humildes, pobres, sin dobleces, muy
buenas...¡niños al fin! Todos los que recibieron estas “visitas” de María
fueron auténticos evangelizadores enamorados de la Virgen. Se registran
sus nombres: Guatícaba, bautizado con el nombre de Juan Mateo, de la
República Dominicana, mártir en 1496 Los mexicanos Cristóbal (1527),
Antonio (1529) y Juan (1539) oriundos de México,San Juan Diego (1531) el
vidente de Guadalupe; Gregorio López, 1596, Sebastián Aparicio, “santo
carretero”, 1600, el “Negrito” Manuel de Argentina, Beata Mariana de Jesús
(1645) “azucena de Quito”, Tito Cusi Yupanqui, Sebastián Quimichu, en
Perú...
En América surgieron advocaciones propias de cada país,
en el modo y manera más fiel a su identidad específica y culturas
ancestrales, como lo muestran sus bellos y armoniosos nombres: Guadalupana,
Aparecida, Suyapa, Coromoto, Treinta y Tres, Cobre, Cocharcas, Luján,
Chiquinquirá...Esto le hará constituir un principio de identificación,
unificación y surgimiento de la Patria amada. A Ella acudirán para
reafirmar sus valores cuando están amenazados por intereses malsanos que
quieran arrancarle el timbre de gloria de cristiana y católica. De ahí que
por ejemplo Argentina o Cuba hasta en su misma bandera patria el color
azul se deba al manto azul de la Virgen. “María es la Patrona, la
Guardiana, la Mariscala, la que vigoriza la raíz de la unidad nacional en
su identidad y en su destino” (p.145)
María, Madre de Jesús y Madre nuestra “viene a ser como
el nudo de seda que ata, fuertemente, sin apretaduras subyugantes, la
cultura hispánica con la autóctona y la africana” originando la cultura
mestiza, hija vigorosa y espléndida del feliz entramado entre América,
África y Europa.
Entre las numerosas advocaciones se ha privilegiado las
narraciones más clásicas y documentadas.
De forma didáctica, se presentan las naciones
dispuestas en orden alfabético. En primer lugar, Argentina, con Nuestra
Señora de Luján. Como en las veinte restantes, se ofrece una foto de su
imagen (en blanco y negro en cada capítulo y una selección a todo color en
las páginas centrales), la historia de la advocación y su culto, seguido
de una síntesis de la historia de la iglesia de la nación y de la
bibliografía usada. Si tuviésemos que seleccionar algunos relatos
emocionantes estaría el de la Virgen de Copacabana y su devoto y escultor
Francisco Tito Yupanqui, a punto de ser declarado siervo de Dios, la de
Guadalupe con una espléndida síntesis del relato y retrato de Juan Diego,
y para el caso peruano, Nuestra Señora de Copacabana de Lima con la que
“se llenaron dos cálices de aquel sobrenatural licor (sudor)” –en frase de
Santo Toribio, y Nuestra Señora de Cocharcas, “más bella que la flor de
Amancay” y el indio Sebastián Quimichu, según el relato de Pedro Guillén
en 1625 y el bello librito de Monseñor Enrique Pélach i Feliu. |