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[ FIRMAS ] MARIANO CRESPO

Pederastia en la Iglesia: pecado y acto criminal

Mariano Crespo

Academia Internacional de Filosofía -Liechtenstein

Uno de los más tristes balances del recientemente finalizado 2002 ha sido el conocimiento de algunos actos de pederastia llevados a cabo por sacerdotes católicos y la falta de determinación con la que determinados representantes de la jerarquía reaccionaron en el pasado ante estos casos. Como José María Infante ponía de manifiesto en su artículo del 31 de diciembre publicado por “El Norte”, ya en 1993 Juan Pablo II se dirigió en una carta a los obispos estadounidenses condenando severamente la pedofilia.

Esta carta de Juan Pablo II es un ejemplo de su clara condena de un crimen tan abominable como la pederastia. En ella resuenan las palabras de Jesucristo a sus discípulos: “Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños” (Lc 17, 1-2), uno de los pronunciamientos más duros de Cristo. Esta determinada actitud de condena, de “tolerancia cero” se expresó también en la reunión extraordinaria de los obispos estadounidenses en el Vaticano que tuvo lugar a mediados del 2002. Recuérdese también como Roma rechazó las primeras decisiones de los obispos estadounidenses tomadas por estos en su reunión en Dallas. En ésta los obispos dejaban abierta la puerta de la readmisión al seno de la Iglesia de aquellos sacerdotes que “solamente” hubieran cometido un acto pederasta. Roma insistió en la necesidad de la “tolerancia cero” y pidió a la jeraquía norteamericana ser más explícita al respecto.

Vaya por delante que comparto con José María Infante la clara condena de la pederastia. Es más, considero que se trata de un acto criminal, de un atentado contra la dignidad de la persona humana especialmente grave. Su gravedad aumenta, por un lado, al tener por objeto a aquellos más indefensos, a aquellos que por su inocencia son más vulnerables. Por otro lado, resulta abominable que aquellos que tienen una especial autoridad moral la malusen de este modo. Estas razones ya serían suficientes para considerar la pederastia en y fuera de la Iglesia como un acto criminal. Sin embargo, es al mismo tiempo un grave pecado.

Ello por una sencilla razón: no hay contraposición entre la naturaleza y la gracia. Todo acto que atenta contra la naturaleza inviolable de la persona humana es al mismo tiempo un pecado, un acto que ofende gravemente a Dios. Por eso no existe disyuntiva. La pederastia, dentro y fuera de la Iglesia, es un acto criminal y un pecado. Es, pues, en la diagnosis del problema en lo que difiero de Infante.

No creo que se trate de una “falla institucional” de la Iglesia el que determinados obispos no hayan actuado en el pasado con suficiente determinación. Tampoco creo que se trate de una incomprensión inadecuada del mismo. La carta mencionada por Infante así como los pronunciamentos de Juan Pablo II al respecto ponen de manifiesto la clara postura oficial de la Iglesia al respecto.

Decir que dos factores que han contribuido a mantener el problema es el “verticalismo autoritario de la Iglesia católica” y el “rito confesional católico” es fallar gravemente el diagnóstico. Hablar de “ascensos” dentro de la Iglesia es aplicar a ésta un esquema que le es completamente ajeno. Decir que “no se permite la deliberación o la toma de decisiones desde las bases” es una acusación tan general que no se tiene en pie. Es más, la fidelidad primaria de la Iglesia ha de ser a la doctrina de su fundador y no a las decisiones de los hombres. Es esta fidelidad la que llevó a Roma, por ejemplo, a pedir a la Conferencia Episcopal Estadounidense rectificar las decisiones tomadas en Dallas. Afirmar que el rito confesional católico favorece la posibilidad de las relaciones pedófilas carece de fundamento. La confesión, tal y como la entiende la Iglesia católica, supone el reconocimiento de la repercusión social de los pecados personales así como el acercamiento personal de Dios al pecador a través de la figura del sacerdote. Además no ha de olvidarse que los actos de pedofilia de los que en este año hemos sabido no solamente han sido llevados a cabo por sacerdotes católicos, sino también por ciertas personas que gozan de una determinada autoridad moral como, por ejemplo, maestros, entrenadores, etc.

No es fácil encontrar una explicación a estos abominables actos. No es fácil tampoco comprender el “mirar a otro lado” de ciertos obispos o su falta de preocupación por la formación ofrecida en los seminarios. Como Infante afirma el problema de fondo es un “trastorno de la personalidad”. Lo lamentable es que estos trastornos no hubieran sido detectados durante el periodo de formación al sacerdocio.

La razón última de estos actos es más bien la existencia del mal en el hombre. Como Solschenizyhn decía, el mal no es algo que esté fuera de nosotros, sino que es una frontera que atraviesa el corazón del hombre.

 

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