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Cura de humildad

Miguel Rivilla San Martín

La tragedia del Columbia se presta a una seria reflexión sobre los límites del progreso humano.

La tragedia de la desintegración del trasbordador Columbia con la muerte de sus siete tripulantes, se presta a una seria reflexión sobre los límites del progreso humano. Todo adelanto

exige un alto precio. Siete vidas jóvenes y otras siete, hace años, con el Challenger, son muchas vidas, aparte de otros accidentes no reseñables. Con tanto adelanto y progreso tecnológico y científico, el hombre se engríe, se endiosa y no admite límites en la exploración, tanto del micro como del macrocosmos.

Se pierde en esta carrera la conciencia de la proporcionalidad y pequeñez de la vida humana. El pequeño habitáculo en que bulle su efímera vida, se difumina y empequeñece aún más, al salir al “exterior”.La Tierra no es sino un granito de arena insignificante en la inmensa playa del macrocosmos. Cualquier estudioso de astronomía puede dar fe de esta incuestionable verdad. Somos, lo admitamos o no, lo sepamos o no, los microbios del universo.

Desde el ámbito de la fe gritamos los creyentes que “¡sólo Dios es grande¡”.El Altísimo, se abaja al nivel humano, para que el hombre -obra maestra suya- se eleve hasta Él.

Este es el misterio nuclear de la fe cristiana que celebramos en Navidad.

No nos vendría mal, de vez en cuando a todos, especialmente, cuando sentimos delirios de grandeza, recapacitar sobre esta realidad de nuestra condición humana. Una cura de humildad siempre sienta bien.

 

Fecha de publicación: 7 de febrero de 2003

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