Interés por los
conciertos de órgano
Víctor Corcoba Herrero
Poniendo en su justo valor la música sagrada o
religiosa, los músicos cristianos, han de sentirse animados a continuar
esta tradición y a mantenerla viva, al servicio de la fe.
Tal y como estaba previsto, el pasado doce de enero,
tuvo lugar un solemne y apoteósico concierto de Órgano (“Post Nativitatem”),
en la Parroquia de Santa María Magdalena, a cargo del Organista Honorífico
de la Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Granada, Antonio Linares
Espigares, reanudándose así el programa de actividades culturales del
Arzobispado de Granada, que, con tanto acierto y entrega, coordina la
Delegación Diocesana para el Patrimonio Cultural, bajo la dirección del.
Delegado Antonio Muñoz Osorio.
El interés por la música es una de las manifestaciones
de la cultura contemporánea. La facilidad de poder escuchar en casa las
obras clásicas, a través de la radio, de los discos, de las «cassettes»,
de la televisión, no sólo no ha hecho disminuir el deseo de escucharlas en
directo, en los conciertos, sino que más bien lo ha aumentado. Este es un
fenómeno positivo, porque la música y el canto contribuyen a elevar el
espíritu.
Coincidiendo con el día que celebra la Iglesia la
fiesta del Bautismo del Señor, con la que se cierra el ciclo litúrgico de
Navidad-Epifanía, se interpretaron obras de: Joh Ludwit Krebs (1713-1789):
Preludio en Fa y en Do; Joh. Gottfried Walther (1683-1752): Adagio (del
concierto en si menor); Johann Sebastian Bach (1685-1750): Pastorale I-II-III;
Louis Claude Daquin (1694-1772): Le Coucou (Rondó); Max Reger (1873-1916):
Corales Opus núm. 135: Dios es nuestro fuerte refugio, Jesús mi esperanza,
Amado Jesús, aquí estamos, Qué hermosa brilla la estrella de la mañana;
César Frank (1822-1890): Prelude (del opus 18), William Croft (1678-1727):
Voluntary en Re mayor...
A pesar del frío, hubo casi un lleno total, para
escuchar estas piezas místicas, bajo la maestría singular de Antonio
Linares, y un Templo que tiene uno de los órganos, de estilo
sinfónico-romántico, de más bella sonoridad, construido por el organero
Pedro Ghys. Posee caja exenta (con cinco castillos y aspecto sobrio) y
consola aislada (con dos teclados manuales y pedalero). Pudimos comprobar
que se encuentra en buen estado, gracias al esmero y cuidado que los
párrocos de estas últimas décadas han puesto en su conservación y
mantenimiento.
La música sagrada, ya sea vocal, ya sea instrumental,
merece una valoración positiva. Por ello, después de la Eucaristía, dar
paso a este concierto de música sagrada «aquella que, compuesta en vista
de la celebración del culto divino, aparece dotada de santidad y bondad de
formas» (MS, n. 4 a), como se hizo, contribuye a acercarnos más al Señor.
Desde luego, la Iglesia la considera como «un patrimonio de inestimable
valor que sobresale entre las demás expresiones artísticas, le reconoce
una «función ministerial, en el servicio divino» (cf. SC, n. 112);
recomienda que se «conserve y se cultive con sumo cuidado tesoro de la
música sacra» (cf. SC, n. 114).
Poniendo en su justo valor la música sagrada o
religiosa, los músicos cristianos, han de sentirse animados a continuar
esta tradición y a mantenerla viva, al servicio de la fe, de acuerdo con
la invitación dada ya por el Concilio Vaticano II, en su mensaje a los
artistas: «No rechacéis el poner vuestro talento al servicio de la verdad
divina. El mundo en el cual vivimos tiene necesidad de belleza, para no
caer en la desesperación. La belleza, como la verdad, suscita la alegría
en el corazón de los hombres. Y esto gracias a vuestras manos» (cf.
Concilio Vaticano II, Mensaje a los artistas, 8 de diciembre de 1965). Sin
duda, el organista Antonio Linares Espigares, con sus manos, nos acerca
esa Palabra siempre viva. |