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Las nubes son dulces

Javier Menéndez Ros

¿Será realmente tanta locura mirar al cielo, y al verlo cargado de nubes, pedir que caiga azúcar sobre nosotros? Ante un mundo hambriento y sediento de tantas cosas no nos vendría nada mal soñar y trabajar por hacerlo más dulce.

Volviendo de Madrid tras pasar los días de Navidad en familia, y mientras volábamos hacia Amsterdam, mi hija Leyre me sorprendió en el avión con esta pregunta: " ¿papá, las nubes son dulces? Confieso que al principio no supe qué responder, pero mi hijo Jaime reaccionó más rápido y con esos aires de superioridad que da el tener cuatro añazos más que su hermana, enseguida le respondió: "Leyre, no digas tonterías, !cómo van a ser dulces las nubes! Pero me pareció que la pregunta tenía más miga de lo que a primera vista sugería.

Sin duda, la asociación de ideas le vendría a mi hija al comparar las nubes algodonosas con esos empalogosos dulces de azúcar, que por algún motivo que se me escapa, sólo se venden en ferias y parques de atracciones. Pero ciertamente, al asomarte un poco a la ventana del avión, era fácil situarte en un mundo irreal, alfombrado por nubes de algodón pintadas con caprichosas formas y colores.

Por eso me pregunto si realmente sería tanta locura mirar al cielo, y al verlo cargado de nubes, pedir que caiga azúcar sobre nosotros. ¿Acaso no cayó el mana del cielo y alimentó al hambriento pueblo de Israel en el desierto? También muchos de nosotros tarareamos hace unos años aquella canción que decía: "Ojalá que llueva café en el campo…" y nos quedábamos tan anchos. Entonces, si del cielo cae agua, nieve, granizo, pan y hasta café ¿por qué no iba a poder cumplirse el deseo de un niño de acercar su mano a las nubes, saboreando su dulzura o simplemente dejando que lenta, muy lentamente se derramasen copitos de azúcar? Quisiera imaginarme entonces a millares de niños con sus bocas abiertas de par en par, cazando esos copitos dulces y riendo de alegría por tan extraordinario acontecimiento.

Yo hoy quisiera hacerme niño, y con su ingenuidad y limpieza, obtener de Dios el milagro que sólo un pequeño puede obtener: que las nubes grises, que las nubes azules, que las nubes púrpuras,que las nubes blancas, que todas ellas hoy lluevan azúcar sobre un mundo amargo, sobre unos hombres empeñados en exterminarnos unos a otros y la naturaleza en la que vivimos. Que los dulces copos caigan lentamente sobre un mundo en llamas, sobre un mundo cargado de dolor, de odio y de egoísmo, que caigan sobre tantos que no tienen de qué alimentarse. Y así, que quede todo cubierto de un blanco manto dulce, sobre el que el sol deje posar una gran sonrisa, la misma que mi hija sintió cuando le contesté que si ella lo creía con fuerza, entonces desde luego que las nubes son dulces.
 

 

Fecha de publicación: 30 de enero de 2003

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