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[FIRMAS] P.
SANTIAGO MARTÍN
Dale a Dios tu pobreza:
4º Dom. del Tiempo Ordinario
2 de febrero de 2003
“Estaba en la sinagoga un
hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar... Jesús lo
increpó: Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y dando un
grito muy fuerte, salió”. (Mc 1, 22-25)
El caso del hombre poseído
al que Jesús liberó del espíritu inmundo nos sitúa delante de nuestras
propias inmundicias, de nuestros propios pecados. De hecho, muchos de los
ataques que sufre la Iglesia tienen como origen -al margen de las excusas
que se busquen- la rabia que experimentan contra esta institución aquellos
que están inmersos en el mal, en la basura, en el pecado. No pueden
tolerar la existencia de una realidad que defiende el bien, la castidad,
la pobreza y aprovechan defectos reales de algunos de sus miembros o
defectos imaginados para intentar destruirla.
Pero en otros casos, la
conciencia de los propios pecados aleja de Dios. ¿Cómo va Dios a amarme?,
piensan algunos. Yo no tengo solución, dicen otros. En estos casos se
trata de darle a Dios precisamente la pobreza personal y de dársela junto
con la parte buena que sin duda también se tiene. La una, mediante el
arrepentimiento, la confesión y la lucha por mejorar. La otra, mediante el
ejercicio y desarrollo de aquellas virtudes y cualidades con las que Dios
ha dotado a todos, aunque sean diferentes en cada uno.
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