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[FIRMAS] P. SANTIAGO
MARTÍN
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3º Domingo del Tiempo Ordinario
26 de enero de 2003
“Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su
hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando las redes en el
lago. Jesús les dijo: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. (Mc 1, 16-18)
El relato de la vocación de los apóstoles es una
invitación a valorar la vocación sacerdotal y a la vida religiosa. Para
muchos se trata de una opción imposible debido al voto de castidad.
Ignoran, los que así opinan, la verdadera fuerza del amor. Porque el fondo
de la vocación consagrada y sacerdotal es precisamente el amor: se ama
tanto a alguien que se está dispuesto a renunciar a algo legítimo y bueno,
como tener una familia, para dedicarse por entero al Señor y a las cosas
de Dios, a la evangelización. ¿Hay mayor prueba de amor que esa?. La
vocación nace del amor y el celibato es una llamada a la plenitud del
amor, aunque en realidad esto sólo lo pueden entender los que están o han
estado verdaderamente enamorados.
Pero detrás de este texto está también una lección para
todos, casados incluidos. Porque hay también una vocación a seguir a Jesús
en el propio estado y a seguirlo con radicalidad, con seriedad, con
plenitud. La vocación a la santidad es común para todos y si no existen
las dificultades del celibato o de la obediencia existen las de la
convivencia, la educación de los hijos o el testimonio de la propia fe con
una vida coherente y honrada en medio de un mundo cada vez más alejado de
Dios. A todos Dios nos llama a seguirle, cada uno en su estado. Y espera
que respondamos como los apóstoles: inmediatamente. Porque seguir al Señor
es lo mejor que nos puede pasar.
Fecha de publicación: 24 de enero de 2003 |