Ni hombre sin Dios,
ni política sin moral
Jaime Septién
Viene la Iglesia a decirnos que no se puede ser
católico e inmoral; católico y corrupto; católico y ladrón; católico y
abortista...
Entiendo que a muchos políticos que se dicen católicos
cayera como balde de agua helada la “Nota doctrinal sobre algunas
cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la
vida política” que acaba de publicar la Congregación para la Doctrina de
la Fe, del Cardenal Ratzinger, con el visto bueno del Santo Padre. Lo
mismo pasa cada vez que la Santa Sede nos recuerda la radical obligación
de imitar a Cristo a la que estamos llamados, la vocación de santidad que
no es propia.
Como siempre, los políticos, lo que son, los que
aspiran a serlo, no se esperaban tanta exigencia. Menos ahora, en México y
en buena parte del mundo, cuando lo que les importa a ellos y a sus
partidos, es llegar al poder a como de lugar, sin valorar ni los medios ni
la dignidad de las personas, en el relativismo brutal al que ha llegado el
ejercicio de una de las vocaciones humanas más necesitadas de santidad,
porque en la política, en la verdadera política, se nota la huella
cristiana como servicio incondicional al otro-Cristo, es decir, a todos
los hombres.
La Nota habla de principios básicos de la conciencia
cristiana, de compromisos, de la esencia del católico en el mundo. Y, como
decía Jean Guitton, lo que hoy existe es el “silencio sobre lo esencial”.
Queremos navegar entre dos aguas. Quedar bien con dos amos. Servir, al
mismo tiempo, a Dios y al diablo. Y viene la Iglesia a decirnos que no:
que no se puede ser católico e inmoral; católico y corrupto; católico y
ladrón; católico y abortista, en fin, católico y blandengue, fofo, ñoño,
permisivista, manga ancha, adúltero, infiel, y si mucho me empujan, que no
se puede ser católico y tonto (entiendiendo “tonto” como “hacerse el
tonto”, esto es, simular que no me doy cuenta que ofendo a Dios cuando
ofendo la dignidad del otro) Y esto vale para los políticos tanto como
para los empresarios, los comerciantes, los maestros, los padres de
familia…
Fe y vida han de ser una sola y misma corriente en el
río de la vida del católico. Pero las queremos separadas, alejadas. La
una, para los domingos, la otra para los días de la semana. “¿Coherencia?”
“¿Qué es eso?”, preguntan con cara de no romper un plato las nuevas
generaciones. “¿Para qué sirve ese estorbo; esa palabreja de los abuelos,
ese imperativo de los dogmáticos?” Envueltos en la ética del “todo lo que
deseo se debe alcanzar, por los medios que sean necesarios”, los nuevos
políticos, incluso los que se dicen católicos, mandan a volar las
exigencias del Evangelio y se concentran en vivir a fondo “el pedazo de
tiempo que les tocó vivir”; esto es, sacarle la mayor raja, el mayor
provecho personal, el mayor rendimiento económico posible a una situación
de “privilegio”.
Un tipo de los que no faltan en la política mexicana,
decía a los cuatro vientos: “yo no pido que me den, sino que me pongan
donde hay”. La Nota vaticana, que tan mal cayó en círculos de nuestro país
(fue criticada, como siempre, por los periódicos como si se tratara de una
“ocurrencia” más del Papa y del “nuevo inquisidor” Ratzinger), viene a
oponerse a esta máxima del más puro cinismo. El católico debe emprender y
llevar a cabo sus deberes en la Tierra siempre con la mirada puesta en el
cielo. Guiados por Cristo, pero sirviendo a su prójimo, en el aquí y el
ahora. Como decía el Papa Juan Pablo ll en la Carta Encíclica Motu Proprio
dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de Gobernantes y
Políticos, “ni el hombre se puede separar de Dios, ni la política de la
moral”.
El documento completo se puede leer
aquí
Fecha de publicación: 24 de enero
de 2003
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