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[ FIRMAS ] MARIANO
CRESPO
El perdón, un mandamiento de prudencia y amor
Mariano Crespo
Internationale Akademie für Philosophie -
Liechtenstein
I. Introducción
Durante el último año jubilar el perdón constituyó uno
de los temas centrales. Durante una Santa Misa celebrada en la Basílica de
San Pedro Juan Pablo II imploró el perdón divino por los pecados presentes
y pasados de los hijos de la Iglesia al mismo tiempo que pedía perdón en
nombre de éstos. Días antes la Comisión Teológica Internacional había
publicado el documento Memoria y Reconciliación: la Iglesia y las culpas
del pasado en el que la “purificación de la memoria”, expresión ya
utilizada por Juan Pablo II en Incarnationis mysterium, es presentada como
el objetivo fundamental del perdón y de la petición de éste.
No obstante, la “actualidad” del perdón no se limita al
año jubilar. Ya sea en nuestras propias vidas, en las vidas de los demás o
a través del arte todos hemos experimentado de alguna forma el fenómeno
del perdón. Todos hemos perdonado alguna vez a alguien que nos ha ofendido
o sabemos de alguien que ha perdonado a otra persona. Basta recordar tan
sólo el impresionante gesto de Juan Pablo II visitando en la cárcel y
ofreciendo su perdón a aquel que intentó asesinarle. También en la
pintura, en la literatura, en el cine y en otras manifestaciones
artísticas nos vemos confrontados con este fenómeno. Pero no solamente
tenemos experiencia de perdonar, sino que también todos nos hemos sabido
alguna vez perdonados; todos hemos experimentado en alguna ocasión el
regalo del perdón y la renovación interior que éste trae consigo.
Perdonar constituye uno de los actos morales más
elevados y profundos de la persona. Perdonar un mal nos parece no
solamente algo bueno, sino algo que va más allá de la justicia, algo no
solamente valioso desde un punto de vista moral, sino al mismo tiempo
digno de ser admirado. ¿Cómo no admirar el perdón del padre misericordioso
de la parábola del hijo pródigo? Y, sobre todo, ¿cómo no admirar el perdón
gratuito ofrecido por Dios a los hombres a través del sacrificio redentor
de Jesucristo que se actualiza en cada Eucaristia?
Un primer acercamiento a nuestro tema podría suscitar
una doble impresión. Por un lado, podría pensarse que el perdón auténtico,
el perdón que renuncia a todo odio y resentimiento hacia a aquel que nos
ha inflijido un mal objetivo, es una especie de “caso límite” alcanzable
tan sólo para “superhombres morales” o no alcanzable en absoluto. El
perdón genuino sería más bien una suerte de “lujo moral” al cual habríamos
de tender, pero que, en última instancia, escaparía a nuestras limitadas
capacidades humanas. ¿Puede una madre realmente perdonar al asesino de su
hija? ¿Pueden las víctimas de la barbarie nazi o sus familiares de verdad
perdonar a sus verdugos? o dicho en términos más generales ¿es el perdón
puro, como pensaba W. Jankélévitch, un acontecimiento que nunca puede
suceder en la historia humana? Éstas preguntas no son solamente de orden
psicológico, sino también metafísico. ¿Le es realmente posible al ser
humano perdonar a sus semejantes o, por el contrario, se trata de algo que
escapa a sus “competencias metafísicas?
Intentar responder detenidamente a éstas y a todas las
otras preguntas relacionadas con el perdón es una tarea imposible dentro
de los límites de este artículo. La dificultad aumenta si tenemos en
cuenta los diferentes puntos de vista desde los que se ha considerado el
fenómeno que nos ocupa: la psicología, la pastoral, la apologética, la
filosofía, etc. ¿Pueden, por su parte, los filósofos decir algo acerca del
perdón o es el análisis de éste una tarea reservada a los teólogos
pastorales o, desde otro punto de vista, a los psicólogos?
En este artículo quisiera ocuparme tan solo de dos
cuestiones relacionadas con el perdón, a saber cuál es su objeto y qué
sucede en él. Como hilo conductor de mis reflexiones me referiré a la
parábola del hijo pródigo y a la magistral representación de la esencia de
ésta que encontramos en el conocido cuadro de Rembrandt. Partiré de una
distinción fundamental, a saber, la existente entre el disvalor moral o,
si prefieren, valor moral negativo de un acto a través del cual se nos
inflije un mal objetivo y el mal objetivo mismo. En la acción del hijo
pródigo podemos distinguir pues entre el valor moral negativo de ésta y el
mal objetivo que le inflije a su padre. Intentaré mostrar que el objeto
del perdón es, en sentido propio, el mal objetivo inflijido mientras que
el disvalor moral de la acción solamente puede ser perdonado por Dios y
por aquellos que han recibido de Él la capacidad y el encargo de perdonar
los pecados. Posteriormente me referiré a los dos elementos que, a mi
juicio, están presentes en el perdón y finalizaré ofreciéndoles unas
breves reflexiones que intentan justificar el título de mi intervención.
II. ¿Cuál es el objeto del perdón?
Consideremos lo que sucede en la parabola del hijo
prodigo.
“Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al
padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les
repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y de
marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un
libertino”.
Lo normal hubiera sido esperar a que el padre hubiera
cumplido sus días en este mundo para recibir la herencia que a los hijos
les correspondía. Sin embargo, el hijo menor quiere, por así decir,
“adelantar los acontecimientos” y recibir su parte cuanto antes. De este
modo, muestra una falta de respeto a su padre. De alguna forma, le declara
como “muerto” o, al menos, no importante para él. Algo que es confirmado
con el despilfarro del dinero recibido. Esta falta de respeto a su padre
no es algo moralmente indiferente, sino que nos llama la atención por su
carácter negativo. Si, por un momento, nos fijamos solamente en la acción
del hijo menor, nos encontramos con dos aspectos negativos: por un lado,
el valor moral negativo o disvalor de la acción del hijo y, por otro lado,
el mal objetivo que a través de su acción el hijo inflije al padre. El
hecho de que en su acción estén presentes estas dos cualidades de valor
negativas mencionadas no anula la diferencia entre ambas.
El mal objetivo inflijido por el hijo a su padre no es
un mal objetivo general o un mal inflijido involuntariamente. Su acción
tenía un destinatario claro: su padre. Eso hace que aquel que, en sentido
propio, está autorizado a perdonar al hijo sea su padre y no, por ejemplo,
el hijo mayor o cualquier otra persona. Además se trata de un mal
inflijido intencional y no accidentalmente.
Una vez identificada la acción llevada a cabo por el
hijo pródigo, la cual es comparable con otras acciones en las que una
persona inflije a otra un mal objetivo (por ejemplo, una calumnia, una
grave ofensa, etc.), se nos plantea una primera cuestión: ¿cuál de estos
dos males es el objeto del posterior perdón paterno? En términos
generales, ¿qué es lo que perdonamos? ¿el disvalor moral de la acción de
nuestro ofensor o el mal objetivo que a través de esa acción nos inflije?
Si nos limitamos al perdón humano, creo que hemos de
responder a esta pregunta diciendo que el objeto de nuestro perdón es
siempre el mal objetivo que se nos inflije a traves de una acción
moralmente mala. Nuestras, por así decir, “competencias metafísicas” nos
impiden perdonar los disvalores de las acciones malas. Éstos pueden ser
perdonados solamente por Dios y por aquellas personas que han recibido de
Él la capacidad de perdonar en Su Nombre los pecados.
III. ¿Qué sucede en el perdón?
3.1. ¿Qué tipo de fenómeno es el perdón?
Centrémonos ahora en el perdón concedido por el padre
al hijo y escuchemos el resto de la parábola:
“Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema
en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con
uno de los ciudadanos de aquel país, que le envío a sus fincas a apacentar
puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los
puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo:´ ¡Cuántos
jornaleros de mi padre tiene pan en abunancia, mientras que yo aquí me
muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé
contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame
como a uno de tus jornaleros. Y, levantándose, partió hacia su padre.
«Estando él todavía lejos, le vió su padre y,
conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le
dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado
hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor
vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los
pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta,
porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y
ha sido hallado." Y comenzaron la fiesta.
«Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando
se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los
criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: "Ha vuelto tu hermano y
tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano." El se
irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó
a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una
orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con
mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu
hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!"
«Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y
todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque
este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y
ha sido hallado."»
El conocido cuadro de Rembrandt representa precisamente
el momento en el que el arrepentido hijo vuelve a su padre y éste le
perdona el mal infligido, acogiéndole de nuevo en su casa. Pero, ¿qué tipo
de fenómeno es el perdón? Para responder a esta pregunta intentemos
ponernos en la posición de aquel que perdona, en nuestro ejemplo, el
padre.
En primer lugar, salta a la vista que el perdón es un
fenómeno moral. Porque el hijo ha inflijido un mal objetivo al padre, éste
le puede perdonar. En virtud de la dirección concreta del mal objetivo, es
el padre el que en sentido propio puede libremente perdonar al hijo.
Algunos autores contemporáneos han defendido la existencia de un perdón no
moral, de un perdón ontológico. Asi nuestra naturaleza finita hace
imposible que, por así decir, “nos tomemos en serio los unos a los otros”.
Por mucho que intente solidarizarme con el sufrimiento de mi prójimo,
siempre será menos real y presente que mi proprio sufrimiento. Observar
esta imposibilidad de compartir radicalmente los dolores y sufrimientos
del que me rodea no es una experiencia neutral. Es esta imposibilidad la
que constituiría el objeto de lo que se ha denominado “perdón ontológico”,
un perdón no por haber hecho lo que he hecho, sino por “ser como soy”.
Ciertamente nadie va a sentir el mismo dolor causado
por el hambre o el mismo arrepentimiento que el hijo pródigo. A pesar de
que al padre le duela que su hijo haya pasado hambre hasta el punto de
envidiar las algarrobas de los cerdos, nunca tendrá el mismo hambre que su
hijo tuvo. Ahora bien, el hecho de que la persona que perdona no puede
acceder a los sentimientos, dolores, preocupaciones, etc. del ofensor no
es, a mi juicio, objeto de perdón alguno. ¿Cómo perdonar y pedir perdón
por algo de lo cual no somos responsables? Dicho en términos positivos: la
responsabilidad del ofensor es uno de los presupuestos básicos del perdón.
En segundo lugar, el perdón es un fenómeno complejo que
incluye características propias de los actos y de las “tomas de
posiciones”. Me explico, ciertamente cuando perdonamos « hacemos » algo.
No permanecemos en la inmanencia de nuestra conciencia como cuando, por
ejemplo, nos conmovemos ante la belleza del cuadro de Rembrandt. Con
independencia de que perdonar sea el término de un proceso, se trata de un
acto sancionado por la voluntad libre. Pero, al mismo tiempo, perdonar a
alguien supone cambier nuestra actitud o posición con respecto a él. No
identificamos o “encorsetamos” a aquel que nos ha ofendido con su ofensa.
Esta actitud que vive en el perdón nos permite ver a aquel que nos ha
inflijido un mal objetivo desde una nueva perspectiva. Esta “conversión
del corazón” que tiene lugar en el perdón no es ni algo que suceda “de la
noche a la mañana” ni una especie de pasar por alto o “condonación” del
mal objetivo inflijido. Este cambio de actitud o nuevo modo de ver al
ofensor solamente puede suceder cuando determinadas emociones negativas
como odio, resentimiento etc. son superadas.
La actitud del padre en la parabola del hijo pródigo,
reflejada magistralmente por Rembrandt, no es la actitud de alguien que ve
en su hijo exclusivamente a aquel que le ha mostrado una enorme falta de
respeto. Aunque el relato de la parábola no lo dice, es probable que haya
experimentado indignación o al menos pena por el comportamiento de su
hijo. Tampoco hay en el relato ninguna expresión de reproche. Sin embargo,
el que el padre se levante en cuanto ve en la lejanía a su hijo, el que se
eche a su cuello y lo bese efusivamente, tampoco significa que apruebe su
conducta o que la pase por alto. Lo que esta acogida - representada en el
abrazo que observamos en el cuadro - pone de manifiesto es más bien,
insisto, la no-identificación de su hijo con la ofensa. Más adelante
volveré a este punto.
3.2. Los dos “elementos” del perdón
En todo auténtico perdón llama la atención cómo la
lógica de la “justicia a secas” o del “ojo por ojo”, representada en
nuestra parábola por el hijo mayor, es sustituida por una “nueva lógica”.
Al perdonar a su hijo menor, el padre no está simplemente diciéndole: “de
ahora en adelante no te será tenido en cuenta lo que hiciste”, sino que
está adoptando una actitud positiva con respecto a él en la medida en que
lo afirma como persona. De este modo, nos encontramos con los dos
elementos fundamentales del perdón: por un lado, lo que podríamos
denominar “purificación de la memoría” y, en segundo lugar, la afirmación
o reconocimiento del ofensor como persona.
El que una persona inflija un mal objetivo a otra
provoca una “disarmonía”, el que haya “algo pendiente, no resuelto” entre
ambas. Perdonar contiene no solamente un elemento de renuncia a una
posible venganza o a un “pagar con la misma moneda”, sino también un decir
a la otra persona: “a partir de ahora no te será tenido en cuenta lo que
hiciste”. Como la Comisión Teológica Internacional afirmaba en su
documento Memoria y reconciliación:
“Ésta (la purificación de la memoria) consiste en el
proceso orientado a liberar la conciencia personal y común de todas las
formas de resentimiento o de violencia que la herencia de culpas del
pasado puede habernos dejado, mediante una valoración renovada, histórica
y teológica, de los acontecimientos implicados, que conduzca, si resultara
justo, a un reconocimiento correspondiente de la culpa y contribuya a un
camino real de reconciliación. Un proceso semejante puede incidir de
manera significativa sobre el presente, precisamente porque las culpas
pasadas dejan sentir a todavía menudo el peso de sus consecuencias y
permanecen como otras tantas tentaciones también hoy día”
Esta “purificación de la memoria” presupone, al mismo
tiempo, una nueva relación con la ofensa sufrida completamente diferente
del resentido, de aquel que permanece, por así decir, anclado en el
pasado, incapaz de dejar de ver a aquel que le ofendió como su ofensor. En
su bello libro sobre el perdón Wladimir Jankélévitch se ha referido
magistralmente a este aspecto. Mientras que el hombre resentido permanece
atado al pasado, incapaz de transformar su actitud, la actitud del que
perdona es la del que viaja “ligero del equipaje” del pasado.
Sin embargo, perdonar es mucho más que “purificar la
memoria”. En él late una actitud positiva con respecto a la persona que
infligió un mal objetivo. Permítanme algunas palabras acerca de esta
actitud que, a mi juicio, subyace en el perdón. Para ello me referiré
brevemente a un problema de la filosofía moral, a saber, el modo en el que
se entiende la relación entre el agente y sus acciones o, si prefieren,
entre la persona y sus actos. Una primera y, a mi juicio, superficial,
aproximación a esta cuestión mostraría que sólo existen dos posibilidades:
o existe una relación “rígida” entre el agente y la acción de forma que la
evaluación de aquel depende de la evaluación de ésta o no existe una
relación tal que no nos permite enjuiciar a las personas por sus actos. En
el primer caso, una evaluación negativa de la acción conllevaría una
evaluación negativa del agente (lo cual haría el perdón imposible).
Asimismo una evaluación positiva del agente llevaría a una evaluación
positiva de la acción, lo cual sería más bien un caso de condonación que
de perdón. Por otra parte, si la relación entre el agente y las acciones
es “rota”, no tiene ningún sentido hablar de perdón. Una versión radical
de esta concepción consistiría en negar la identidad de una persona P en
el tiempo T1 con la persona P en el tiempo2. No tendría ningún sentido,
por ejemplo, perdonar a San Pablo por sus persecuciones a los cristianos
antes de su conversión por la sencilla razón de que San Pablo y Saulo eran
dos personas distintas. De esta forma, parece que hemos llegado a una
especie de callejón sin salida en lo que se refiere al perdón.
Sin embargo, no es difícil ver que este dilema es sólo
aparente. La clave para ello es el análisis del tipo de actitud positiva
que encontramos en la persona que perdona. Esta actitud consiste en el
reconocimiento de que el ofensor tiene un valor que transciende el mal
objetivo inflijido y el disvalor de la acción a través de la cual este mal
es inflijido. Cuando perdonamos a alguien vemos con nuevos ojos la
plenitud de valor indestructible que existe en cada persona. Ciertamente
constatamos el disvalor de su acción y lo rechazamos. Sin embargo, la
nueva actitud de la que aquí venimos hablando nos hace capaz de elevarnos
sobre una respuesta al mal con el mal que estaría en consonancia con lo
que antes hemos llamado una lógica de la “justicia a secas” o de la “fría
igualdad”. En esta nueva actitud de la persona que perdona - piensen en el
padre de la parábola - se funda el “crédito” que en todo acto de perdón se
concede al perdonado. De esta forma, perdonar a nuestro ofensor significa,
en cierto modo, “apostar” por él, adoptando con respecto a él una nueva
perspectiva. Ciertamente, dicha confianza puede ser decepcionada por el
ofensor en la medida en que puede inflijirnos de nuevo un mal objetivo. A
pesar de que perdonar a una persona supone tener una certeza de que ésta
no nos va a ofender inmediatamente, esta certeza no es absoluta.
Dicho de otra forma, perdonar es posible en la medida
en que es posible separar el pecado del pecador. En la medida en que es
posible hacer esta separacion, es también posible “odiar” el pecado y
“amar” al pecador. El perdón del padre del hijo pródigo supone esta
separación sin que ello conlleve una disculpa o aprobación de la falta del
hijo. El hijo pródigo es responsable de su falta, pero no es reducible a
ésta. Es esta separación o, si se prefiere, la consideración del hijo en
una perspectiva más amplia la que permite el perdón. La actitud de la
persona que no identifica o “encasilla” al ofensor con/en su ofensa es la
base del valor moral del perdón. A esta nueva actitud subyace un “cambio
del corazón” de la persona que perdon que tiene su raíz en el
reconocimiento del ofensor en cuanto persona. El que perdona percibe que
aquel que le ha inflijido un mal objetivo posee un valor en cuanto persona
que, por así decir, trasciende la ofensa inflijida. Como Robert Spaemann
afirma:
"Soy, ciertamente, el que hizo tal cosa, y lo seguiré
siendo. La identidad personal no es un más allá en relación con los
predicados innatos y adquiridos. Es la totalidad del hombre la que tiene
estos predicados como determinaciones suyas. Pero el significado de estas
determinaciones para el hombre entero, o sea, para el ser de la persona,
no es definitivo. La persona es siempre más que la suma de sus predicados”
Una posible objeción contra esta concepción del perdón,
basada en la distinción entre el “pecado” y el “pecador” y en el amor del
“pecador” a pesar del “pecado”, podría ser su liberalidad. Parecería que
una visión semejante no tendría suficientemente en cuenta la importancia
negativa de los disvalores morales. “Amar al pecador y odiar al pecado”
sería fruto, en última instancia, de una “ceguera” ante los valores
morales negativos. No creo, sin embargo, que esta objeción sea correcta.
Es claro que el perdón supone una clara toma de psotura con respecto al
disvalor de la acción ofensiva. En este sentido, perdón y condonación son
radicalmente diferentes. Adcribir al ofensor su ofensa, hacerle
responsable de ella y, al mismo tiempo, comunicarle nuestro respeto como
persona no es en modo alguno contradictorio ni “disimula” la ofensa misma.
Al perdonar a su hijo, el padre de la parábola ofrece a aquel un mensaje
muy concreto: “a pesar de tu ofensa, en cuanto eres una persona y, por
tanto, tienes una dignidad personal, eres capax remissionis”. De este
modo, el hijo que “estaba muerto, vuelve a la vida; aquel que estaba
perdido, es hallado." Con la actitud de su padre, el hijo no se siente
humillado, sino valorado y “re-integrado”.
3.3. El arrepentimiento del ofensor como “cooperación”
en el perdón.
Este “distanciamiento” del ofensor con respecto a su
“ofensa” puede encontrar expresión también en el ofensor mismo a través de
su arrepentimiento y de la subsequente petición de perdón. A través de
éste, el ofensor acepta la responsabilidad de su ofensa, pero al mismo
tiempo se distancia de ella. En la medida en que la persona que me ha
inflijido un mal objetivo se arrepiente sinceramente comparte conmigo el
rechazo de su acción. Pero no solamente esto. Dado que el perdón tiene
lugar en un contexto intersubjetivo, podemos decir que la “purificación de
la memoría” y la afirmación del carácter de persona del ofensor -
elementos fundamentales de todo perdón - requieren de algún modo del
arrepentimiento del ofensor para que el perdón alcanze toda su
efectividad, para que el “hijo que estaba muerto, vuelva a la vida”.
¿En qué consiste el arrepentimiento? Volviendo a
nuestro ejemplo, ¿qué es lo que sucede en el mundo interior del hijo
pródigo que hace que éste regrese a su padre? ¿Qué es lo que le mueve a
arrojarse a sus pies suplicando su perdón?
En su magistral ensayo titulado Arrepentimiento y
vuelta a nacer (Reue und Wiedergeburt) Max Scheler analiza detenidamente
el fenómeno del arrepentimiento mostrando cómo se trata de un fenómeno
originario positivo, no reducible a otra cosa. El arrepentimiento es, en
palabras de este filósofo, “una forma de autocuración del alma”, “el único
camino para volver a obtener las fuerzas perdidas”. Al igual que el
perdón, el arrepentimiento no puede, por así decir, “borrar” de la
historia la ofensa inflijida. Ni el hijo pródigo ni el padre
misericordioso pueden suprimir del curso de los acontecimientos la falta
de aquel. Sin embargo, a través de su arrepentimiento el hijo puede
también de alguna forma disponer de su pasado. La razón de ello, según
Scheler, es que toda vivencia de nuestro pasado no está del todo “cerrada”
y determinada en lo que se refiere a su valor. Ello permite que podamos de
alguna manera “modificar” el sentido de vivencias pasadas e integrarlas
así en el curso de nuestras vidas. Arrepentirse significaría integrar en
nuestra vida un fragmento de nuestro pasado confiriéndole un nuevo
sentido. En este orden de cosas, el arrepentimiento está estrechamente
ligado con la “purificación de la memoria”. Aunque en un claro contexto
teológico, el documento Memoria y reconciliación se refiere precisamente a
este punto:
“Purificar la memoria significa eliminar de la
conciencia personal y común todas las formas de resentimiento y de
violencia que la herencia del pasado haya dejado, sobre la base de un
juicio histórico-teológico nuevo y riguroso, que funda un posterior
comportamiento moral renovado. Esto sucede cada vez que se llega a
atribuir a los hechos históricos pasados una cualidad diversa, que
comporta una incidencia nueva y diversa sobre el presente con vistas al
crecimiento de la reconciliación en la verdad, en la justicia y en la
caridad entre los seres humanos y en particular entre la Iglesia y las
diversas comunidades religiosas, culturales o civiles con las que entra en
relación. Modelos emblemáticos de esta incidencia que puede tener un
posterior juicio interpretativo autorizado sobre la vida entera de la
Iglesia son la recepción de los concilios, o actos como la abolición de
los anatemas recíprocos, que expresan una nueva cualificación de la
historia pasada en condiciones de producir una caracterización distinta de
las relaciones vividas en el presente. La memoria de la división y de la
contraposición queda purificada y es sustituida por una memoria
reconciliada, a la cual son invitados a abrirse y a educarse todos en la
Iglesia.”
Ahora bien, arrepentirse no significa simplemente tener
mala conciencia por la ofensa inflijida. El arrepentimiento incluye como
elemento esencial la intención de no volver a inflijir la misma ofensa.
Todo auténtico arrepentirse incluye una “conversión del corazón” que va
más allá de la simple “desactivación” de la ofensa pasada. Como Scheler
gráficamente afirma, el arrepentimiento “mata para crear”. No hay
arrepentimiento sincero que no incluya esta intención de una “metanoia”
radical.
Volviendo a la cuestión del arrepentimiento como
“cooperación” por parte del ofensor en su perdón, cabría preguntarse si
esta cooperación es una condición necesaria del perdón. Ciertamente, la
“purificación de la memoria” y la afirmación del ofensor en cuanto persona
que tienen lugar en el perdón son actos libres de la persona que perdona
que, al mismo tiempo, tienen un destinatario concreto, a saber, la persona
que le ha inflijido un mal objetivo. Sin embargo, esta “purificación de la
memoria” y “afirmación del carácter personal del ofensor” no serían del
todo efectivos si no contaran con el arrepentimiento colaborador del
ofensor. La ruptura de la lógica del “ojo por ojo” y su superación por una
nueva actitud no tendrían plenamente a no ser que el ofensor muestre
arrepentimiento. La actitud positiva que, como hemos visto, habita en el
perdón no sería del todo efectiva si no se contara con el arrepentimiento
de la persona ofendida. El hijo pródigo no “volvería del todo a la vida”,
no “sería del todo hallado” si éste no mostrara de alguna forma
arrepentimiento. En otras palabras, el perdón del padre misericordioso no
sería del todo efectivo, si no contara con el arrepentimiento del hijo. En
este orden de cosas, podríamos decir que el arrepentimiento es una
condición necesaria del perdón. Ahora bien, ello no significa - como
podemos apreciar claramente en la parábola - que el perdón sea una especie
de acto utilitario en el que el arrepentimiento es “canjeado” por el
perdón. Ello contradiría crasamente el carácter de “regalo” que todo
auténtico perdón tiene.
El arrepentimiento del ofensor se expresa en su
petición de perdón. Alguien pide perdón porque se arrepiente de haber
inflijido a alguien un mal objetivo. Este arrepentimiento determina la
relación entre la persona y su acto de una forma nueva. Al mismo tiempo,
el hecho de que nuestro ofensor nos pida perdón introduce un elemento
nuevo en toda la situación. El perdón es “más fácil” si el destinatario de
éste lo pide. De alguna forma, nos “desarma” con su petición de perdón
quedando a la espera de nuestra respuesta. Si esta petición de perdón es
sincera, entonces tenemos algo en común con el destinatario de nuestro
perdón, a saber, el interés en que el ofensor no sea reducido a su ofensa.
Con su sincera petición de perdón, nuestro ofensor pide no ser
identificado con su ofensa y toma distancia con respecto a ella.
Desde una perpectiva teológica podemos decir que Dios
no nos perdona para que nos arrepintamos, sino que quiere y exije nuestro
arrepentimiento para que su perdón sea efectivo. Ello no afecta en modo
alguno a la gratuidad del perdón. Así la misericordia, generosidad y
bondad del padre misericordioso que perdona al hijo pródigo resplandecen
en su acto de perdón. Éste está unido al arrepentimiento y a la conversión
de su hijo. En virtud de este arrepentimiento la “sobreabundancia de
misericordia” que tiene lugar en el perdón del padre alcanza plenamente al
hijo.
IV. El perdón, un mandamiento de prudencia y de amor
Las consideraciones acerca del perdón que aquí he
compartido tienen un carácter claramente filosófico. Sin embargo, pienso
que los análisis acerca del objeto del perdón así como de sus dos
elementos constituyen al mismo tiempo, por así decir, los “prolegómenos
filosóficos” a una concepción cristiana de este fenómeno. Con ello, no
quiero decir que la concepción cristiana se “sobreponga” de alguna forma
sobre lo que podríamos llamar el “perdón natural”. Lo que más bien sucede
es que dicha concepción asume y perfecciona la consideración puramente
natural de este fenómeno. En definitiva, gratia non tollit naturam, sed
perficiat!
Sin embargo, el cristianismo introduce una novedad
radical que, si me permiten la expresión, “revoluciona” todo posible
análisis filosófico del perdón. La clave de esta novedad reside en las
escandalosas palabras de Cristo que no tienen nada de «políticamente
correctas»: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien» (Lc
6, 27). Como Juan Pablo II señalaba en su mensaje con motivo de la última
Cuaresma «Amar a quien nos ha ofendido desarma al adversario y puede
incluso transformar un campo de batalla en un lugar de solidaria
cooperación».
Se trata, añade el Papa, de un «arma» que no sólo hace
caer las metralletas en las guerras armadas, sino que también desarma los
espíritus enfrentados en los conflictos familiares o en los litigios
propios de la vida cotidiana.
Bajo esta óptica, la «purificación de la memoria»
adquiere el carácter de una renovada confesión de la misericordia divina.
Este amor misericordioso de Dios va mucho más allá de la afirmación de
nuestra condición de personas. Se trata de un amor que no tiene en cuenta
el mal al ver el arrepentimiento. En virtud de este amor, de esta actitud
positiva hacia nosotros, sabemos también que podemos continuamente retomar
el camino llenos de esperanza.
En última instancia, el perdón es una de las formas más
elevadas del ejercicio del amor. Esa valoración positiva o reconocimiento
del ofensor como persona, que, como decía anteriormente, constituye a mi
juicio, uno de los elementos fundamentales del perdón, se basa en última
instancia en la dignidad especial que el ser objeto del amor de Dios
confiere a los seres humanos. A través del sacrificio redentor de
Jesucristo en la cruz se ha hecho patente que el perdón es posible, que a
pesar de nuestras ofensas, Dios es rico en misericordia. Ésta no humilla,
sino que “halla de nuevo”, “hace volver a la vida” y a la verdad sobre sí
mismo. Como Juan Pablo II afirma en su encíclica Dives in misericordia:
Tal amor es capaz de inclinarse hacia todo hijo
pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda miseria moral o
pecado. Cuando esto ocurre, el que es objeto de misericordia no se siente
humillado, sino como hallado de nuevo y «revalorizado ». El padre le
manifiesta, particularmente, su alegría por haber sido « hallado de nuevo
» y por « haber resucitado ». Esta alegría indica un bien inviolado: un
hijo, por más que sea pródigo, no deja de ser hijo real de su padre;
indica además un bien hallado de nuevo, que en el caso del hijo pródigo
fue la vuelta a la verdad de sí mismo.”
El que el perdón sea una de las manifestaciones más
elevadas del amor no significa que por ello haya de dejar de estar guiado
por la prudencia. Podría objetarse que en ciertos casos parece “prudente”
reservar el perdón o no otorgar este de una forma apresurada. Reconocer
este punto no contradice a mi juicio el carácter de virtud del perdón o,
mejor dicho, de la disposición a perdonar. La razón de ello es que estas
posibles reservas no lo son con respecto a la disposición misma de
perdonar, sino que se refieren a determinadas aplicaciones concretas de
esta disposición. Dicho con otras palabras: el que en algunas ocasiones -
como, por ejemplo, cuando el ofensor no muestra arrepentimiento alguno -
sea más prudente reservar el perdón, no pone en entredicho que la
disposición a perdonar sea un hábito bueno, una virtud. Más bien ello pone
de manifiesto el carácter de la prudencia en cuanto genitrix virtutum con
respecto a a las otras virtudes. En palabras de Dietrich von Hildebrand
podemos decir que la “espina dorsal” de toda virtud es una respuesta
sobreactual a una determinada esfera de valores. A todas estas respuestas
subyace una actitud fundamental general de la persona referida a todos los
valores en general que precisa de un conocimiento de la jerarquía de
éstos. Este conocimiento permite decidir cuando es prudente reservar un
perdón.
V. Conclusión
En mi intervención me he limitado a analizar el
fenómeno del perdón interpersonal en el sentido de un auténtico encuentro
personal. Ésta es la razón por la cual mi contribución ha sido más
temática que histórica. Con ello no quiero decir que los diferentes
análisis históricos de este fenómeno no sean importantes. Al contrario,
dichos análisis constituyen una ayuda importante para acercarse al
fenómeno en sí. Pero de lo que aquí se trataba era de esbozar los
elementos fundamentales de un análisis del perdón.
Antes de concluir, permítanme insistir brevemente en
una de las tesis principales de mi contribución, a saber, que el perdón es
posible en la medida en que no reducimos a las personas a la mera suma de
sus acciones. Llevar a cabo esta reducción supondría pasar por alto la
plenitud del ser personal, la cual no se agota en sus acciones. Todo
“encasillamiento” del ofensor en su ofensa imposibilita el perdón.
Ciertamente el ofensor es responsable de su ofensa. Pero distinguir entre
persona y acto - en el sentido en que aquí tiene esta distinción - no
significa atomizar a la persona. Ello es expresado magistralmente por San
Agustín en un texto de una carta con el que quisiera finalizar este
artículo:
“No es, pues, que aprobemos las culpas que queremos
corregir, ni queremos que la maldad cometida quede sin castigo, porque nos
place. Tenemos compasion del hombre, detestamos su crimen o su torpeza;
cuanto más nos desagrada el vicio, tanto menos queremos que perezca el
vicioso sin enmienda. Cosa fácil es e inclinación natural odiar a los
malos, porque son malos; raro es y piadoso el amarlos porque son hombres;
de modo que en un mismo hombre has de condenar la culpa y aprobar la
naturaleza y, por eso, es justo que odies la culpa porque afea a esa
naturaleza que amas. No está atado por ningún lazo con la iniquidad, sino
más bien con la humanidad quien persigue el crimen para librar al hombre.
Ahora bien, no queda lugar sino en esta vida para corregir las costumbres;
después de ella cada cual recogerá lo que aquí se hubiese conquistado. Por
eso, por caridad para con el género humano, nos vemos compelidos a
intervenir en favor de los reos para que no acaben su vida en el suplicio
de manera que, al llegar a su fin, entren en otro sin fin”. |