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[ FIRMAS ] CARLOS
DÍAZ
Querer y poder
Carlos Díaz
Instituto Emmanuel Mounier - España
Si asumo un deber y deseo ponerlo en práctica, he de
intentar saber hasta qué punto me considero capaz de ejercerlo, es decir,
cuáles creo que son los límites de mi poder, cuestión tanto más importante
cuanto más realista sea mi planteamiento, pues ¿qué sacaría yo en claro si
sé, quiero y debo, pero me resulta imposible realizar ciertos deberes?
Puede ocurrir que mi voluntad quiera y pueda; quiera y
no pueda; no quiera aunque pudiera; ni quiera ni pueda, ¡y hasta que una
parte de mí mismo se oponga a otra parte de mí mismo en su complejo
querer-poder! Si el poder que no puede es la impotencia, ¿qué hacemos con
nuestras dolorosas impotencias? La impotencia es el querer que no puede.
En el camino del "no puedo", algunas de nuestras frustraciones más comunes
son: no sé lo que puedo hacer, o lo que quiero hacer, o lo que debo hacer,
estoy confuso y por tanto no puedo hacerlo; sé lo que quiero pero no me
atrevo; sé lo que quiero y me atrevería pero no me merece la pena
intentarlo; soy incapaz de dominarme para hacer lo que quiero; quiero y
puedo, pero no tengo quién me acompañe...
El impotente se siente incapaz, inútil, irrealizado. A
tan penosa realidad Aristóteles la denominó akrasía, advirtiendo que puede
deberse a que el incontinente abandona la elección, o la conclusión a la
que ha llegado; en el akratés falla el nexo lógico entre el conocimiento
de lo bueno y su realización voluntaria. Con frecuencia no sólo no hacemos
lo que podríamos, sino que perpetramos lo que aborrecemos, como san Pablo.
Aunque podemos más de lo que creemos ("ya no puedo
más"), nuestro poder tiene límites: yo puedo hacer algo, pero no puedo
hacerlo todo, y por eso nuestro poder se tiñe -al menos parcialmente- de
impotencia. A lo imposible nadie está obligado. Es la tarea que acometes,
y la importancia que le concedes, lo que cubre de gloria tus minutos, de
lo contrario expuestos al fracaso. Pero hasta la impotencia de hoy puede
convertirse en poder mañana, consistiendo la vida en la forja del
carácter. La excelencia moral es resultado del hábito; nos volvemos justos
realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza;
valientes, realizando actos de valentía. Disciplina, perseverancia, orden,
paciencia, humildad, son virtudes que acrecen el poder.
El poder sigue al ser; él es fuerza, pujanza, vigor.
Mientras hay vida hay poder, en distinto grado; puede haberlo incluso
después de morir, como en la leyenda del Cid Campeador: poderosa es la
memoración que proviene de la evocación de los muertos. Aunque ciertas
versiones peliculescas presenten al héroe poderoso como a un Rambo de
musculatura correosa y aceitada, renuevo del viejo Hércules, lo cierto es
que hasta un enfermo impotente goza de gran poder ante quien, por amarle,
se lo confiere: ¿cómo negar la importancia que en la vida del padre
amoroso ocupa el hijo menesteroso? Es que el poder brota no sólo de las
capacidades propias, sino de las fuerzas que nos confieren quienes nos
aman.
Y esto, sin olvidar que el poder compartido es el que
más puede. "De poder a poder", a modo de sinergia de poderes, de esa unión
se hace la fuerza. No se trata de eludir el poder, sino de ejercerlo en
justicia para impregnar a ésta de moralidad, en solidaria comunión con los
demás, participadamente, reticularmente. Son los actos de quienes sólo
pueden pequeños gestos los que contribuyen a la creación de las grandes
gestas. Son las microacciones las que posibilitan los grandes hábitos y
las sinarquías en individuos y en pueblos: el auténtico poder nunca brota
de la coerción, ni del imperio dictatorial al modo de los poderosos de
este mundo, pues -Blas Pascal dixit- "la justicia sin la fuerza es
impotente, la fuerza sin la justicia es tiránica".
Mas, sobre todos nuestros poderes, está el poder de
Dios: dichoso el que sabe desarmarse ante Él. |