Sanando la herida
del pecado
Pbro. Roberto Visier
En algunos ambientes la palabra “pecado” provoca como
una alergia, resulta excesivamente ingrata. Se prefiere ignorarla y se
critica a los que la utilizan acusándolos de atacar la autoestima ajena,
de ser pesimistas o “aguafiestas”, de ver pecado en todo, o llenar las
mentes de sentimientos injustificados de culpa.
En algunos ambientes la palabra
“pecado” provoca como una alergia, resulta excesivamente ingrata. Se
prefiere ignorarla y se critica a los que la utilizan acusándolos de
atacar la autoestima ajena, de ser pesimistas o “aguafiestas”, de ver
pecado en todo, o llenar las mentes de sentimientos injustificados de
culpa. Hasta hay psicólogos que enseñan mil y una terapias para eliminar
todo sentimiento de culpa. Naturalmente a nadie le gusta que le recuerden
que se equivoca con frecuencia, que hay muchas cosas que tiene que
mejorar, que aunque le pese, existe malicia en su corazón, que se deja
arrastrar por su egoísmo, que es muy limitado, que dice lo que no debe,
piensa lo malo y hace lo que no conviene. En definitiva, que lo quiera
reconocer o no es “un pecador”.
Pero es que ¿vamos a ser tan
inocentes de ignorar las injusticias y atrocidades de nuestro mundo? ¿Nos
atreveremos a decir que son el fruto de la fragilidad humana y que en el
fondo de todo no hay malicia alguna? La afirmación sería pueril. Pero como
es cierto que nosotros no debemos juzgar a los demás, es mejor que
poniendo una mano en el pecho, con sinceridad y sin vergüenza digamos:
“por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Una de las señales más
ciertas de “anemia” e ignorancia espiritual es afirmar con más o menos
petulancia: “Yo no tengo pecados, soy muy bueno”.
La Biblia con la hermosa
narración del pecado de Adán y Eva (Gen. 3) nos da una hermosa catequesis
sobre el origen del pecado, que no puede ser Dios, pues en Él no hay mal
alguno, sino el abuso que el hombre hizo de su libertad que lo capacitaba
para labrar su destino de un modo consciente y responsable. Pero falló y
desde entonces el pecado ensombreció la vida cotidiana del hombre. Todo el
que al fin del día se detenga a examinar su conciencia con detenimiento
descubrirá en si mismo esta huella del pecado. San Pablo lo expresa así:
“No entiendo mis propios actos: no hago lo que quiero y hago las cosas que
detesto. Bien sé que el bien no habita en mí, quiero decir, en mi carne.
Puedo querer hacer el bien, pero hacerlo, no. De hecho no hago el bien que
quiero, sino el mal que no quiero.” (Rom. 7, 15.18-19).
Pero, ¿cómo sanar la herida del
pecado? ¿Cómo librarnos del peso insoportable de nuestras culpas que nos
amarga y nos hace sentirnos desgraciados y fracasados? ¿Bastará con
autoconvencernos de que no somos tan malos, como revistiéndonos de una
coraza psicológica por la que rechazamos todo arrepentimiento como
contrario a nuestra “higiene” mental? Y el que no se arrepiente de nada
¿podrá mejorar su conducta? ¿Acaso no es de sabios reconocer los propios
errores y corregirlos?
Mi experiencia al tratar con
todo tipo de personas de diversas edades, educación y nivel social, es que
les cuesta mucho cambiar y vencer el pecado. Estoy profundamente
convencido que el único que puede cambiar a las personas, cuando ellas en
verdad lo desean y acuden a El, es DIOS. Sólo una fuerza sobrenatural
infinita es capaz de devolverle al ser humano su paz interior y
fortalecerlo para vencer la tentación. Tenemos una necesidad íntima y
radical de ser perdonados y capacitados para vencer el mal con el bien.
Son consoladoras estas palabras que son esenciales en la fe cristiana: “En
primer lugar les he transmitido esto, como yo mismo lo recibí; que Cristo
murió por nuestro pecados, según las escrituras” (I Cor. 15,4).
Es la Sangre de Cristo la que
nos limpia de nuestros pecados. Pero para que tengamos esa certeza del
perdón Jesús dejó en la Iglesia la facultad de perdonar los pecados. Sus
palabras son inequívocas y son pronunciadas solemnemente cuando se aparece
resucitado y vencedor de la muerte ante los apóstoles atónitos y
maravillados: “Reciban el Espíritu Santo, a quienes ustedes perdonen los
pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengan les quedarán
retenidos” (Jn. 20,22-23). Desde entonces miles de personas, durante
siglos, se acercan al sacramento de la Confesión o del Perdón; muchos
derraman lágrimas de consuelo al sentirse perdonados, reciben consejo y
aliento en sus luchas, y sobre todo experimentan la paz de reconciliarse
con el Padre de infinita misericordia. Es experiencia de todo sacerdote
que en este sacramento se palpa la acción de Dios de un modo misterioso y
maravilloso.
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