El silencio de Dios,
una reflexión del Salmo 76
Alberto Horacio Rodríguez
Análisis de las etapas que tuvo que sortear el
salmista para poder llegar a Dios, ante Su silencio en momentos de
angustia y contradicciones producto de la realidad de este mundo
Introducción
No lejos de nosotros, de un foso subían llamas
gigantescas. Estaban quemando algo. Un camión se acercó al foso y descargo
su carga: ¡eran niños! Si, lo vi con mis propios ojos. No podía creerlo.
Tenia que ser una pesadilla. Me mordí los labios para comprobar que estaba
vivo y despierto. ¿Cómo era posible que se quemara a hombres, a niños, y
que el mundo callara? No podía ser verdad. Jamás olvidaré esa primera
noche en el campo, que hizo de mi vida una larga
noche bajo siete vueltas de llave. Jamás olvidaré esa humareda y esas
caras de los niños que vi convertirse en humo. Jamás olvidaré esos
instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma, y que dieron a mis sueños
el rostro del desierto. Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó
para siempre las ganas de vivir.
Un niño
judío en un campo de concentración.
En el devenir de la vida, no siempre los eventos son de
nuestro agrado. Surgen días con mucha angustia donde las circunstancias
nos envuelven y ahogan amenazando nuestro bienestar. Hay jornadas de mucha
presión, situaciones de temores y desorientación: es cuando los hechos, es
decir nuestra realidad sufre un choque frontal con las promesas de Dios.
Ante la angustia el hombre puede recorrer tres estadios para llegar a
Dios: la súplica, el examen y la remembranza.
El sujeto suplicante
Ya en el abismo de la desesperación, la oración se
convierte en lamento, súplica, invocación de ayuda, demandamos con
vehemencia una respuesta a nuestro sufrimiento (cf. Salmo 76,1-6)
Para el Salmista, de hecho, Dios no es un ser
insensible, alejado en sus cielos eternos, inmóvil, indiferente a nuestros
sufrimientos. Al tener esta visión de Dios, es cuando surge la duda,
surgen interrogantes tan amargos que ponen en crisis la fe:
Como veremos, estos interrogantes serán satisfechos por
una renovada confianza en el Dios, redentor y salvador.
Se presenta la lamentación sobre el presente que nos
angustia y sobre el silencio de Dios ante los acontecimientos que no
comprendemos: la realidad en contradicción con las promesas de Dios.
El sujeto examinador
De la súplica desesperada, se pasa al siguiente
estadio: el diálogo interrogador (cf. Salmo 76,7-10). Este grito interpela
al misterio de Dios y su silencio. El salmista se sumerge en una discusión
sin interlocutor. Hace preguntas, inquiere, señala, se enfrenta,
recibiendo como respuesta más silencio.
El silencio de Dios trae dudas, inseguridades. ¿Porqué
permites esto? ¿Es que tenía una imagen y conocimiento de Dios equivocado?
Cuando el dolor llega al colmo y querría alejar el
trago amargo del sufrimiento (cf. Mateo 26, 39), las palabras estallan y
pierden el sentido que tenían en el pasado. Las preguntas se convierten en
lacerante de nuestra fe, dejando al desnudo nuestra verdadera devoción a
Dios.
El Salmista se pregunta por qué le rechaza el Señor,
por qué ha cambiado su rostro y su actuar, olvidando el amor, la promesa
de salvación y la ternura misericordiosa.
Y aquí llegamos al punto central de nuestra
desesperación: le rechazamos, aquella existencia de un Dios cuya forma de
actuar no entendemos. Proyectamos contra el Creador nuestra agresividad y
protestamos porque no nos gusta su creación.
Tal como afirma Arthur Schopenhauer (1788-1860) en El
Amor, las mujeres, la muerte y otros temas: “Si Dios ha hecho este mundo,
yo no quisiera ser Dios. La miseria del mundo me desgarraría el corazón.”
Con Schopenhauer, aceptamos que nuestra voluntad
siempre estará insatisfecha, la salida propuesta es una experiencia
estética de liberación momentánea o un estado ético, de negación de la
individualidad. El salmista muestra una insatisfacción que considera
inexplicable, buscando la posible respuesta en un cambio de actitud de
Dios.
En su obra de teatro El diablo y el buen Dios de Jean
Paul Sartre (1905-1980)., plantea de forma explícita la cuestión sobre la
existencia de Dios. Goetz, un caballero de la Edad Media, decide hacer el
mal para provocar a Dios. Luego toma la resolución de hacer el bien porque
quiere convertirse en un santo. Pero ni sus provocaciones ni sus súplicas
consiguen arrancar de Dios un gesto o una palabra que muestren algún
interés por él. Sin embargo, al sentirse solo, se descubre libre y apto
para construir la ciudad terrena.
“Yo solo, tienes razón. Yo suplicaba, pedía un signo,
enviaba al cielo mensajes: ninguna respuesta. El cielo ignora hasta mi
nombre. Yo me preguntaba a cada minuto lo que podía ser a los ojos de
Dios. Ahora ya conozco la respuesta: nada. Dios no me ve, no me oye, no me
conoce. ¿Tú ves ese vacío por encima de nuestras cabezas? Es Dios. ¿Ves
esa brecha en la puerta? Es Dios. El silencio es Dios. La ausencia es
Dios. Dios es la soledad de los hombres. No había nadie más que yo. Sólo
yo he decidido sobre el mal. Sólo yo he inventado el bien. Soy yo el que
ha hecho trampa, yo el que ha hecho milagros, yo el que me acuso hoy, yo
solo el que puede absolverme; yo, el hombre. Si Dios existe, el hombre es
nada. Si el hombre existe...” (J. P. SARTRE, El Diablo y Dios, Alianza
Editorial, Madrid 1995, p. 229).
Rescatamos de Sartre, su concepto antropológico de
hombre: más que ser es hacerse, de dónde surge la angustia ante tamaña
responsabilidad. Somos “nada”, posibilidad y esta posibilidad de ser
conciencia humana nace a partir de la mediación con el otro, con el
reconocimiento con el otro. El suplicante del salmo, busca una mediación
con su otro, con Dios: en Él busca ser reconocido, buscando respuesta a su
angustia. Al reconocerse, reconoce al otro a Dios. Al no poder
reconocerse, no puede reconocer la grandeza de Dios a partir de su
sufrimiento presente.
Vayamos a Soren Kierkegaard (1813-1855): sostiene el
danés que el pensador no debe rehuir de la PARADOJA porque ella es su
pasión y su motor. El paroxismo de toda pasión es desear su propia ruina
y, en el caso de la inteligencia, desear el CHOQUE, descubrir que no
puede. Su límite es lo ABSOLUTAMENTE DIFERENTE y la diferencia reside en
el PECADO, porque el hombre devino culpable. El desconocido frente al cual
se esconde la inteligencia aparecerá en su EXISTENCIA por un SALTO. Salto
que se dará en un INSTANTE y no de a pasos, e instante en el que la
paradoja y la inteligencia comprenden su diferencia, se suprime la
inteligencia y surge la pasión de la FE, que no es conocimiento. Pero
debemos prestar atención a esta fe que se erige como actividad exclusiva
del hombre y cuyo motor, y llamativamente cuyas consecuencias, son el
sentido de la propia miseria y culpa (¿la diferencia con Dios se debe al
pecado?) junto con la renuncia y el desprecio del mundo. El diario íntimo
de Kierkegaard nos muestran el precio que debió pagar este hombre de fe
por su renuncia, condición necesaria para la fe al menos desde su
perspectiva. “¡Oh, Sören: si hubieses escogido a Regine, tal vez nos
hubiésemos visto desprovistos de buena parte de tu obra, pero quizás la
tortura de tu melancolía se hubiese apagado”.
Soren reconoce la contradicción, acepta la paradoja
como condición necesaria para que se produzca el hecho de fe. La angustia,
la no comprensión, la agonía que representa la realidad del hombre, hace
brotar la esperanza.
Miguel de Unamuno (1864-1936), el célebre autor español
de la Generación del 98, comenta con lucidez sobre la existencia de Dios.
“Dijo el malvado en su corazón: ‘No hay Dios.’ Y así es en verdad. Porque
un justo puede decirse en su cabeza: Dios no existe. Pero en su corazón
sólo puede decírselo el malvado. No creer que haya Dios o creer que no lo
haya es una cosa; resignarse a que no lo haya es otra, aunque inhumana y
horrible. Aunque de hecho, los que reniegan de Dios es por desesperación
de no encontrarlo.” (M. DE UNAMUNO, Del sentimiento trágico de la vida,
Alianza Editorial, Madrid 1997, p. 197).
Unamuno ahonda el pensamiento de Soren: la
contradicción que produce angustia en el hombre es el choque entre fe y
razón. El salmo muestra la irracionalidad del sufrimiento, preguntándose
por qué, busca razones. Unamuno concluye que una fe voluntarista será la
llave para superar el conflicto: una lucha por dar una respuesta al
sentimiento trágico de la vida. Una fe de búsqueda.
Como hemos visto todo comienza con un tono dramático,
una voz desesperada que grita al cielo pero después poco a poco a través
de un correcto razonamiento, se abre a la serenidad y la esperanza.
El sujeto remembrante
El presente amargo se ilumina con la experiencia
salvadora del pasado, que es una semilla colocada en la historia: no ha
muerto, sólo ha sido enterrada, para germinar después (cf. Juan 12, 24).
El «memorial» que no es sólo una vaga memoria
consoladora, sino certeza de una acción divina que no fallará: «Recuerdo
las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos» (cf. Salmo 76,
11).
Podemos tener memoria pero no recordar. Recordar
implica un ejercicio de la razón, un tiempo de reflexión sobre los eventos
ocurridos.
Para apoyar esta fe el Salmista recita quizás un himno
más antiguo, cantado quizá en la liturgia del templo de Sión (cf.
versículos 17-20). Muestra claramente como el Señor entra en el escenario
de la historia, trastocando la naturaleza con un poder inaudito.
Al recordar al final que Dios guió «como a un rebaño» a
su pueblo «por la mano de Moisés y de Aarón» (cf. Salmo 76, 21), el Salmo
nos lleva implícitamente a una certeza: Dios nos acompañará hacia la
salvación y la tierra prometida como lo hizo en el pasado
Su reino es el reino de la paradoja... pero la puerta
está abierta. Las dudas son el camino, la esperanza es andar...
|