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Católicos y medios de comunicación

Javier Arnal

Los católicos hemos de profundizar en lo que supone, de verdad, la sociedad de la información. A todos los niveles, hay que formarse en la cultura mediática, sin miedo, con las personas y medios que sean necesarios.

La reciente nota de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe acerca de los católicos en la política ha vuelto a poner de manifiesto la brecha que existe entre muchos medios de comunicación y la Iglesia Católica, tanto en lo relativo a muchas de sus instituciones como a los católicos en general. La Iglesia, simplemente, ha pedido coherencia a los católicos: que no haya esquizofrenia entre sus creencias y sus actuaciones en la política. No es algo nuevo ni parece que sea un detonante para la polémica, considerado a primera vista, pero ha sucedido de nuevo lo habitual: se ha criticado negativamente, se ha relativizado en aras del famoso pluralismo ético que sólo acepta el consenso, o bien se ha silenciado esa nota en muchos medios, y muy pocos católicos han reaccionado.

Aunque duela, es evidente que vapulear a la Iglesia o a aspectos de su doctrina suena a progre, e incluso a poseer una personalidad madura. En ocasiones, el nuevo “grado” de esa supuesta madurez ética es ignorar o minusvalorar: los insultos parecen evocar agresividades pertenecientes a otra generación. Sigue sonando a “progre” la indiferencia o la ridiculización.

No me parece describir un panorama irreal, negativo para los católicos. Como periodista y como católico, me gustaría poder escribir otra opinión, y ojalá dentro de unos años pueda hacerlo en otro sentido, pero el clima es atronador y requiere una reacción proporcional.

Los católicos hemos de profundizar en lo que supone, de verdad, la sociedad de la información. A todos los niveles, hay que formarse en la cultura mediática, sin miedo, con las personas y medios que sean necesarios. Es un reto para todo católico, pero también para todas las instituciones, asociaciones y entidades de todo tipo que son católicas, incluso en su denominación. Si no, cuando llega el momento de reaccionar, los católicos se encuentran indefensos, acobardados.

Pero no olvidemos que el cambio que se requiere afecta, como he apuntado, a las instituciones de la Iglesia, que han de dedicar más atención, más medios (personas y dinero) para ir cambiando la actual hostilidad hacia la Iglesia Católica, de la que se acuerdan muchos medios de comunicación cuando hay algún escándalo, pero cuya amplísima tarea formativa y solidaria casi es ignorada.

Como periodista, y reconozco que es tema frecuente de conversaciones con colegas, se echa en falta, en más de una ocasión, con relativa frecuencia, más y mejor información de la Iglesia. Las instituciones católicas deben profesionalizar su información, conscientes de que en ello se juegan buena parte de su eficacia apostólica. Seguirán existiendo anticlericales, grupos interesados en desprestigiar a la Iglesia o algunos de sus preceptos -o doctrina, que ¡muchas veces! es un recordatorio de la moral natural-, pero el “goteo” constante de una mejor información dará su resultado.

Al igual que la Iglesia asumió la tarea de promover centros educativos, dedicando energías como ninguna institución, desde niveles inferiores a universitarios, en la comunicación se requiere un análisis en profundidad, sin lamentaciones estériles. Si no cala en la opinión pública -en buena parte por los medios de comunicación- la voz de la Iglesia, no sólo hay que atribuirlo a los medios de comunicación, sino también examinar cómo se expresan las instituciones y los responsables de iniciativas que incluso se califican como “católicas”, y de hecho lo son.

Un colega decía que, como la Iglesia no inserta publicidad, ningún medio o columnista tiene intereses económicos. Empresas y gobernantes invierten en publicidad y en medios de comunicación. En España acaban de alzarse algunas voces demandando un periódico católico, a la vista de la situación que he tratado de sintetizar. Pero los católicos más bien parecen mirar a las instituciones católicas, en vez de planteárselo como una iniciativa social y laical, que asuma ese reto personal y responsablemente. No basta, tampoco, buenos deseos: hace falta profesionalidad -personas y dinero, accionistas y periodistas-, porque un resultado ñoño, pigmeo o de inviabilidad confirmaría la idea de algunos de que las creencias religiosas son un obstáculo para la excelencia profesional.

A una redacción de un periódico, televisión o radio, nos llegan una gran cantidad de mails, fax, cartas, o simplemente llamadas telefónicas o visitas personales. Por supuesto, depende de la importancia del medio de comunicación. Puedo asegurar que no siempre hay una envergadura empresarial considerable, sino una persona o personas que son conscientes de lo mucho que se juegan con su mensaje en los medios de comunicación, y algunos logran un excelente tratamiento sin apenas coste...salvo la molestia de informar, con oportunidad y constancia. ¿Llave de su éxito? Muchas veces es que son asequibles, amables, siempre que un periodista les solicita su opinión, datos, contraste de cifras. Y otro dato cultural llamativo: ¡llegan poquísimas cartas u opiniones al director, y las pocas que llegan son de queja, rara vez de felicitación!

Es evidente que aludo a algo tan evidente como no estigmatizar a los periodistas o a los medios de comunicación como superficiales y desinteresados ante toda cuestión moral. Probablemente, en el ranking de los que gozamos de menos estima social estemos casi empatados los políticos y los periodistas. No pienso detenerme en nuestros errores: ¡abundan los que los airean, por escrito o tomándose una cerveza, a la vez que observamos las chapuzas de un fontanero, constructor, médico o abogado! Por favor: el primer paso constructivo es dejar de “apedrear” a los periodistas, aunque sólo sea coloquialmente, pues las mejores cabezas se encaminarán a otras profesiones.

¿Tanto cuesta aceptar que, como en todas las profesiones, hay periodistas excelentes y otros que son mediocres o sin vocación profesional? Podría contar muchas historias alentadoras. A quien tenga dudas de lo que digo, le sugiero que se pregunte: ¿le parece adecuada la remuneración actual de muchos periodistas? ¿conocen las condiciones laborales de los periodistas? ¿qué decide y cómo decide un periodista? ¿las presiones que usted nota en su puesto de trabajo son ajenas a un periodista? ¿el agobio de cualquier empresario es mayor que el de un empresario de un medio de comunicación? La ignorancia sigue siendo muy atrevida, temeraria. Y así nos va a los católicos.

La contribución ha de ser de todos, sin temor a que nos escuezan las verdades, a unos y a otros. De lo contrario, los debates son estériles, quejumbrosos. Me parece que es algo que Juan Pablo II está pidiendo a gritos en su pontificado, como parte importante de la nueva evangelización , que ha de generar una nueva cultura. Basta recordar las ocasiones en que ha afirmado que la comunicación es el primer areópago de nuestra sociedad (por ejemplo, en la encíclica “Redemptoris missio”). Pablo se encaminó al areópago de Atenas: tenía formación, valentía, claridad de ideas en las prioridades de su actividad. En la práctica, los católicos no lo estamos demostrando ahora.

 

Fecha de publicación: 30 de enero de 2003

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