Beber el cáliz de la
amargura
Pbro. Prisciliano Hernández Chávez ORC
Las estadísticas de la Santa Sede informan de los
hermanos sacerdotes que abandonaron el ministerio desde el Concilio
Vaticano II: 50 mil sacerdotes.
Las estadísticas de la Santa Sede
informan de los hermanos sacerdotes que abandonaron el ministerio desde el
Concilio Vaticano II: 50 mil sacerdotes. Es una cifra grande y
preocupante. Pero aún así podemos afirmar que son más los sacerdotes
fieles y los llamados a través de las diversas familias sacerdotales y de
espiritualidad surgidas desde entonces. Esperamos aún la primavera
vocacional augurada por el Papa Juan Pablo II, si el sacerdote se empeña
humildemente para lograr comunidades y parroquias santas según aquello de
'sed santos porque yo el Señor soy santo'.
Constatamos, pues, que algunos hermanos
sacerdotes no pudieron beber el cáliz de la amargura que bebió el Señor
Jesús; pudo mas la desilusión, el fracaso, la indecisión e incertidumbre
que el seguimiento en la noche oscura de la vida que exigía el abandono en
las manos del Padre y la postura marial del 'hágase en mi según tu
palabra'. Actitud propia de su descendencia cuyo fundamento o talón
aplasta la cabeza insidiosa y tramposa de la serpiente de las autonomías,
de los colosos fieros y metálicos con pies de barro.
Crisis del sacerdote, que no del
sacerdocio, que se agravó en el ambiente secularizado y carente de
sentido, cuando se proclamaba al hombre como un absurdo, cuando caían las
ideologías y los muros de las seguridades humanas.
¿Cómo no deplorar la mediocridad moral?
No me resisto a citar las palabras
conmovedoras del inolvidable Pablo VI en la homilía del jueves santo de
1971: 'Hermanos, yo no puedo pensar en este trágico drama pascual sin
que también, en mi espíritu de obispo y de pastor se asocie el recuerdo
del abandono, de la fuga de nuestros cenáculos de tantos hermanos nuestros
en el sacerdocio, dispensadores de los misterios de Dios. Lo sé, lo sé, es
preciso distinguir caso y caso; es preciso comprender, es preciso
compadecer, es preciso perdonar y tal vez, es preciso volver a considerar,
y siempre es preciso amar; y recordar el amor angustioso que también estos
hermanos por desgraciados o desertores que sean, han sido señalados con la
impronta indeleble del Espíritu, que los hace sacerdotes para siempre, que
cualquiera que sea la metamorfosis a la que ellos exterior o socialmente
están sometidos, y muchos por sí reclaman por viles motivos terrenos.
¿Cómo no advertir en esta hora de comunión los puestos vacantes de éstos
que fueron un día nuestros comensales? ¿Cómo no llorar por la decisión
consciente de algunos? ¿Cómo no deplorar la mediocridad moral que quisiera
hallar natural y lógico el romper una promesa propia, largamente
premeditada, solemnemente profesada delante de Cristo y de la Iglesia?
¿Cómo no orar en esta tarde por estos hermanos que han huido y por las
comunidades que han abandonado y escandalizado?...(AAS
63, 276. 1971)
Esto nos habla de efectos y de
consecuencias, no de causas. Además, de respetar a toda persona porque
toda historia humana es sagrada en dicho de Vanier, objetivamente, no
se presentaron las crisis por generación espontánea. La desilusión, la
amargura o la incertidumbre de la propia identidad sacerdotal, apuntan a
un olvido de la vida interior, obnubilación en la fe, falta de ascética,
liberalidad de las costumbres; pero sobre todo, ese abandono de la hermana
menor de las virtudes teologales, la esperanza. La esperanza es la virtud
que nos conduce a la purificación de la memoria con esa total confianza y
abandono en el amor sanante del Padre; es el pasar por las llagas del
Siervo Doliente Jesús, sobre todo la de su Corazón, para ser sanados en el
núcleo de nuestra identidad personal. Ante el abismo de no saber, de no
poder; ante la oración angustiante o del grito 'Padre, ¿porqué me has
abandonado?', la oración confiada de quien en Jesús proclama con los
latidos intensos del corazón: A tus manos encomiendo mi espíritu; o
de la espiritualidad de Charles De Foucauld: Padre me pongo en tus
manos, haz de mi lo que quieras, lo acepto todo con tal que tu voluntad se
cumple en mi'. Ante un abismo de fragilidad y de miseria está el
abismo amoroso del Padre.
Sacerdotes según el Corazón de Cristo
El reto de ayer como de hoy es dejar la
casa del miedo edificada por falsas seguridades, prejuicios y experiencias
negativas por el hogar del corazón en la aceptación de la propia
vulnerabilidad desde el Corazón Sacerdotal y misericordioso de Cristo, en
una identificación plena con Él: esta es la solución como enseñaba el
Padre Enrique Amezcua Medina, Fundador de la Confraternidad Sacerdotal de
los Operarios del Reino de Cristo: 'sean sacerdotes según el Corazón de Cristo'.
De aquí que sean insoslayables la humildad, la misericordia, la oración en
la vivencia consciente y gozosa del discipulado del Señor en orden a ser
sus testigos. Sólo así se puede beber el cáliz de la amargura, tomar la
cruz de cada día y seguirlo hasta la inmolación victimal del calvario de
la vida. Beber el cáliz del rechazo, del menosprecio, de la soledad... por
amor al Padre cuya gloria es la salvación de todos.
Finalmente recordamos al Cardenal
Newman, quien de rodillas y ante el féretro del
hermano y del amigo sacerdote desertor, hizo suyas las palabras de un
salmo como plegaria inacabable: Señor no abandones la obra de tus
manos, Señor no abandones la obra de tus manos, Señor no abandones la obra
de tus manos....
Fecha de publicación: 24 de enero de 2003 |