Tu mano, Señor
Javier Menéndez Ros
Esta noche, Señor, te abro mi mano, te la extiendo sin
abrir mis ojos para que Tú la agarres con fuerza y no la sueltes jamás.
Hoy, Señor, de nuevo me he parado a admirar. Esta vez
he fijado mi vista en la manita pequeña de un bebé agarrando con sus
deditos el dedo de un hombre adulto. Es algo que no deja de sorprenderme y
no puedo evitar que ese sea siempre el primer gesto que hago cuando tengo
a un pequeño a mi alcance.
Pero mi mano, Señor, aunque a menudo creo que es grande
y fuerte, en realidad es como la manita de un recién nacido: pequeña,
débil, frágil y necesita asirse a la tuya grande y fuerte.
Señor, ya es de noche, llueve y estoy solo, pero se que
siempre tendré tu mano ahí, disponible, abierta para que la mía repose en
silencio como el ave que encuentra su rama. Tu mano me espera con
paciencia para darme confianza, para darme ternura, para darme calor, para
pedirme exigencia y para darme tu Amor.
Señor, ayúdame a poder ver siempre mi mano como lo que
realmente es: la mano de un bebé que nada puede por si sólo. Ayúdame a
pedirte siempre tu mano. Se que por amor a mi la tienes clavada a un
madero, manantial que no cesa, reguero de sangre que no cesa y que no se
moverá hasta que agarre mis dedos.
Señor, que no me de miedo mirarte a los ojos cuando me
acerques tu mano abierta, suplicante en el cuerpo de un mendigo que sólo
espera unas monedas. Que no sea indiferente al dolor de mis hermanos, que
sepa tender mi mano al que lo necesite.
Esta noche, Señor, te abro mi mano, te la extiendo sin
abrir mis ojos para que Tú la agarres con fuerza y no la sueltes jamás. |