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El silencio de Dios, una reflexión del Salmo 76

Alberto Horacio Rodríguez

rodriguezgaley@argentina.com
Análisis de las etapas que tuvo que sortear el salmista para poder llegar a Dios, ante Su silencio en momentos de angustia y contradicciones producto de la realidad de este mundo

Introducción

No lejos de nosotros, de un foso subían llamas gigantescas. Estaban quemando algo. Un camión se acercó al foso y descargo su carga: ¡eran niños! Si, lo vi con mis propios ojos. No podía creerlo. Tenia que ser una pesadilla. Me mordí los labios para comprobar que estaba vivo y despierto. ¿Cómo era posible que se quemara a hombres, a niños, y que el mundo callara? No podía ser verdad. Jamás olvidaré esa primera

noche en el campo, que hizo de mi vida una larga noche bajo siete vueltas de llave. Jamás olvidaré esa humareda y esas caras de los niños que vi convertirse en humo. Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma, y que dieron a mis sueños el rostro del desierto. Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir.

Un niño judío en un campo de concentración.
 

En el devenir de la vida, no siempre los eventos son de nuestro agrado. Surgen días con mucha angustia donde las circunstancias nos envuelven y ahogan amenazando nuestro bienestar. Hay jornadas de mucha presión, situaciones de temores y desorientación: es cuando los hechos, es decir nuestra realidad sufre un choque frontal con las promesas de Dios. Ante la angustia el hombre puede recorrer tres estadios para llegar a Dios: la súplica, el examen y la remembranza.

El sujeto suplicante

Ya en el abismo de la desesperación, la oración se convierte en lamento, súplica, invocación de ayuda, demandamos con vehemencia una respuesta a nuestro sufrimiento (cf. Salmo 76,1-6)

Para el Salmista, de hecho, Dios no es un ser insensible, alejado en sus cielos eternos, inmóvil, indiferente a nuestros sufrimientos. Al tener esta visión de Dios, es cuando surge la duda, surgen interrogantes tan amargos que ponen en crisis la fe:

Como veremos, estos interrogantes serán satisfechos por una renovada confianza en el Dios, redentor y salvador.

Se presenta la lamentación sobre el presente que nos angustia y sobre el silencio de Dios ante los acontecimientos que no comprendemos: la realidad en contradicción con las promesas de Dios.

El sujeto examinador

De la súplica desesperada, se pasa al siguiente estadio: el diálogo interrogador (cf. Salmo 76,7-10). Este grito interpela al misterio de Dios y su silencio. El salmista se sumerge en una discusión sin interlocutor. Hace preguntas, inquiere, señala, se enfrenta, recibiendo como respuesta más silencio.

El silencio de Dios trae dudas, inseguridades. ¿Porqué permites esto? ¿Es que tenía una imagen y conocimiento de Dios equivocado?

Cuando el dolor llega al colmo y querría alejar el trago amargo del sufrimiento (cf. Mateo 26, 39), las palabras estallan y pierden el sentido que tenían en el pasado. Las preguntas se convierten en lacerante de nuestra fe, dejando al desnudo nuestra verdadera devoción a Dios.

El Salmista se pregunta por qué le rechaza el Señor, por qué ha cambiado su rostro y su actuar, olvidando el amor, la promesa de salvación y la ternura misericordiosa.

Y aquí llegamos al punto central de nuestra desesperación: le rechazamos, aquella existencia de un Dios cuya forma de actuar no entendemos. Proyectamos contra el Creador nuestra agresividad y protestamos porque no nos gusta su creación.

Tal como afirma Arthur Schopenhauer (1788-1860) en El Amor, las mujeres, la muerte y otros temas: “Si Dios ha hecho este mundo, yo no quisiera ser Dios. La miseria del mundo me desgarraría el corazón.”

Con Schopenhauer, aceptamos que nuestra voluntad siempre estará insatisfecha, la salida propuesta es una experiencia estética de liberación momentánea o un estado ético, de negación de la individualidad. El salmista muestra una insatisfacción que considera inexplicable, buscando la posible respuesta en un cambio de actitud de Dios.

En su obra de teatro El diablo y el buen Dios de Jean Paul Sartre (1905-1980)., plantea de forma explícita la cuestión sobre la existencia de Dios. Goetz, un caballero de la Edad Media, decide hacer el mal para provocar a Dios. Luego toma la resolución de hacer el bien porque quiere convertirse en un santo. Pero ni sus provocaciones ni sus súplicas consiguen arrancar de Dios un gesto o una palabra que muestren algún interés por él. Sin embargo, al sentirse solo, se descubre libre y apto para construir la ciudad terrena.

“Yo solo, tienes razón. Yo suplicaba, pedía un signo, enviaba al cielo mensajes: ninguna respuesta. El cielo ignora hasta mi nombre. Yo me preguntaba a cada minuto lo que podía ser a los ojos de Dios. Ahora ya conozco la respuesta: nada. Dios no me ve, no me oye, no me conoce. ¿Tú ves ese vacío por encima de nuestras cabezas? Es Dios. ¿Ves esa brecha en la puerta? Es Dios. El silencio es Dios. La ausencia es Dios. Dios es la soledad de los hombres. No había nadie más que yo. Sólo yo he decidido sobre el mal. Sólo yo he inventado el bien. Soy yo el que ha hecho trampa, yo el que ha hecho milagros, yo el que me acuso hoy, yo solo el que puede absolverme; yo, el hombre. Si Dios existe, el hombre es nada. Si el hombre existe...” (J. P. SARTRE, El Diablo y Dios, Alianza Editorial, Madrid 1995, p. 229).

Rescatamos de Sartre, su concepto antropológico de hombre: más que ser es hacerse, de dónde surge la angustia ante tamaña responsabilidad. Somos “nada”, posibilidad y esta posibilidad de ser conciencia humana nace a partir de la mediación con el otro, con el reconocimiento con el otro. El suplicante del salmo, busca una mediación con su otro, con Dios: en Él busca ser reconocido, buscando respuesta a su angustia. Al reconocerse, reconoce al otro a Dios. Al no poder reconocerse, no puede reconocer la grandeza de Dios a partir de su sufrimiento presente.

Vayamos a Soren Kierkegaard (1813-1855): sostiene el danés que el pensador no debe rehuir de la PARADOJA porque ella es su pasión y su motor. El paroxismo de toda pasión es desear su propia ruina y, en el caso de la inteligencia, desear el CHOQUE, descubrir que no puede. Su límite es lo ABSOLUTAMENTE DIFERENTE y la diferencia reside en el PECADO, porque el hombre devino culpable. El desconocido frente al cual se esconde la inteligencia aparecerá en su EXISTENCIA por un SALTO. Salto que se dará en un INSTANTE y no de a pasos, e instante en el que la paradoja y la inteligencia comprenden su diferencia, se suprime la inteligencia y surge la pasión de la FE, que no es conocimiento. Pero debemos prestar atención a esta fe que se erige como actividad exclusiva del hombre y cuyo motor, y llamativamente cuyas consecuencias, son el sentido de la propia miseria y culpa (¿la diferencia con Dios se debe al pecado?) junto con la renuncia y el desprecio del mundo. El diario íntimo de Kierkegaard nos muestran el precio que debió pagar este hombre de fe por su renuncia, condición necesaria para la fe al menos desde su perspectiva. “¡Oh, Sören: si hubieses escogido a Regine, tal vez nos hubiésemos visto desprovistos de buena parte de tu obra, pero quizás la tortura de tu melancolía se hubiese apagado”.

Soren reconoce la contradicción, acepta la paradoja como condición necesaria para que se produzca el hecho de fe. La angustia, la no comprensión, la agonía que representa la realidad del hombre, hace brotar la esperanza.

Miguel de Unamuno (1864-1936), el célebre autor español de la Generación del 98, comenta con lucidez sobre la existencia de Dios. “Dijo el malvado en su corazón: ‘No hay Dios.’ Y así es en verdad. Porque un justo puede decirse en su cabeza: Dios no existe. Pero en su corazón sólo puede decírselo el malvado. No creer que haya Dios o creer que no lo haya es una cosa; resignarse a que no lo haya es otra, aunque inhumana y horrible. Aunque de hecho, los que reniegan de Dios es por desesperación de no encontrarlo.” (M. DE UNAMUNO, Del sentimiento trágico de la vida, Alianza Editorial, Madrid 1997, p. 197).

Unamuno ahonda el pensamiento de Soren: la contradicción que produce angustia en el hombre es el choque entre fe y razón. El salmo muestra la irracionalidad del sufrimiento, preguntándose por qué, busca razones. Unamuno concluye que una fe voluntarista será la llave para superar el conflicto: una lucha por dar una respuesta al sentimiento trágico de la vida. Una fe de búsqueda.

Como hemos visto todo comienza con un tono dramático, una voz desesperada que grita al cielo pero después poco a poco a través de un correcto razonamiento, se abre a la serenidad y la esperanza.

El sujeto remembrante

El presente amargo se ilumina con la experiencia salvadora del pasado, que es una semilla colocada en la historia: no ha muerto, sólo ha sido enterrada, para germinar después (cf. Juan 12, 24).

El «memorial» que no es sólo una vaga memoria consoladora, sino certeza de una acción divina que no fallará: «Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos» (cf. Salmo 76, 11).

Podemos tener memoria pero no recordar. Recordar implica un ejercicio de la razón, un tiempo de reflexión sobre los eventos ocurridos.

Para apoyar esta fe el Salmista recita quizás un himno más antiguo, cantado quizá en la liturgia del templo de Sión (cf. versículos 17-20). Muestra claramente como el Señor entra en el escenario de la historia, trastocando la naturaleza con un poder inaudito.

Al recordar al final que Dios guió «como a un rebaño» a su pueblo «por la mano de Moisés y de Aarón» (cf. Salmo 76, 21), el Salmo nos lleva implícitamente a una certeza: Dios nos acompañará hacia la salvación y la tierra prometida como lo hizo en el pasado

Su reino es el reino de la paradoja... pero la puerta está abierta. Las dudas son el camino, la esperanza es andar...
 

 

Fecha de publicación: 30 de enero de 2003

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