Imprimir

[ FIRMAS ] CARLOS DÍAZ

Año nuevo... Ellos y nosotros

Carlos Díaz

Instituto Emmanuel Mounier - España

Los homínidos con 780.000 años de antigüedad descubiertos en los yacimientos de Atapuerca (Burgos, España) corresponden a una nueva especie del género homo, posible último ancestro común de los Neandertales y del homo sapiens sapiens, del cual descendemos los humanos actuales. Es el homo antecessor cuyos dientes, mandíbulas y cráneos revelan una combinación inédita de rasgos primitivos y modernos. Del homo ergaster surgido hace dos millones de años en el sur de África, y que emigró a Europa hace uno, emergió en la larga marcha de la hominización este nuevo antecesor, antecedido él mismo por otros más tempraneros.

Aseguran los paleontólogos que las especies evolucionan, aunque sea lentamente. Contemplado el comportamiento de la más metamorfoseada de todas ellas, la humana, por mucho que haya mutado su capacidad cerebral y por muy sofisticados que sean los frutos de su alta tecnología, sus pautas de conducta axiológica a gran escala se asemejan todavía demasiado a las de aquellos dinosauria (plural de dinosaurios), término griego cuya traducción es la de lagartos terribles, aquellos animales ya vencidos por la misma evolución de las especies, cuyos esqueletos reconstruidos según los restos fosilizados evidencian una naturaleza netamente reptiliana.

El género humano tiene una asignatura pendiente todavía, la de demostrar que ha dejado atrás el comportamiento de los rinocéfalos ("cabezas hocicudas"), caracterizados por tener mucho morro; de los arcosaurios ("reptiles dominantes"), y dentro de ellos el de los dinosaurios ("reptiles terribles"); de los oportunistas coelusaurios ("lagartos huecos"), terópodos muy primitivos, ligeros y pequeños, bípedos ya, adaptados a la carrera rápida tanto para la huida como para la predación; de los voluminosos tiranosaurios ("lagartos amos"), carnosaurios o lagartos carnívoros, expertos en comerse a cuanto bicho viviente veían más pequeño que ellos; de los brontosaurios ("lagartos del trueno"), de hasta 35 toneladas, especializados en berrear, al modo de ciertos jefes de negociado a quienes a su vez encanta hacer el reptil ante sus propios superiores, pues en esto de hacer el reptil siempre hay uno más arriba ante el cual mostrar las habilidades; de los estegosaurios ("lagartos con tejado"), que iban por el mundo con su ego por delante, pues su mismo presuntuoso nombre de estegosaurios ("este ego, este saurio, el ego de este saurio") les delata y no deja ninguna duda acerca de su egoísmo, egoísmo que cubrían con un tejadillo en la cabeza, a modo de quienes se ponen el mundo por montera y al prójimo por montura. ¡Ay, estegosaurio reptilizante, que presumes luego careces, no olvides que tu diminuta cabeza contenía sesos no mayores que los de un pollo actual, aunque tuvieses 30 pies de largo y pesases más que un elefante, ay tú, hermano estegosaurio, colmo de la escasez de sesos dinosaúrica!

Pues bien, el orgulloso sapiens-sapiens del año 2.000 d.C. dista mucho de haber llegado aún a donde iba, y en él tanto se observan tantas huellas del hombre viejo como promesas del nuevo. La cuestión no es cambiar de piel por abandono, sino mejorarla por empatía axiológica. El humano de hoy es un animal enfermo, etimológicamente hablando (in-firmus, no firme): camina con un pie más corto que otro, ha hipertrofiado su brazo de acero de tecnita, a costa del alma bella de santo. Ojalá que, como especie joven que somos, podamos rectificar y acompasar ambos avances. No es tan fácil, pues según parece tantas escuelas y universidades del primer mundo no solucionan esta cuestión. Ahora bien, ¿para qué sirve la escuela, si no es para hacernos más buenos, sin dejar por ello de ser más tecnitas?

 

Inicio ] [ Atrás ]